domingo, junio 28, 2026
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El niño asesino que aterrorizó Buenos Aires: la historia real del Petiso Orejudo

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A comienzos del siglo XX, Buenos Aires crecía como una ciudad que quería parecerse a París: tranvías eléctricos, inmigrantes que llenaban conventillos, plazas repletas de chicos jugando. Nadie imaginaba que entre ellos caminaba un pibe de orejas prominentes, mirada vacía y apenas 1,50 de estatura, destinado a convertirse en el primer asesino serial argentino. Su nombre: Cayetano Santos Godino, pero la prensa lo bautizaría para siempre como El Petiso Orejudo.

Un monstruo que nadie quiso ver

Godino nació en 1896 en una familia marcada por el alcoholismo y la violencia extrema. Desde los 7 años mostraba señales que hoy serían reconocidas como sociopatía: torturaba animales, incendiaba techos de chapas, atacaba a otros niños. La policía lo detuvo varias veces, pero lo liberaban por ser “demasiado chico para entender lo que hacía”.

Para 1912, con 15 años, ya había causado incendios en escuelas, intentado matar a varios menores y atacado bebés en brazos de sus madres. Pero nadie unió los puntos. En una Buenos Aires que apenas empezaba a profesionalizar su policía, un asesino serial infantil era algo inimaginable.

Los crímenes que paralizaron la ciudad

Entre 1912 y 1914 ocurrieron hechos casi idénticos en distintos barrios:

  • niños hallados estrangulados,
  • cuerpos ocultos en baldíos,
  • pequeños incendiados adentro de conventillos,
  • chicos encontrados agonizando con cuerdas en el cuello.

Lo peor: Godino volvía siempre a la escena, mezclado entre curiosos, mirando cómo trabajaba la policía. Le atraía el fuego, el caos, la muerte. Disfrutaba del espectáculo.

Su crimen más recordado fue el de Jesús Giordano, de 3 años. Godino lo convenció de entrar a un baldío en la calle Progreso, lo golpeó, lo estranguló y luego volvió horas más tarde para asegurarse de que estuviera muerto. Esa frialdad dejó estupefactos incluso a los investigadores.

La captura: un asesino que confesó como si hablara del clima

Godino fue finalmente detenido tras atacar a otro niño y ser visto por vecinos. Cuando la policía lo interrogó, confesó uno por uno sus crímenes sin emoción alguna, como si estuviera enumerando tareas de un día escolar.
Los médicos dijeron que tenía “una mente anómala”, “tendencias degenerativas” y “peligrosidad permanente”, pero en 1912 la psiquiatría era incapaz de explicar casos así.

Tenía 16 años.

Ushuaia: la cárcel del fin del mundo

Fue enviado al Presidio de Ushuaia, donde su comportamiento siguió siendo errático y violento. Los guardias contaban que pasaba horas mirando insectos o molestando a otros presos.
En 1923 mató a golpes a un gato de la cárcel, y los presos, furiosos, lo golpearon salvajemente. Desde entonces vivió aislado.

Murió en 1944 dentro del penal. Nunca mostró arrepentimiento. Nunca pidió perdón.

Un caso que marcó a la criminología argentina

El Petiso Orejudo dejó tras de sí:

  • 4 asesinatos comprobados,
  • más de 10 intentos de homicidio,
  • incendios provocados,
  • agresiones múltiples,
  • un expediente policial que aún hoy es estudiado en criminología.

Su historia sigue fascinando porque revela algo inquietante: el monstruo no era un adulto perverso, ni un asesino calculador, sino un niño. Un niño que la sociedad no supo —o no quiso— ver a tiempo.

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