jueves, febrero 12, 2026

El argentino que hackeó al Pentágono y terminó dando clases en la UBA

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Julio Ardita tenía 21 años, vivía con sus padres en un depto sobre Av. Santa Fe, y había recibido una compu de regalo para Navidad. Lo que nadie sabía es que desde esa máquina precaria, logró infiltrarse en sistemas del FBI, la CIA, el Pentágono, la NASA y Harvard.

Todo empezó como un juego. Julio era un pibe curioso, autodidacta, y desde muy joven formaba parte de foros de hackers a través de módems conectados por línea telefónica. Creó su propio programa (sniffer) que le permitía recolectar contraseñas y accesos sin que nadie lo notara.

💻 En 1994 logró ingresar a bases militares, al sistema satelital de la NASA (¡como un Google Maps casero!) y hasta podía conseguir los números privados de modelos famosas porque tenía acceso a guías telefónicas enteras.

⚠️ En diciembre de 1995, un operativo conjunto entre Policía Federal, FBI, CIA, Interpol y NCIS allanó su casa. Él no estaba: se enteró al volver de lo de su novia. Lo acusaban de ser un «pirata informático» en tiempos donde ni existía la palabra “hacker”.

🇺🇸 En 1997, agentes del FBI volvieron a buscarlo: le ofrecieron un trato. O colaboraba con ellos y les entregaba la información, o quedaba con una causa abierta para siempre. Julio negoció: solo aceptó 2 cargos, pagó una multa mínima y exigió que ellos le pagaran el pasaje a EE.UU.

🔥 Terminó declarando en EE.UU. y cumpliendo con 3 años de colaboración técnica. En Argentina, la Justicia lo obligó a pagar $60 por usar el servicio de Telecom sin autorización y dar clases de computación como “trabajo comunitario”.

Este fue el dictamen de la corte argentina por el agravio después del hackeo de Julio Ardita

🚀 Ese mismo año fundó Cybsec, la primera empresa de ciberseguridad del país. Años después, se expandió por Latinoamérica y en 2016 fue vendida a Deloitte, una de las consultoras más grandes del mundo.

🎓 Hoy, Julio Ardita da clases en la UBA, la Universidad de la Defensa y la UCEMA. Dice que quiere dedicarse a la educación. “Para mí, todo esto era solo un juego”, repite, 27 años después.

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