miércoles, agosto 5, 2026
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Cómo sobrevivir a la incertidumbre cuando la vida deja de darte respuestas

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En resumen, si andás corto de tiempo

No sabés si vas a conservar el trabajo, si esa relación tiene futuro, si la plata va a alcanzar o si aquello que esperás finalmente ocurrirá. La incertidumbre no siempre puede resolverse, pero se puede aprender a atravesarla sin dejar la vida suspendida.

No pasó lo peor. Tampoco pasó lo mejor. En realidad, todavía no pasó nada.

Y ese es el problema.

Cuando llega una mala noticia, al menos aparece algo concreto contra lo cual reaccionar. Se llora, se pelea, se piensa qué hacer. Pero cuando no hay una respuesta, la cabeza queda trabajando sin descanso: imagina desenlaces, interpreta silencios, busca señales y ensaya conversaciones para hechos que quizá nunca ocurran.

Puede ser un análisis médico. Una renovación laboral. Una relación que no termina de definirse. Una deuda. Un hijo que está atravesando un problema. Un proyecto al que le pusiste todo y no sabés si va a funcionar.

La vida sigue, pero una parte de vos queda parada frente a una puerta cerrada, esperando que alguien salga y diga finalmente qué va a pasar.

Lo que desespera no es solamente el miedo

La incertidumbre resulta tan difícil porque no permite preparar una única defensa. Cuando conocemos el peligro, podemos decidir cómo enfrentarlo. Cuando existen diez futuros posibles, la mente intenta prepararse para los diez al mismo tiempo.

La investigación psicológica vincula esa dificultad para tolerar lo desconocido con la preocupación repetitiva y distintos problemas de ansiedad. No significa que toda persona preocupada tenga un trastorno, sino que nuestro cerebro suele tratar la falta de información como una posible amenaza: ante la duda, empieza a completar los espacios vacíos con escenarios.

Por eso revisar el teléfono veinte veces, repasar cada palabra de una conversación o imaginar constantemente lo peor puede dar una pequeña sensación de control. Parece que estamos haciendo algo. Pero muchas veces no estamos resolviendo el problema: solamente estamos recorriendo una y otra vez el mismo pasillo.

La pregunta que nos tortura es: “¿Qué va a pasar?”.

Y quizás la pregunta que necesitamos hacernos sea otra: “¿Cómo voy a vivir mientras todavía no lo sé?”.

No todo momento oscuro necesita una salida inmediata

El psicoterapeuta Francis Weller describe estas etapas como momentos en los que desaparecen los ritmos conocidos y quedamos obligados a caminar por un territorio distinto. Para él, la oscuridad no es solamente un lugar del que hay que escapar: también puede ser un período donde algo todavía invisible comienza a transformarse.

Esto no significa romantizar el sufrimiento ni agradecer una desgracia. Tampoco supone quedarse quieto cuando existe algo concreto que puede hacerse.

Significa reconocer que hay períodos en los que ninguna decisión devuelve inmediatamente la certeza. Podés mandar el currículum, consultar a otro médico, hablar con tu pareja, ordenar las cuentas o pedir ayuda. Después de eso quizá siga existiendo una espera que no depende de vos.

Ahí comienza la parte más difícil: dejar de exigirle al presente una respuesta que todavía no tiene.

Nos enseñaron que una vida ordenada avanza mediante decisiones claras. Estudiás para conseguir trabajo. Trabajás para tener estabilidad. Formás una pareja para construir un futuro. Ahorrás para sentirte seguro. Pero muchas veces hacemos todo lo que supuestamente había que hacer y, aun así, el piso se mueve.

La incertidumbre rompe una ilusión bastante profunda: que, si somos responsables y tomamos buenas decisiones, podremos controlar lo importante.

No podemos.

Podemos influir, prepararnos, cuidarnos y elegir. Pero amar también implica poder perder. Emprender implica poder fracasar. Vivir implica no saber completamente qué viene después.

El error de suspender la vida hasta recibir una respuesta

“Cuando esto se resuelva, voy a estar tranquilo”.

La frase parece lógica. El problema es que siempre puede aparecer un nuevo “esto”.

Esperamos que se defina el trabajo para descansar. Que mejore la economía para disfrutar. Que alguien responda para recuperar el ánimo. Que desaparezca todo riesgo para comenzar algo. Sin darnos cuenta, transformamos la certeza en un requisito para vivir.

Pero la certeza completa no llega. Y mientras la esperamos, también pasan los días buenos.

Sobrevivir a la incertidumbre no consiste en convencerse de que todo saldrá bien. Esa promesa puede ser tan falsa como asumir que todo terminará mal. Consiste en entender que hoy no tenemos el desenlace, pero sí tenemos este día.

Comer. Dormir. Trabajar. Entrenar. Caminar. Hablar con alguien. Hacer una tarea concreta. Resolver el problema que sí está frente a nosotros en lugar de pelear durante horas con diez problemas imaginarios.

Son acciones pequeñas, pero devuelven algo fundamental: la experiencia de que nuestra vida todavía existe fuera de aquello que estamos esperando.

La Asociación Estadounidense de Psicología recomienda, frente al estrés causado por la incertidumbre, concentrarse en aquello que puede controlarse, sostener rutinas, limitar la exposición constante a información angustiante, recordar situaciones difíciles ya atravesadas y apoyarse en otras personas.

No son fórmulas mágicas. Son maneras de volver a hacer pie.

Nadie debería atravesar solo lo que no puede comprender

Una de las ideas centrales de Weller es que el sufrimiento moderno se vuelve más pesado porque intentamos procesarlo de manera individual. Nos encerramos para no preocupar a otros, fingimos estar bien y sentimos que pedir ayuda demuestra debilidad.

Sin embargo, existen cargas que no se vuelven más livianas porque una persona sea fuerte. Se vuelven más livianas cuando dejan de ser cargadas a solas.

No siempre necesitamos que alguien encuentre una solución. A veces alcanza con poder decir: “Tengo miedo”, sin que nos respondan inmediatamente que debemos pensar positivo.

La incertidumbre achica el mundo hasta convertirlo en una sola pregunta. Los vínculos lo vuelven a ensanchar. Nos recuerdan que somos también un amigo, un padre, una hija, una pareja, un compañero, un vecino. Que todavía pertenecemos a lugares y personas que no dependen del resultado que estamos esperando.

Weller llama a esto “hacerse inmenso”: no porque debamos volvernos invulnerables, sino porque necesitamos incluir nuestra fragilidad dentro de una vida más grande. El miedo está ahí, pero no ocupa todo. También existen la amistad, el cuerpo, la naturaleza, los recuerdos, la creatividad, el barrio y los gestos cotidianos.

Aprender a vivir sin conocer el final

Puede que mañana llegue la respuesta y sea buena. Puede que sea mala. También puede que aparezca una salida que hoy ni siquiera imaginamos.

No saberlo es justamente la incertidumbre.

Sobrevivir no significa caminar sin miedo. Significa evitar que el miedo decida cada movimiento. Hacer lo que está a nuestro alcance, pedir ayuda cuando haga falta y después aceptar que una parte de la vida siempre quedará fuera de control.

La incertidumbre puede quitarnos el mapa. No tiene por qué quitarnos también el día.

Mientras no sepamos qué va a pasar, todavía podemos elegir cómo atravesar este momento. Tal vez no sea la respuesta que buscábamos. Pero, por ahora, puede ser suficiente.

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