miércoles, mayo 13, 2026

El experimento secreto del Pentágono que demostró que tres jóvenes físicos podían diseñar una bomba atómica

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En plena Guerra Fría, mientras el miedo a la proliferación nuclear crecía dentro del gobierno de Estados Unidos, el Pentágono decidió poner a prueba una hipótesis tan incómoda como alarmante: si el primer país en fabricar una bomba atómica había sido Estados Unidos, ¿cuánto podía tardar otro en lograrlo?

Así nació en 1964 un programa ultrasecreto conocido como el “Experimento del Enésimo País”, desarrollado en el Laboratorio de Radiación de Livermore, en California. El objetivo no era construir un arma real, sino responder una pregunta estratégica: si un pequeño grupo de físicos talentosos, sin acceso a secretos militares y usando solo información pública, podía llegar a diseñar una bomba nuclear creíble.

En ese momento ya había cuatro potencias nucleares consolidadas: Estados Unidos, la Unión Soviética, el Reino Unido y Francia. China, además, estaba a punto de sumarse. Washington temía que otros países siguieran el mismo camino, y necesitaba saber si el obstáculo principal era el conocimiento técnico o el acceso a materiales críticos.

Para averiguarlo, el laboratorio reunió a tres investigadores posdoctorales en física. No fueron elegidos por su experiencia en armamento nuclear, sino casi por lo contrario: no sabían cómo se diseñaba una bomba atómica. Esa era justamente la prueba. Si ellos podían avanzar partiendo desde cero y usando solo datos no clasificados, entonces el secreto nuclear no era una barrera tan sólida como se suponía.

El método de trabajo fue tan riguroso como extraño. Los tres físicos no podían consultar documentos reservados ni hablar directamente con diseñadores de armas. Si necesitaban verificar una hipótesis o simular un experimento, debían escribir el pedido y enviarlo mediante un intermediario. Del otro lado, especialistas anónimos hacían los cálculos o pruebas necesarias y devolvían los resultados sin revelar información sensible.

A diferencia de los científicos del Proyecto Manhattan, ellos tenían una ventaja clave: ya sabían que una bomba atómica podía funcionar. No debían demostrar la posibilidad teórica de un arma nuclear, sino reconstruir el camino para llegar a ella.

Su punto de partida fue una biblioteca. Revisaron todo lo que encontraron sobre explosivos, metalurgia, electrónica y física nuclear. Parte de ese conocimiento estaba disponible gracias al clima generado por el programa “Átomos para la Paz”, impulsado por Dwight D. Eisenhower para promover usos civiles de la energía nuclear. Pero esa apertura también tenía un costado incómodo: mucha de la información útil para desarrollar reactores servía, al menos en parte, para entender cómo podía diseñarse un arma.

Durante tres años, el equipo trabajó a tiempo parcial entre cálculos, simulaciones, modelado informático con tarjetas perforadas y pruebas con explosivos convencionales. Finalmente, en 1967, presentaron su diseño.

La reacción oficial no llegó en forma de comunicado ni informe público. En cambio, el Pentágono organizó una serie de exposiciones cerradas ante agencias federales y centros de investigación, incluido el Laboratorio Nacional de Los Alamos. Allí, los tres físicos explicaron su trabajo y respondieron preguntas frente a funcionarios y especialistas.

La validación llegó después y fue contundente. Un diseñador de armas les dijo que, si ese artefacto se hubiera construido, habría generado una explosión de un orden de magnitud comparable a la de Hiroshima.

La conclusión del experimento fue tan inquietante como clara: el gran límite no era el diseño. Un país con acceso a bibliotecas, conocimientos científicos, capacidad en metalurgia y electrónica podía llegar a concebir una bomba nuclear plausible. El verdadero obstáculo era otro: conseguir material fisible, como plutonio o uranio apto para armamento.

Ese hallazgo dejó una advertencia que todavía conserva vigencia. El conocimiento necesario para imaginar un arma nuclear no estaba reservado únicamente a un puñado de genios dentro de laboratorios militares. Lo realmente difícil era acceder a los recursos industriales y materiales que permiten pasar del plano teórico al dispositivo real.

Aun así, el experimento no desató una expansión inmediata del club nuclear. Desde entonces, solo cinco países más lograron desarrollar armamento atómico: China, Israel, India, Pakistán y Corea del Norte, llevando el total de potencias nucleares a nueve.

Más de medio siglo después, la pregunta que dio origen a ese proyecto secreto sigue sin perder fuerza: si diseñar una bomba resultó menos imposible de lo que parecía, cuál será el próximo país en dar el paso definitivo.

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