Mis maletas no conocen aeropuertos, aún así, y las desarmo a la hora exacta en que no ocurre el viaje, cada vez parece más que sí, hasta que un tal vez me manda al fondo de un quizás, la duda es una gárgola acechando en las cornisas, la realidad me censura el vuelo y viajo de polizón en pasos ajenos, desayuno enigmas en un café, dos de azúcar y una amargura de ausencia. Sobre el hueco virtual hay una lápida anónima del amante desconocido, me niego a ser la brújula sin norte de un abrazo sin destino, quiero firmar mi nombre al pie de la posdata y remonto la corriente como un salmón. Voy atravesando noches, algún amanecer se despertará en el regazo de la luna, y será el ansiado eclipse. Al fin nosotros.






