No están dormidos.
Tampoco están anestesiados.
Están en modo avión: encendidos, funcionales, pero completamente desconectados.
Se mueven, producen, opinan, consumen… pero sin recibir nada nuevo.
Todo lo que los desafía, lo filtran. Todo lo que los incomoda, lo borran.
Viven como androides educados, sin alma, sin cambio, sin preguntas.
Repiten lo mismo, una y otra vez, aunque no tenga sentido. Aunque duela. Aunque los destruya.
Tan profundo es ese piloto automático que hasta están dispuestos a tomar agua contaminada, con tal de no discutir, no señalar, no incomodar a nadie. La paz del rebaño vale más que la salud del cuerpo. Más que el sentido común.
Cada tanto se abre una grieta, entra un dato nuevo, una emoción cruda, una imagen real. Pero enseguida aparece el antivirus social: “no seas exagerado”, “eso ya se dijo”, “ya va a pasar”.
Y todo sigue igual.
Actualizan el celular cada tres meses, pero las ideas que los mueven son del siglo pasado. Se dicen progresistas, pero no se animan a pensar distinto. Se creen libres, pero siguen rutinas que no eligieron y defienden estructuras que no entienden.
El modo avión no es solo una metáfora: es una elección diaria.
Y ustedes la eligen todos los días.


