Si bien existe un consenso acerca de que ser felices es lo que todo ser humano desea alcanzar, la respuesta a cómo lograrlo varía muchísimo. A riesgo de simplificar en exceso, podríamos identificar tres grandes grupos de respuestas:
Aquellas que sostienen que la felicidad sólo puede ser encontrada dentro de uno, alcanzando un estado de paz y plenitud interna, en el desapego de los deseos, las pasiones y de lo material (Visión del budismo, estoicismo, etc)
Aquellas que piensan que la felicidad depende meramente del progreso, de alcanzar el ¨éxito¨, de plantearse desafíos e ir por ellos, de obtener logros, de crecer económicamente. Claramente este paradigma es el predominante especialmente en culturas occidentales.
Aquellas más hedonistas, que consideran que la vida es hoy, que estamos para disfrutar al máximo nuestro recorrido, para entregarnos a los placeres de los sentidos y pasarla lo mejor posible.
Durante las últimas dos décadas, la neurociencia y neuropsicología han dedicado sus estudios a investigar en profundidad el tema de la felicidad, produciendo resultados muy interesantes y útiles.
El investigador Ed Diener, por ejemplo, demostró que el dinero (en exceso) no provee mayores niveles de felicidad, salvo cuando ese incremento de dinero hace que uno salga de una situación en la cual no lograba cubrir los ingresos mínimos para vivir dignamente. Otro punto resaltado es que si bien es importante y nos hace más felices sentirnos en paz y en calma, también el hecho de tener proyectos personales incrementa los niveles de felicidad. Sin embargo, un punto importante acá, es que la felicidad proviene de disfrutar de ese proceso, de cómo nos sentimos cuando lo logramos, más que del resultado que obtengamos en sí. Si el foco está solamente en alcanzar la meta, nos perdemos de lo más valioso que es el recorrido hasta alcanzarla.
Teresa Amabile, de Harvard, también hace referencia a esto en su libro ¨El principio del progreso¨, mencionando que la satisfacción proviene de sentir que uno va haciendo pequeños progresos y avanzando, más que alcanzar la meta como fin en sí mismo. Son proyectos o actividades en las que sentimos que fluímos, enfrentando desafíos que nos motivan, para los que desarrollamos habilidades y conocimientos especiales y que por lo tanto, nos invitan a salir de la zona de confort y generan un crecimiento y aprendizaje.
Otro hallazgo interesante es el de la ¨Lotería genética¨. Uno de los más importantes psicólogos de la felicidad, Jonathan Haidt, demostró que existen ciertas condiciones genéticas que hacen que algunas personas tengan más predisposición que otras a experimentar felicidad. Aproximadamente, la mitad de la población comparte esta característica y la otra mitad tiene que esforzarse algo más por lograrlo. Esto por supuesto, está relacionado con tener además una buena actitud y una visión más optimista de la vida.
Tal Ben Shahar, a quién ya hemos hecho referencia cuando hablamos de incluir en nuestra vida placeres sensoriales y gratificación, sugiere además, agregar cuotas de variedad y novedad.
Y el último punto al cual quiero hacer referencia, es algo en lo que probablemente coinciden todos aquellos que durante la historia de la humanidad intentaron ofrecer respuestas a cómo ser más felices: el amor. Los seres humanos somos seres sociales, y el amor (entendido en sentido amplio: familia, amigos, pareja, y vínculos saludables) es el principal proveedor de felicidad. Aquel que no se siente amado y querido (no sólo por alguien sino por el hecho de ser fiel a su esencia) no logra ser feliz.
Freud tenía bastante razón cuando sostenía que la definición de una persona sana y feliz pasa por aquel que es capaz de dar y recibir amor y sentirse a gusto con su esencia. Y no menos importante, la famosa búsqueda de sentido o propósito que parece concretarse cuando uno siente que su vida tiene coherencia entre lo que queremos y hacemos.






