Una frase escrita en una silla puede durar apenas unos segundos. O puede quedar para siempre. Antonella Semaán estaba en la secundaria cuando alguien decidió dejarle una: “¿Te doy una mano?”. Había nacido sin brazos y el mensaje buscaba exactamente lo que cualquier acto de bullying busca: convertir una diferencia en una herida.
Años después, Antonella eligió otra respuesta. En lugar de esconder aquella experiencia, empezó a llevarla a las escuelas. Hoy desarrolla talleres de empatía en los que habla con chicos y docentes sobre discapacidad, diferencias y acoso escolar, y después propone algo concreto: intentar pintar con la boca o con los pies.
La actividad cambia el lugar desde donde se mira al otro. Por un rato, quienes participan tienen que abandonar la manera habitual de hacer las cosas y enfrentarse a una experiencia distinta. El objetivo no es aprender a pintar de esa forma, sino comprender qué significa adaptarse, buscar otras herramientas y dejar de mirar la discapacidad únicamente desde aquello que falta.

Antes del taller hubo una vida entera aprendiendo a hacer las cosas de otra manera
Antonella nació en 1990 con una malformación congénita que provocó la ausencia de sus brazos. Desde muy chica recibió estimulación para desarrollar el uso de los pies y terminó incorporándolos a prácticamente todas las actividades cotidianas.
La pintura apareció durante la infancia y rápidamente dejó de ser solamente un juego. A los siete años ya estaba vinculada con la Asociación de Pintores con la Boca y el Pie de Argentina, que registra su incorporación en 1997. Con formación y práctica, construyó una carrera artística centrada principalmente en paisajes y naturalezas muertas, utilizando técnicas como óleo y acrílico.
Su recorrido terminó llevándola mucho más lejos de aquel primer contacto con el pincel. En 2006 realizó un retrato de Carlos Tévez para una campaña de Nike cuya pieza fue distinguida con un León de Oro en Cannes. Al año siguiente formó parte de Mundo Alas, el proyecto impulsado por León Gieco que reunió a artistas con discapacidad y recorrió el país mostrando sus obras, su música y sus historias.
De Mundo Alas a las Naciones Unidas
En 2014, Antonella volvió a integrar una de las experiencias más importantes de aquel proyecto. Viajó a Nueva York junto a León Gieco y Nahuel Pennisi para una presentación de Mundo Alas en el marco de la Conferencia de los Estados Parte de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, en la sede de Naciones Unidas.
La Asociación Mundial de Pintores con la Boca y el Pie también registra aquella participación: la película fue presentada ante representantes internacionales y Antonella realizó una demostración artística durante las actividades desarrolladas en Nueva York.
Su trayectoria siguió creciendo con exposiciones, demostraciones de pintura y charlas en instituciones educativas. La organización internacional de artistas que pintan con la boca y el pie destaca precisamente esa faceta: además de mostrar su obra, Antonella utiliza esos encuentros para hablar sobre los derechos de las personas con discapacidad.
El bullying que sufrió terminó convertido en una herramienta para otros chicos
Ese recorrido explica por qué los talleres actuales no nacen de una consigna abstracta. Antonella conoce personalmente lo que significa que una diferencia física sea utilizada para lastimar. El episodio de la silla ocurrió durante su adolescencia y quedó entre las experiencias que hoy pone sobre la mesa cuando habla con estudiantes.
Su mensaje frente al bullying también parte de lo vivido: no quedarse en silencio y buscar a un adulto que pueda intervenir. Pero el taller va un paso más allá. No espera que aparezca una agresión para hablar del problema, sino que intenta trabajar antes sobre los prejuicios y sobre la capacidad de ponerse en el lugar de otra persona.
Mientras sigue pintando y explorando nuevas técnicas, Antonella convirtió parte de su propia historia en una herramienta educativa. La chica a la que alguna vez intentaron herir con una frase sobre aquello que no tenía hoy entra a las escuelas para cambiar la pregunta: no qué le falta al otro, sino cuánto estamos dispuestos a comprenderlo.
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