Por elmalpensado
Hay una figura que se repite en muchos medios, sobre todo en los pueblos chicos: el periodista que nunca fue periodista.
El que tiene el título, el cartón, la foto de la colación con toga y birrete, pero nunca tuvo lo único que vuelve real a este oficio: el coraje de incomodar a quien paga la cuenta.
Durante años nos vendieron la imagen romántica del periodista: guardapolvo de tinta, calle, madrugada, llamada incómoda, verdad por encima de todo. Y, sin embargo, en la práctica local abunda otra cosa: gente que se recibió de periodismo, consiguió un escritorio por apellido, por parentesco o por favor político, y después se dedicó a administrar silencios.
La diferencia entre el que “se recibió” y el que ejerció es brutal.
Uno se formó para “cubrir”, el otro eligió “exponer”.
Uno aprendió a redactar con una gramática impecable, el otro a argumentar y preguntar donde molesta, donde está la verdad.
Es la diferencia entre el repetidor perfecto y quien aprendió a pensar.
Uno se adaptó a la línea del medio; el otro entendió que la línea es la verdad, no el director comercial.
En los pueblos donde todos son cuñados, yernos, empleados o ex empleados de alguien, el periodismo no nace en una redacción: se hereda en la mesa familiar.
Ahí aparece el “periodista de cuna”: no porque haya mamado el oficio.
No tiene fuentes, tiene parientes.
No tiene calle, tiene contactos.
No investiga, consulta al dueño del sobre.
Mientras tanto, alrededor suyo se arma una red de favores que determina qué se publica y qué no. No hace falta una orden explícita: alcanza con entender la coreografía.
Qué tema “no conviene tocar ahora”, qué nota “se deja caer”, qué denuncia “no es oportuna”, qué funcionario es “intocable porque es de la casa”.
El periodismo acomodado no investiga: administra favores.
En ese esquema, lo más peligroso no es el sobre que circula en efectivo. Es el sobre simbólico: la promesa de estabilidad, el miedo a perder el puesto, la tranquilidad de saber que mientras no molestes demasiado, siempre habrá un cheque a fin de mes.
Hay quienes viven del sobre y hay quienes viven del miedo a perderlo.
Ambos escriben lo mismo: nada que incomode al poder real.
Por eso abundan los periodistas que no publican nada incómodo jamás, pero se indignan si lo hace otro.
Son esos que jamás firmaron una investigación, jamás pidieron un expediente, jamás se plantaron ante un intendente, pero se escandalizan porque aparece un medio pequeño, sin pauta, que se atreve a mostrar lo que ellos callaron durante años.
Y entonces aparece la frase: “Hice lo que tenía que hacer.”
La autopercepción heroica del periodista funcional es fascinante.
No dicen “obedecí”, dicen “cumplí mi rol”.
No dicen “me callé”, dicen “respeté una línea editorial”.
No dicen “elegí el silencio”, dicen “no era el momento”.
Cagones.
En esa frase se condensa todo: el reconocimiento tácito de que había algo más que se podía hacer, y la decisión consciente de no hacerlo.
Pero hay otro tipo de periodista que nunca fue periodista: el retirado precoz.
El que se recibió, trabajó un tiempo, se acomodó a una estructura, se cansó o lo cansaron, y hoy vive mirando desde afuera con una mezcla de rencor y nostalgia.
Ya no escribe, ya no investiga, ya no se juega.
Se convierte en un espectador: observa de costado, comenta en privado, se limita y lo limitaron.
Como este es un juego donde algunos creen que solo importa ganar plata, el honor queda de lado: ya no pueden ejercer ni siquiera por aquello que los motivó a estudiar.
Si no hay ganancia, mejor dedicarse a otra cosa.
Da igual la vocación, da igual la incomodidad de la verdad.
Da igual el título.
También quedaron atrapados en el rol de espectadores.
Miran el oficio desde lejos y, en lugar de preguntarse “¿cómo puedo contribuir al bien común?”, siguen su camino maniatado.
Son prisioneros y funcionales al mismo sistema que les cortó las alas.
Ni siquiera pueden actuar desde el anonimato.
Decidieron emprender en otra cosa y dejar la verdad para otro.
Al final del día, el filtro es sencillo:
no importa lo que dice el título colgado en la pared, importa lo que hiciste.
Porque, nos guste o no, en este oficio hay una línea que separa a unos de otros:
Hay periodistas sin título
y titulados sin periodismo.



