opinión.
El fin de las democracias no siempre llega con la violencia de un golpe de Estado o la espectacularidad de una insurrección. A veces, su muerte es silenciosa, gradual, y ocurre a la sombra de un carisma que manipula, de mentiras que se propagan como verdades absolutas y de instituciones que, desgastadas por dentro, se convierten en cascarones vacíos. El «espíritu democrático», ese que se construye en el disenso respetuoso y el pluralismo, parece cada vez más relegado a una nostalgia que se invoca, pero no se practica.
Hoy vivimos un tiempo de trincheras ideológicas. El maniqueísmo, esa vieja estrategia de reducir todo a buenos y malos, ha encontrado un terreno fértil en la polarización política. Pero no nos engañemos: tanto los extremos de derecha como de izquierda coinciden, aunque sea en su negación a cualquier proyecto que implique complejidad o matices. En su afán por «encauzar» el malestar colectivo, terminan por secuestrar cualquier posibilidad de diálogo real, convirtiendo el debate en una caricatura de sí mismo.
Lo paradójico es que este clima no solo ha beneficiado a los líderes demagogos que explotan las grietas sociales, sino que también ha permeado lugares que deberían ser bastiones de reflexión y diversidad, como las universidades. ¿Qué nos queda cuando incluso los espacios destinados al intercambio de ideas sucumben ante la intolerancia? ¿Cómo defendemos el pluralismo si quienes predican apertura terminan imponiendo dogmas propios?
La democracia no se defiende con gritos ni con trincheras, sino con un ejercicio constante de tolerancia y autocrítica. Pero estamos fallando. Al renunciar al diálogo, dejamos el terreno libre para que los fanáticos —de cualquier signo— definan las reglas del juego.
Lo peor es que, en este juego, el único perdedor es el espíritu democrático que tanto decimos defender.
Si queremos detener esta lenta erosión, debemos recuperar el valor de escuchar y, sobre todo, de disentir sin destruir.
Porque en la democracia no hay enemigo más peligroso que el silencio cómodo que dejamos cuando dejamos de discutir.
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