Alguien tenía que dejar asentado lo que está pasando. Alguien con huevos, que no viene a caer bien ni a hacer amiguitos. De alguna manera, siempre uno termina tomando su lugar y aceptando el rol que le corresponde.
Fui testigo de los acontecimientos políticos de Tres Arroyos. Conozco los murmullos de los pasillos, recibí sus tratos y destratos y, sobre todo, los conocí de cerca.
Ficción n.º 1: la gestión del pueblo
Más que un curso de avanzada política, atravesé un curso de ingenuidad aplicada. Me refiero a aquellas épocas en las que, ilusionado con una gestión a favor del pueblo, de la cultura y del diálogo, me dispuse junto a otras aproximadamente diez familias a hacer un medio cultural, literario y político con raíces tresarroyenses. Qué épocas. Las de pedir ayuda a un gobierno que solo pegó portazos, sin importarle que del otro lado de la puerta estaban incluso sus propios votantes.
Votantes que también dieron el portazo cuando decidí empezar a mostrar lo que de verdad estaba pasando con la “gestión del pueblo”, porque sus votantes, al parecer, comparten sus mismos síntomas: ingenuidad, hipocresía y, en algunos casos —esos que se llevan la guita a dedo—, corrupción.
Lo curioso del asunto es que, después de los portazos, llegó el llamado. Pero no para dar apoyo o abrir un diálogo, sino para decir qué sí y qué no. El cargo obtenido a dedo como chapa, el tono y la muequita que acompaña a esta clase de sobradores tratando de disciplinar. Imaginate: un medio chico, independiente, recién nacido, que a la primera noticia reciba un llamadito.
Volvemos a la zona testicular, porque es ahí donde quedó el llamado.
Aunque la pregunta era evidente: ¿qué puede hacer un solo hombre contra una gestión? En ese momento, la respuesta estaba muy lejos de ser lo que es ahora.
Así que el protagonista de esta historia —quien les habla— pensó: si un sector amenaza la democracia y el libre diálogo, el otro sector lo tiene que saber para poner la balanza en equilibrio.
Y aquí llegamos a la tercera ingenuidad de esta historia.
Ficción n.º 2: los grupos políticos opositores
Al buscar respaldo en quienes pagamos su sueldo para que justamente nos defiendan de una gestión autoritaria y de sus injusticias, el baldazo de agua congelada no se hizo esperar. Y así es hasta el día de hoy: “Nadie te va a apoyar porque a nadie le importás, ni le importa tu problema”. Dicho y hecho.
Resulta que los “grupos de trabajo” están compuestos por un grupo de egocéntricos, de egoísmos, a quienes realmente no les importa nada más que sus propios pies y, a lo sumo, la foto para algún medio local que, como bien sabemos, de diez noticias maravillosas sobre la gestión de turno, una es para los opositores. Es decir: ni siquiera los apoyan directamente; les juegan en contra.
Apareció alguien nuevo, con capacidad, con empuje y que, por suerte —para el pueblo—, sigue más vivo y motivado que nunca, a plantear su problema y su estrategia, con un plan en busca de apoyo, para terminar enterándose de la cruda verdad: muchos de ellos no se soportan entre sí. Y déjeme decirle algo duro, pero cierto: son más las similitudes entre los opositores y la gestión actual que sus diferencias.
Muchos llegan por ser sobrinito de, tío de, hijo de. Es decir: muchos de los que están ahí sentados “representando” al pueblo no llegan por capacidad; llegan por acomodo. La mayoría la levanta en pala, señores. Sí. No mandan a sus hijos a la escuela pública, no van al hospital público ni hacen cosas de pobres. Esos son los que pretenden representar a la mayoría, que somos clase media o clase pobre.
A través de esta pregunta surge la siguiente ficción: ¿qué es lo que tienen tanto en común, aparte de lo nombrado, oficialismo y oposición?
Ficción n.º 3
Comparten todo: sus mañanas, sus medialunas, sus mates, risitas y, sobre todo, complicidad. Sí, así es. Son una especie —la política— que basa sus actos en compartir la complicidad.
Con prueba en mano, son cómplices del agua contaminada. Saben que Alejandro Barragán dijo algo que todos sabemos que es mentira en un juicio sobre incompatibilidad de funciones para poder ejercer su cargo público, desde el cual cierra contratos entre el bolsillo del contribuyente y CELTA, la compañía en la que trabaja. Saben que este mismo funcionario utilizó su banca para atarnos a nuestra editorial. Hacen pedidos de informes que nunca les son respondidos.
Nada llevan ante la Justicia. Les estamos pagando el sueldo a un grupo de cómplices.
Pero si hay algo que tienen en común algunos de esta familia complotada en contra de quienes les llevamos nuestro dinero al bolsillo, es el discurso. Eso sí hay que cuidarlo.
Ficción n.º 4
El discurso hay que mantenerlo. Una vez que se establece, se sostiene hasta el final. No hay más vuelta que darle. Si ya se declararon fanáticos, la camiseta se defiende. Da igual que tu líder haya iniciado la Triple A o haya dicho que jamás tendrá peronistas entre sus líneas y luego, al mirar el staff, haya un jugador con cada camiseta.
Los valores que representan a cada espacio dan lo mismo. ¿Quién sabe qué es un libertario, un peronista, un vecinalista o un radical de raíz? ¿Qué importa, si después te podés pasar de equipo tantas veces como quieras?
Lo único que importa son esos tres meses antes de las elecciones. Esos en donde alquilan una oficina, piensan un slogan y ponen globitos de colores por las plazas. En síntesis: ese corto período que un electorado carente tendrá capacidad de recordar.
Y luego, la ficción sigue su curso.
Ficciones, por David Niztzschmamn



