jueves, febrero 12, 2026

Ellos y nosotros: el círculo vicioso de la inacción

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David Niztzschmamn
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Un alma sensible, de lágrima fácil y risa rápida. Prefiero morir en el intento antes que morir por no intentarlo. Con la valentía suficiente para jugársela a pesar de los miedos. Acepto la verdad aunque duela, porque sé que el dolor es pasajero, pero la verdad es eterna. Nacido en la ciudad del Fernet, adoptado por la ciudad del tango y sus conurbanos. De paseo por el país del chile picante y las playas paradisíacas, ahora atraído por un magnetismo inexplicable hacia Tres Arroyos. Padre, padrastro, compañero y amigo. Pero, ante todo, humano. Porque al final, la verdad siempre pesa menos que el miedo.

Nos encanta tener villanos. Políticos corruptos, empresarios egoístas, medios que manipulan. Es fácil pensar que el problema está en ellos, los de arriba, los intocables. Pero, ¿Nosotros? ¿Qué hay de esa insensata comodidad vacía de acción? ¿Vacía de unión? Hemos perdido el rumbo del bien común para proteger intereses mezquinos, mientras nos hundimos en una inacción que, tarde o temprano, nos va a destruir.

La realidad es incómoda. Nos quejamos del sistema, pero vivimos cómodos en la resignación, como si ya hubiéramos firmado una condena colectiva. Culpables de no hacer nada, de no unirnos, de perder de vista lo que es correcto. Aplaudimos discursos grandilocuentes y seguimos adelante, esperando que otro haga lo que nosotros no queremos hacer.

Pedimos derechos, pero esquivamos responsabilidades. ¿Es culpa de ellos? ¿Nosotros no tenemos algo de responsabiidad de esa culpa?

El enemigo, ese que convenientemente colocamos frente a nosotros, se adapta a nuestra narrativa. A veces es el político de otro partido, otras el vecino. Mientras tanto, nos fragmentamos cada vez más, incapaces de unirnos para exigir lo que merecemos.

Nos hemos convertido en una sociedad de entes apáticos, divididos, y esa división es el terreno fértil para que las mismas figuras incapaces sigan tomando decisiones que afectan nuestras vidas y las de nuestros hijos.

Al final, somos ellos y nosotros en un círculo vicioso: ellos aprovechan nuestra inacción, y nosotros, cansados, les dejamos hacer.

Romper esto requiere más que quejas. Es necesario involucrarse. De hecho, ya estamos involucrados. La comodidad de no enfrentar lo que es indiscutiblemente incorrecto nos está destruyendo. Mientras dejemos que lo incorrecto suceda, nada cambiará jamás. El cambio, el impulso, nace de nosotros.

La pregunta es:
¿Estamos dispuestos a aprender a estar unidos por aquellas causas que indiscutiblemente son correctas o vamos a seguir divididos por pequeñeses, mientras vemos como cada pedazo de aquello que no asumimos, nos destruye?

Porque, al final, el problema no es solo de ellos, ni solo nuestro. Es de todos.


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