Por Juan Pablo Ballejos
Ser joven en Argentina hoy es convivir con una realidad que, muchas veces, parece cerrada, sin oportunidades claras para el progreso personal y colectivo. Sin embargo, en cada barrio y en cada ciudad, existen jóvenes que se atreven a pensar diferente, a cuestionar lo establecido, a no repetir lo que les dicen. La participación juvenil no se limita a los partidos políticos: también se expresa en el arte, en los medios, en los centros de estudiantes, en los espacios comunitarios o en una simple conversación entre amigos.
La juventud tiene una tarea urgente: invitar a pensar más profundamente, a debatir con argumentos sólidos, a proponer cambios genuinos. No se trata de seguir sin cuestionar, sino de tomarse en serio la posibilidad de transformar lo que no funciona. Y esto empieza cuando los jóvenes se comprometen con lo que los rodea, no desde la obediencia, sino desde el deseo sincero de que lo colectivo mejore.
A menudo, la palabra “política” aparece cargada de desconfianza. Muchos la asocian con promesas vacías, disputas lejanas o estructuras que no escuchan. Pero reducir la política a eso es quedarse con la cáscara. En su forma más pura, la política es la herramienta que tenemos como sociedad para transformar lo que no funciona, para organizar lo que soñamos, para hacer visible lo invisible. Y esa herramienta no está reservada solo a los partidos políticos. Está en las decisiones cotidianas, en los espacios que habitamos, en las relaciones que cultivamos. Cada vez que alguien se compromete con una causa, colabora con su comunidad o desafía lo dado, está haciendo política.
En este escenario, los jóvenes tienen una energía única. Porque pueden mirar lo que otros dan por perdido con ojos nuevos, y porque, sobre todo, no temen incomodar. Participar no significa aceptar lo que ya está dado. Participar es, también, elevar la vara, exigir más, pedir coherencia, aportar ideas frescas, incluso desde la crítica. Cuando los jóvenes se sumergen en los debates, suben el nivel, y aunque esto moleste a algunos, es profundamente necesario.
En un mundo que muchas veces parece conformista, donde las estructuras de poder mantienen un statu quo inamovible, el Papa Francisco ha dejado un mensaje claro y potente para los jóvenes de todo el mundo: «Hagan lío». No es una invitación a la rebelión sin propósito, ni a la violencia o el caos, sino un llamado a cuestionar lo establecido, a desafiar lo que se considera «natural» y, sobre todo, a crear movimientos que promuevan el cambio. Francisco, desde su rol de líder espiritual, no ha dejado de advertir sobre las injusticias, la desigualdad y la indiferencia de aquellos que ocupan cargos de poder. Nos invita a no conformarnos, a no aceptar que las cosas sigan como están, a alzar la voz cuando algo no esté bien.
«Hagan lío» no significa perder el rumbo ni sembrar el desorden por el simple hecho de hacerlo. Es un llamado a ser disruptivos en nuestras ideas y acciones, a no conformarnos con la pasividad ni con los modelos impuestos, a luchar por un futuro mejor, sin miedo a salir de la zona de confort.
Los jóvenes somos los que podemos marcar la diferencia, los que podemos poner el foco en lo que realmente importa, cuestionando lo que otros dan por sentado.Con cada pequeño gesto de inconformidad, con cada acto de valentía y compromiso, estamos creando un espacio para nuevas ideas, para una política más humana, más cercana a las necesidades de todos.
La juventud enfrenta barreras concretas para involucrarse en la política: estructuras cerradas, discursos gastados y una profunda desconfianza hacia las instituciones. Muchas veces, parece que no hay lugar para aportar ideas propias o crecer políticamente sin amoldarse a lógicas anticuadas.
Sin embargo, frente a esos límites, han surgido nuevas formas de participación: redes sociales, activismo digital, organización barrial, proyectos culturales o sociales. La política ya no pasa solo por los partidos; se ejerce en cada espacio donde los jóvenes toman la palabra, cuestionan lo dado y proponen.
A pesar de las trabas del sistema, hay una generación que no espera permiso para actuar. Y eso, ya de por sí, es una forma de hacer política.
No se trata de ser héroes ni de tener todas las respuestas. Se trata de estar presentes. De no mirar para otro lado. El compromiso puede comenzar con algo tan simple como involucrarse, proponer, acompañar, insistir.
Cada generación tiene la oportunidad de dejar una huella. La nuestra también. No importa desde dónde ni con cuánta experiencia; lo importante es empezar. Porque cuando los jóvenes participan, algo cambia. Aunque sea despacio, aunque no se vea al principio, cambia. La historia no espera: o la escribimos nosotros, o la escriben otros en nuestro lugar.






