En algún momento hicimos cambio de frente y nadie nos avisó. Antes tirabas:
“Che, el agua trae veneno”,
y se armaba quilombo, discusión, cadena de WhatsApp, algo.
Ahora decís lo mismo y te contestan:
“¿Sí? Mirá vos… ¿será?”.
Fin del tema. A otra cosa. Como si nos hubieran cambiado el chip: de la bronca pasamos al “y bueno… es lo que hay”. Y ahí estamos, mirando cómo nos pasan por arriba con la misma calma con la que miramos un 0 a 0 un lunes a la noche.
Agua con veneno y bocho lavado
Lo del agua ya es un clásico, del año del ñaupa pero más vigente que nunca: mapas, informes, universidades, todos marcando que el agua viene con arsénico, que no es joda ni teoría conspirativa.
Acá, mientras tanto, el libreto oficial es siempre el mismo:
“Estamos dentro de la norma”.
Claro, de la norma que les conviene, no del Código Alimentario que realmente nos debería cuidar. “No aclares que oscurece”, dicen. Y oscurecen a propósito.
Lo más loco es esto:
hay gente con el bocho tan lavado que te discute a favor del agua “oficial”. Te dicen que está todo bien, que es “agua apta”, que no dramatices… pero si alguien en Buenos Aires grita “van a privatizar el agua”, salen corriendo a subir cartelitos a Instagram, historias, corazones verdes, hashtags, todo.
Defienden el agua contra las intenciones de un Milei en Capital, pero no contra la contaminación que se toman todas las mañanas en la canilla de su casa. Pan y circo, versión cloro y arsénico.
Y ahí aparece el contraste más triste:
para festejar Argentina campeón llenamos la plaza, bocinazos, banderas, caravanas, bombos, videos, “no me importa lo que digan…”.
Para reclamar porque tomamos agua con veneno todos los días… cri-cri. Ni una cacerola. Ni un cartel casero. Ni un “che, esto no da”.
Hospital: anestesia sin quirófano
Lo del hospital municipal ya pasó de problema a paisaje. Falta de insumos, turnos eternos, quejas que se repiten año tras año… y cada historia nueva suma a la montaña, pero no mueve la aguja.
Antes, cuando te daban un turno a seis meses, te indignabas; hoy decís “bueno, por lo menos me dieron algo”. Estamos al horno con papas, pero encima agradecidos por el horno.
Y mientras tanto, pasa lo mismo que con el agua:
para el Garrahan, marchas, remeras, posteos, solidaridad a full (que está perfecto).
Para el hospital de acá, el que te atiende cuando se te rompe algo de verdad… silencio de radio.
Es como si la empatía funcionara a kilómetros: cuanto más lejos el problema, más fácil indignarse. Cuanto más cerca, más cómodo hacerse el sota.
Escuelas: aprender a bancarse el garrón
En educación, el libreto se repite. Escuelas sin calefacción, techos que se llueven, pibes comiendo viandas que dan lástima, violencia en el aula, docentes atados con alambre.
Cuando hay marcha y toma de universidades en Buenos Aires, se llena de fotos:
“Defendamos la educación pública”,
“Orgulloso de la universidad gratuita”,
selfie con cartelito, filtro violeta, hashtag del día.
Pero cuando cierran un aula en Tres Arroyos porque no hay gas, cuando los chicos pasan frío o cuando los padres tienen que arreglar los vidrios de la escuela de su bolsillo… silencio. Nadie arma una asamblea, nadie corta una calle, nadie dice “hasta acá llegamos”.
Parece que la consigna fuera:
la educación se defiende, pero sólo si sale por cadena nacional.
Indignación importada, problemas made in Tres Arroyos
Ahí está el núcleo del quilombo:
nos indigna más lo que pasa en CABA que lo que pasa en la esquina de casa.
Por la universidad tomada en Capital, compartimos hilos de Twitter y editamos videos con música épica.
Por el Garrahan, corremos a cambiar la foto de perfil.
Por la posible privatización de un río que no sabemos ni ubicar en el mapa, hacemos textazo en Facebook.
Pero por el agua con arsénico en Tres Arroyos,
por el hospital sin insumos,
por la escuela hecha pelota del barrio…
“y bueno, acá fue siempre así”.
Ojos que no ven, corazón que no siente. Mientras no me explote en la cara hoy, se patea para adelante. Total, el que venga atrás que se arregle.
La pyme de la resignación
La pregunta de fondo es incómoda pero necesaria:
¿cuándo pasamos del “no nos callamos nada” al “mejor no meterse”?
Nos entrenaron –y también nos dejamos entrenar– para bajar la cabeza. Nos venden el discurso de “no hay otra”, “no se puede”, “es muy complicado” y lo compramos sin chistar. Entre el miedo, el cansancio y el egoísmo, armamos una pyme de resignación: cada uno en lo suyo, que no me toquen el confort, y mientras tanto que sigan jugando con nuestra salud, nuestra educación y nuestra agua.
¿Hay salida o ya está todo cocinado?
No estamos condenados a esto, pero si seguimos así, sí: la boleta está cantada.
No se trata de volverse héroe de historieta ni vivir en estado de asamblea permanente, pero algo básico tiene que volver: la capacidad de decir “no”.
No al agua con veneno.
No al hospital sin insumos.
No a la escuela hecha un desastre.
No a mirar para otro lado mientras nos cocinan a fuego lento.
Porque si seguimos festejando más un gol de Messi que la posibilidad de tomar agua limpia, entonces sí, estamos más al horno que nunca. Y no va a haber Mundial que nos salve de eso.






