viernes, abril 3, 2026

La hiperactividad institucional, una dura patologia administrativa.

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David Niztzschmamn
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Un alma sensible, de lágrima fácil y risa rápida. Prefiero morir en el intento antes que morir por no intentarlo. Con la valentía suficiente para jugársela a pesar de los miedos. Acepto la verdad aunque duela, porque sé que el dolor es pasajero, pero la verdad es eterna. Nacido en la ciudad del Fernet, adoptado por la ciudad del tango y sus conurbanos. De paseo por el país del chile picante y las playas paradisíacas, ahora atraído por un magnetismo inexplicable hacia Tres Arroyos. Padre, padrastro, compañero y amigo. Pero, ante todo, humano. Porque al final, la verdad siempre pesa menos que el miedo.
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Relato de ficción, basado en hechos reales.

En la oficina pública se detectó una nueva patología administrativa: la hiperactividad institucional.
Los síntomas se disparan —o se maximizan— sobre todo de jueves a domingo. Días en que la administración se vuelve un cuerpo inquieto: ardor nasal, mandíbulas fuera de eje, sensación de encierro, ganas incontenibles de fumar, de moverse, de hacer algo… cualquier cosa, menos estar encerrado “en esa sucia oficina”.

Esos días la burocracia puede y debe esperar, porque no queda otra. La hiperactividad institucional funciona así: puertas cerradas y lo que pasa en el despacho queda en el despacho. El expediente se enfría, el problema se evapora, la urgencia se encierra con llave.

Por suerte (para ellos), quienes padecen este cuadro no están solos. Tienen equipo habituado y protocolo aceitado: teléfonos cargados y resucitadores listos por si la cosa se pone realmente fea. No para curar, sino para sostener la escena. Que el show continúe.

“Nada está bien y nada está mal, las cosas son como son”, repiten las víctimas de la patología en esos momentos de crisis de culpa. Afuera, mientras tanto, hay gente que depende de su gestión y termina pagando la fiebre ajena. Y ahí aparece la paradoja: de alguna manera, das lo que recibís. Una cárcel construida por sus propias mentes como castigo al mal actuar.

En este ecosistema de incapacidad, la realidad estorba. Es lenta, pide números, obras y plazos. El hiperactivo necesita asistencia para esas cosas que no tiene ganas de enfrentar y que ya no puede entender. Entonces aparecen los reemplazos: videítos para redes, soldaditos amistosos que se ocupan, favores pobres. Una heladerita, unas chapas para el techo, algún favorcito de esos que levantás como quien levanta una ficha. Todo sirve para que el padeciente tenga, al menos por un rato, esa sensación de “soy buen tipo”.

Quienes alguna vez fueron se van borrando en un recuerdo rancio, tan rancio que ya no se puede disimular, donde la moral queda reducida a un concepto inalcanzable, prácticamente algo que no se plantea y listo.

Ya no es gestión: son impulsos.

Es aquí donde el político se vuelve un duro impulso, donde no puede importarle otra cosa que su propio síntoma.

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2 COMENTARIOS

  1. Lo más parecido a la realidad, lo peor q lo funcionarios votados x el pueblo como contralor del actual. tampoco funciona como tal, y no se entiende, arreglos personales ? Miedo? Que es ?

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