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La noche de los siete OVNIs en Miramar: los testigos, las fotos y lo que nunca se pudo probar

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El 28 de febrero de 1975, poco después de las nueve de la noche, un vecino de Miramar salió de su casa y creyó ver una luz que venía de un automóvil. Lo que contó después se transformó en uno de los episodios más recordados de la historia de los OVNIs en la costa bonaerense: aseguró que había observado un objeto luminoso sobre el arroyo El Durazno y que, poco después, varias personas contemplaron siete objetos que se movían en el cielo.

La historia pasó a conocerse como la «danza de los siete platos voladores». Generó notas periodísticas, investigaciones de aficionados y fotografías de círculos en el suelo. Pero una pregunta sigue siendo fundamental: ¿qué se documentó realmente y qué quedó solamente en los testimonios?

La noche en que Miramar miró al cielo

Juan Andrés Gregorini tenía 32 años y vivía cerca de las vías ferroviarias, en una zona de quintas próxima al arroyo El Durazno. Según su relato, vio una luz blanca intensa que ascendió, se detuvo y volvió a desplazarse a gran velocidad. Alarmado, llamó a familiares y vecinos. Desde el terraplén del ferrocarril, el grupo dijo haber observado otros objetos luminosos.

La versión no surgió décadas después: quedó registrada en una crónica publicada en 1975 por la revista Cuarta Dimensión, vinculada al investigador Fabio Zerpa. El informe, firmado por Fernando Teryda, ubicó la observación inicial alrededor de las 21.15 del 28 de febrero e identificó a Gregorini y a otros testigos de su entorno.

De acuerdo con aquella publicación, los observadores describieron siete objetos de apariencia ovalada, dos de mayor tamaño, que habrían efectuado desplazamientos y cambios de color entre blanco y rojo. Es importante la diferencia: se trata de lo que las personas declararon haber visto, no de una observación verificada mediante instrumentos.

Lo que contó el informe original de 1975

El material de época es especialmente interesante porque no se limitó a reproducir la historia de los supuestos platos voladores. También analizó explicaciones alternativas. Una de ellas fue la posibilidad de confundir las luces con aeronaves, en particular con aviones Fokker F-28 que comenzaban a operar en la ruta entre Buenos Aires y Mar del Plata.

Otra hipótesis mencionada en el mismo informe fue la iluminación nocturna de los silos de la estancia Las Brusquitas. El investigador consideró insuficientes esas alternativas a partir de los movimientos y horarios descriptos por los testigos. Sin embargo, que una investigación de aficionados descarte una posibilidad no demuestra, por sí mismo, que los objetos fueran naves extraordinarias.

La revista también consignó nuevas observaciones comunicadas durante las semanas siguientes. Así se fue consolidando la idea de que Miramar atravesaba una oleada de avistamientos, aunque cada episodio requeriría pruebas independientes para establecer qué ocurrió.

Las fotografías de los círculos y los hongos

Una parte concreta de aquella historia sí quedó registrada en imágenes: los círculos de vegetación y hongos encontrados en terrenos de la zona. Ana Montesinos, por entonces fotógrafa de La Capital, fotografió esas formaciones y años después recordó haber recorrido los campos para investigar los comentarios sobre luces extrañas.

En una entrevista publicada por LA NACION, Montesinos explicó que realizó guardias nocturnas, pero que nunca llegó a ver uno de los supuestos OVNIs. Sí fotografió los círculos y describió alteraciones de la vegetación que observó en el lugar. El mismo medio señaló que algunas formaciones alcanzaban, según los relatos, hasta 15 metros de diámetro.

Los círculos de hongos, sin embargo, no constituyen una prueba de aterrizaje. La Universidad de Illinois explica que existen formaciones naturales conocidas como anillos de hadas: hongos del suelo que se expanden desde un punto central y producen círculos o arcos de vegetación, en ocasiones de más de 15 metros. Esta explicación botánica no demuestra qué originó los círculos específicos de Miramar, pero sí muestra que su forma y tamaño pueden tener causas naturales.

Qué pasó con los protagonistas

Durante décadas, Gregorini evitó volver a contar su experiencia en público. En el reportaje que LA NACION le realizó muchos años después, sostuvo que recordaba con claridad lo sucedido y que había dejado de hablar porque sentía que su testimonio era ridiculizado.

Fernando Teryda, quien había investigado el episodio cuando era adolescente, relató en esa misma reconstrucción que con los años se había vuelto más escéptico. Su balance fue breve: «Nunca se pudo demostrar nada».

Qué está documentado y qué no

Hay evidencia de que el episodio fue denunciado y difundido en 1975, de que existieron testigos identificados, de que la revista Cuarta Dimensión publicó una investigación y de que se fotografiaron formaciones circulares en el terreno. Esos son datos distintos de afirmar que siete naves de origen desconocido —y mucho menos extraterrestre— efectivamente sobrevolaron Miramar.

Las fuentes consultadas no ofrecen una filmación o medición instrumental que permita identificar de manera concluyente los objetos relatados, ni un análisis científico publicado que vincule los hongos con el aterrizaje de una nave. Más de medio siglo después, el caso de Miramar sigue siendo una historia real de testimonios, investigación y repercusión pública, pero no una demostración de visitas extraterrestres.

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