por Luis Pablo Richelme.
Ahora que la mitología griega y la cólera homérica se han vuelto a poner de moda por la taquillera película de Cristopher Nolan no está de más revivir la historia del Minotauro de Creta, especie colérica si las hay. En realidad es un mito que los griegos importan o heredan de la cultura minoica desaparecida varios siglos antes que ellos. La versión más completa está en Biblioteca, la obra de Apolodoro, su presunto autor.
Como en los relatos homéricos, comienza con una historia de astucia, lucha de poder y arrogancia. Muerto Asterio, rey de Creta, su descendiente Minos reclama el reino, aunque los súbditos se lo niegan insiste alegando que lo respalda la voluntad divina. Pide a Poseidón, dios de los mares y los terremotos, un toro blanco que se destacara del resto por sus características físicas. Calculaba el pretendiente al trono que el precio de su sacrificio sería tanto más valorado por los dioses y así obtendría de ellos lo que les pidiera. Y su cálculo de político astuto se cumple: El Crónida [Poseidón hijo de Cronos] accede a la súplica y le regala un magnífico toro blanco.
Sin embargo, al ver Minos la belleza del animal decide conservarlo y seguir sacrificando a los toros y vacas comunes de su rebaño como lo había hecho hasta entonces. Paralelamente, convertido en rey de Creta, consolidó su poder logrando el dominio de los mares circundantes y el resto de las islas. Sin embargo, Poseidón se enfurece por la desobediencia real y como castigo arma la estratagema del Minotauro. Al principio, el toro objeto de la cólera divina bello y fuerte como era, retoza feliz por el prado ante el estupor de la vacada. Todas suspiran a su paso y clavan sus miradas en él. El problema se plantea cuando Pasifae, la esposa de Minos, se enamora perdidamente del animal, ahora embravecido por la furia del dios, y compite con las vacas en su interés por seducirlo y conquistarlo.
Ovidio, el poeta latino del siglo I a. C., recrea en un poema memorable de su obra El Arte de Amar la anómala situación que hoy, como entonces, resulta extremadamente irónica y desopilante. Cito la parte más jugosa: “Pasifae anhelaba convertirse en amante del toro y odiaba celosa a las hermosas vacas…Dícese que ella misma cortaba para el toro ramas nuevas y la hierba más tierna del prado con su mano que no estaba acostumbrada a eso. Va siguiendo a la manada, y no la detiene, antes de emprender su marcha, el amor por su esposo, un toro había vencido a Minos. ¿De qué te sirve, Pasifae, ponerte vestidos lujosos? Ese amante tuyo no hace aprecio de las riquezas. ¿Qué tienes que ver con el espejo, tú que persigues a los montaraces rebaños? ¿Para qué compones tantas veces, necia, tu bien peinada cabellera? Da crédito, por el contrario, a tu espejo que testimonia que no eres una ternera…Hacia el bosque y los sotos, lejos del tálamo, se ve arrastrada la reina, como una bacante excitada por el dios de Aonia [Baco]. ¡Ah!, ¡Cuántas veces miró una vaca con ojos enemigos y dijo: ¿por qué es ésta la que gusta a mi dueño?… ¡Cuántas veces aplacó a los dioses matando a sus rivales y dijo agarrando sus entrañas: “Id y gustad al que es mío”.”
Finalmente, después de desplegar todas sus artimañas de seducción, Pasifae logra conquistar al bello toro blanco y embutida en una estructura de madera que imitaba a una vaca, copula con él pero de la unión nace el Minotauro, un monstruo deforme con cabeza de toro y cuerpo humano.
Minos, desesperado sin saber qué hacer con la bestia, convoca al arquitecto y artesano real, Dédalo (cómplice de Pasifae al haberle armado la vaca artificial), y le ordena que construya un laberinto donde encerrarlo.
Ahí queda el hijo de la cólera divina abandonado e incomprendido sin poder descargar su propia cólera. Ahí queda también, el hijo de la arrogancia de Minos, en una jaula de oro sin poder salir. El encierro es la cárcel del Minotauro y su castigo por ser monstruo, es decir, un ser anormal y peligroso. Pero también, el Minotauro es el castigo que el propio Minos recibe por ser arrogante, buscar el poder a toda costa y desobedecer a los dioses. Incluso es víctima de adulterio por parte de su esposa quien lo deshonra metiéndole literalmente los cuernos con un toro. A propósito, en la Odisea el mismo Poseidón castiga a Ulises no sólo por haber cegado a su hijo deforme, el cíclope Polifemo, sino también por su arrogancia cuando en la huída decide dar a conocer su nombre real, no “Nadie” (como astutamente le había mentido a Polifemo para escapar de la cueva), sino Ulises. Esto activa el pedido de Polifemo a su padre al conocer el nombre verdadero del prófugo para que lo castigue y Poseidón así lo hace impidiéndole regresar a Ítaca imponiéndole mil peripecias en los mares. Es decir que por su arrogancia, por darse a conocer en medio de la huida, Odiseo, el que se creía tan astuto, termina cavando su propia fosa. En La Divina Comedia Dante coloca a los soberbios en el primer círculo del Purgatorio, pero en el caso de Ulises y Diomedes, otro héroe de Troya, los sitúa en el octavo foso del círculo ocho del infierno, es decir el de los estafadores fraudulentos que a su vez se creen astutos y soberbios.
Mala junta el poder y la soberbia. Mucho peor si el poderoso además de arrogante se pone colérico. No me obliguen a dar nombres estimadas lectoras y estimados lectores. El mundo y nuestro país está lleno de estos nefastos personajes. También el cementerio.
Para terminar con el relato del mito, digamos que el Minotauro se alimenta de carne humana y aquí se conecta la fábula cretense con el mito griego de Teseo y Ariadna. Es el héroe ateniense el que navega hacia Creta y le da muerte escapando del laberinto gracias al hilo que le facilita Ariadna, su amante hija de Minos, librando a Atenas de tener que enviar a Knossos cada año o cada nueve años [hay controversias al respecto] siete varones y siete doncellas para alimentar al Minotauro. A partir de que los atenienses habían asesinado a Androgeo, otro hijo de Minos, después de una competencia olímpica, éste decide invadir Atenas y tras lograr su rendición le impondría dicho castigo para asegurar, de paso, tener al monstruo bien alimentado.
He aquí brevemente expuesta la historia de los dos mitos conexos y el destino del pobre monstruo. Digo “pobre” porque en verdad nadie elige venir a este mundo ni mucho menos el Minotauro que recibió tan duro doble castigo: el de nacer fruto de la zoofilia y el de quedar encerrado de por vida en el laberinto.
Borges, en su cuento La Casa del Asterión, que es el nombre mitológico del Minotauro, se apiada del monstruo y lejos de criticarlo intenta comprenderlo. Nadie antes que él lo había hecho en la historia de la literatura. El gran escritor penetra en el alma y la conciencia de un ser atormentado, porque el mito del Minotauro también puede ser leído como la historia de un encierro, es decir lo que se opone a la libertad. Vaya paradoja (pensando en libertarios que a veces se encierran).
Poco más de tres páginas le bastaron al genio para plasmar su obra.
Así lo hace hablar al monstruo incomprendido: “Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios pero sí la quietud y la soledad… Algún atardecer he pisado la calle, si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me influenciaron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta…El hecho es que soy único…dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el sol, y la enorme casa”.
Luis Pablo Richelme.







