Durante años, para Gisela Martínez la seda era simplemente una tela. Hasta que descubrió algo que cambiaría por completo su carrera: en Argentina también se criaban gusanos de seda y se producían capullos. Ese encuentro con una actividad pequeña, artesanal y dispersa terminó convirtiéndose en el centro de un proyecto que nació de una diseñadora tresarroyense y hoy vende piezas en quince países.
Su marca, Indómita Luz, fabrica joyería contemporánea combinando capullos de seda, tintes naturales y metales. Hay piezas que viajan a Estados Unidos, México, Alemania, Suiza, España y Portugal, entre otros destinos, y otras que llegaron a museos, boutiques y exhibiciones internacionales. Pero detrás del recorrido global hay una historia que vuelve una y otra vez al mismo lugar: Tres Arroyos.

Del diseño de indumentaria a criar gusanos de seda
Martínez estudió Diseño Textil e Indumentaria en la Universidad de Palermo y en 2011 puso en marcha Indómita Luz, inicialmente como una marca de indumentaria femenina. Poco después comenzó a acercarse a la sericicultura y terminó trabajando en una unidad productiva de Adolfo Van Praet, en La Pampa.
Allí aprendió algo bastante más complejo que diseñar una prenda terminada: cómo nace la materia prima.
El gusano se alimenta principalmente de hojas de morera y produce el capullo del que posteriormente puede obtenerse la fibra. Martínez comenzó a criar, investigar y trabajar sobre ese material, además de capacitar a otros productores. Con el tiempo, los capullos dejaron de ser solamente materia prima y pasaron a convertirse directamente en protagonistas de sus diseños.
En 2015 Indómita Luz dio el salto hacia la joyería contemporánea. Los capullos comenzaron a mezclarse con acero, plata, alpaca, vidrio y otros materiales, mientras los colores se obtenían mediante procesos artesanales con elementos naturales como yerba mate, cúrcuma, cáscara de cebolla, índigo o achiote.

Una parte de esas joyas que viajan por el mundo se hace acá
La historia internacional podría hacer pensar que el proyecto terminó trasladándose definitivamente a Buenos Aires. Ocurrió algo distinto.
Martínez vive actualmente en Claromecó y sostiene parte de su estructura productiva dentro del distrito. En agosto, durante una entrevista con LU24, lo resumió de manera concreta: “actualmente estoy produciendo gran parte de mi línea y marca acá en Tres Arroyos”.
La firma mantiene talleres en Tres Arroyos y Tigre y un espacio comercial en Buenos Aires. Desde allí combina una cadena que involucra productores de seda de distintas provincias, trabajo artesanal, diseño y comercialización online hacia Argentina y el exterior.
Es justamente esa cadena la que ahora Martínez pretende llevar mucho más lejos.

El próximo sueño: una Ruta de la Seda argentina
Argentina produce seda, pero está muy lejos de tener una industria integrada alrededor de ella. El biólogo Horacio Walantus estimó ante El País que existen alrededor de 500 pequeños productores, distribuidos principalmente en emprendimientos artesanales y con poca articulación entre sí.
Martínez imagina que esa dispersión podría transformarse en una fortaleza si productores, diseñadores, instituciones y emprendimientos lograran conectarse. El modelo que aparece como referencia es Brasil, donde la actividad consiguió una escala considerablemente mayor.
Su idea de una Ruta de la Seda argentina apunta justamente a eso: dejar de pensar cada criadero o emprendimiento como una isla y comenzar a construir una cadena capaz de generar materia prima, conocimiento, productos terminados y nuevos mercados.
Y ahí aparece una paradoja.
El programa nacional que debía promover la actividad ya no existe
Desde 2003 Argentina tenía una ley específica para fomentar la sericicultura. La Ley 25.747 había creado el Programa de Promoción y Producción del Gusano de Seda, que contemplaba desde investigación y capacitación hasta un registro nacional de productores, promoción de cooperativas y herramientas para impulsar la industrialización de los capullos.
Pero el 18 de junio de 2025 ese esquema terminó.
Mediante el Decreto 408/2025, el Gobierno nacional disolvió el programa y el Registro Nacional de Sericicultura y derogó la Ley 25.747, dentro de una reorganización más amplia de distintos regímenes de promoción agropecuaria.
Eso no significa que desaparecieran los productores ni décadas de conocimiento acumulado. Significa que el desafío de conectarlos y convertir una actividad dispersa en una cadena productiva quedó todavía más apoyado sobre iniciativas particulares, instituciones y emprendimientos.
En ese escenario, la historia de Gisela Martínez deja de ser solamente la de una diseñadora tresarroyense que consiguió vender en quince países.
También muestra algo bastante menos visible: desde un rincón del distrito de Tres Arroyos se está intentando demostrar que una actividad prácticamente artesanal todavía puede transformarse en una cadena productiva argentina con identidad propia.










