viernes, abril 3, 2026

Un Decreto Bajo las Luces del Crepúsculo

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David Niztzschmamn
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Un alma sensible, de lágrima fácil y risa rápida. Prefiero morir en el intento antes que morir por no intentarlo. Con la valentía suficiente para jugársela a pesar de los miedos. Acepto la verdad aunque duela, porque sé que el dolor es pasajero, pero la verdad es eterna. Nacido en la ciudad del Fernet, adoptado por la ciudad del tango y sus conurbanos. De paseo por el país del chile picante y las playas paradisíacas, ahora atraído por un magnetismo inexplicable hacia Tres Arroyos. Padre, padrastro, compañero y amigo. Pero, ante todo, humano. Porque al final, la verdad siempre pesa menos que el miedo.
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Era diciembre en el reino, y las luces led festivas iluminaban las calles como si quisieran esconder los charcos eternos y las veredas desiguales. El Consejo, exhausto tras largas jornadas de deliberación, decidió postergar cualquier decisión hasta el próximo ciclo. Pero el rey, fiel a su espíritu innovador, sabía que las grandes obras no esperaban.

“¿De qué sirve cerrar un año sin un gesto memorable?”, dijo en voz baja mientras tomaba la pluma real. El escribano, que ya había sido testigo de decisiones similares, suspiró y preparó el pergamino. La tinta, como siempre, fluyó sin interrupciones, al igual que la voluntad del monarca.

Cuando el decreto fue proclamado, la noticia recorrió las plazas del reino como una melodía que unos bailaban y otros criticaban. “Un espacio para celebrar nuestra unión”, anunciaron los heraldos. En el Gran Charco Municipal, convertido ahora en pista improvisada, algunos vecinos se reunieron para brindar. Una vecina, con su inseparable jabón y toalla, comentó: “Ahora al menos hay luces para el baño”.

En el norte del reino, donde los charcos eran más pequeños pero abundantes, se organizaron carreras nocturnas de patitos. “Es nuestra versión comunitaria de las festividades reales”, dijo un vecino mientras encendía velas alrededor de un charco particularmente profundo.

El Consejo, que había rechazado previamente la idea, miraba desde las sombras con mezcla de resignación y perplejidad. “Es diciembre, y la gente quiere fiesta”, comentó uno de los sabios -parridarios al rey. “Que el año termine, y que termine rápido”.

El rey, ajeno a las críticas, se presentó en el evento principal con su habitual entusiasmo. “Este decreto no es solo un regalo para el pueblo; es un símbolo de nuestra capacidad para superar las adversidades… bailando”. La multitud aplaudió, el rey anoto el aplauso en su libreta.

Mientras las estrellas se encendían en el cielo, el reino parecía encontrar en el caos su propia armonía. Algunos embotellaban el agua de los charcos como souvenir, mientras otros simplemente brindaban, no por el decreto, tampoco por las velas cuando se cortaba la luz, sino porque el año había llegado a su fin.

“Que el próximo año nos encuentre aún más unidos”, proclamó el rey, alzando su copa.

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