sábado, agosto 1, 2026
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Cuando el Estado decidió que sobrabas: cinco vidas argentinas que el poder intentó borrar

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En resumen, si andás corto de tiempo

Un peón condenado por no tener patrón, una mujer indígena convertida en objeto de museo, una niña que escapó de una masacre, un hombre fusilado sin juicio y un estudiante desaparecido en democracia. Distintas épocas y gobiernos, pero una misma advertencia: cuando el poder deja de reconocerte como persona, casi nada alcanza para protegerte.

No existió un único plan que atravesara toda la historia argentina. Cambiaron los gobiernos, las leyes y los enemigos señalados. Lo que se repitió fue algo más inquietante: instituciones capaces de decidir que ciertas personas quedaban fuera de las garantías que el propio Estado decía defender.

A veces bastaba con no tener trabajo fijo. Otras, con pertenecer a un pueblo que ocupaba tierras deseadas. También podía alcanzarte por escuchar una radio en una casa equivocada o por denunciar a policías.

Antonio Guevara: cuatro años en el Ejército por no poder nombrar un patrón

Cuando le preguntaron de qué vivía, Antonio Guevara respondió que trabajaba como peón. No pudo mostrar un contrato ni decir para quién estaba trabajando en ese momento. El juez lo declaró “vago” y lo envió cuatro años a servir en las armas.

No habían probado que hubiera robado ni atacado a nadie. Su falta era no estar sujeto a un patrón. En la campaña bonaerense de la década de 1820, la papeleta de conchabo permitía demostrar que un hombre tenía dueño laboral. Quien circulaba sin ese papel podía ser detenido y enviado al Ejército.

Era una forma de disciplinar al paisano que vivía de trabajos ocasionales y se movía libremente. Los hacendados conseguían trabajadores estables y el Estado obtenía soldados. Para Guevara, la diferencia entre volver a su casa o perder cuatro años de vida fue un papel que no tenía.

Para leer más: La investigación de la Universidad Nacional de La Plata sobre las leyes de vagancia, los jueces de paz y la papeleta de conchabo.

Margarita Foyel: el Estado se quedó hasta con su cuerpo

Margarita Foyel fue capturada después de las campañas militares sobre los territorios indígenas. La llevaron junto con otros prisioneros al Museo de La Plata. No llegó como visitante: vivió allí sometida a la institución, murió en 1887 y sus restos pasaron a formar parte de sus colecciones.

El Ejército había ocupado el territorio, pero el sometimiento no terminaba con la rendición. Los sobrevivientes eran trasladados, repartidos como trabajadores o separados de sus familias. En Mendoza, investigadores encontraron actas parroquiales de niños capturados a quienes se les daba un nombre español, se borraba la referencia a sus padres y se registraba únicamente a padrinos blancos.

No toda la Iglesia actuó de una sola manera, pero el bautismo y los registros parroquiales formaron parte de aquel mecanismo de asimilación. Se podía quitarle a una persona la tierra, la familia, el nombre y la religión. En el caso de Margarita, el Estado también conservó su cuerpo durante más de un siglo: sus restos fueron restituidos recién en 2014.

Para leer más: La restitución realizada por la UNLP y el registro del Museo de La Plata sobre las restituciones.

Rosa Grilo: la nena que corrió mientras mataban a su familia

Rosa Grilo era una niña cuando vio caer golosinas desde una avioneta sobre Napalpí. Cuando las personas se acercaron, las fuerzas que rodeaban el lugar comenzaron a disparar. Su padre fue asesinado. Ella logró escapar y cargó con ese recuerdo durante el resto de su vida.

Las víctimas eran principalmente trabajadores qom y moqoit sometidos dentro de una reducción estatal. Reclamaban mejores pagos por la cosecha de algodón y la posibilidad de salir a trabajar en otros lugares. El Estado respondió enviando policías, gendarmes y civiles armados. Más de 400 personas fueron asesinadas en 1924.

Durante décadas, la versión oficial ocultó la masacre. Rosa vivió lo suficiente para contarla ante la Justicia. Su testimonio ayudó a demostrar que no había sido un enfrentamiento, sino una matanza organizada y encubierta por el Estado contra personas que reclamaban cobrar y trabajar en mejores condiciones.

Para leer más: La historia de Rosa Grilo y el Juicio por la Verdad que reconoció la Masacre de Napalpí como crimen de lesa humanidad.

Juan Carlos Livraga: lo fusilaron y tuvo que demostrar que seguía vivo

Juan Carlos Livraga era un joven albañil. La noche del 9 de junio de 1956 estaba en una casa donde varias personas se habían reunido a escuchar una pelea de boxeo por radio. La Policía irrumpió, se los llevó y trasladó a doce civiles hasta un basural de José León Suárez.

No hubo juicio ni sentencia. Recibieron la orden de fusilarlos. Una bala le destrozó la mandíbula a Livraga, pero sobrevivió entre los cuerpos. Cuando consiguió pedir ayuda, lo atendieron en un hospital y después volvieron a encarcelarlo.

La dictadura intentó justificar las ejecuciones con una ley marcial que ni siquiera estaba vigente cuando fueron detenidos. Livraga se convirtió en “el fusilado que vive” y su relato permitió que Rodolfo Walsh reconstruyera Operación Masacre. Recién setenta años después, en junio de 2026, la Justicia reconoció los fusilamientos como crímenes de lesa humanidad.

Para leer más: La historia de Livraga y su relación con Operación Masacre y el reconocimiento judicial obtenido siete décadas después.

Miguel Bru: denunció a la Policía y nunca volvió

Miguel Bru tenía 23 años, estudiaba Periodismo y vivía con amigos en La Plata. Policías de la Comisaría Novena allanaron ilegalmente su casa. Miguel los denunció. A partir de entonces comenzaron las amenazas y el hostigamiento.

El 17 de agosto de 1993 fue secuestrado y llevado a esa misma comisaría. Allí lo torturaron hasta matarlo. Dos policías recibieron prisión perpetua, aunque el cuerpo de Miguel nunca apareció.

Habían pasado diez años desde el regreso de la democracia. Ya no gobernaba una dictadura ni existía un plan nacional de desapariciones, pero una dependencia estatal todavía tenía hombres, instalaciones y complicidades suficientes para detener a un joven, matarlo y ocultar su cuerpo. Miguel no estaba armado ni dirigía una rebelión: había denunciado a quienes después se encargaron de hacerlo desaparecer.

Para leer más: La señalización oficial de la comisaría donde Miguel fue visto con vida por última vez y la reconstrucción de la Universidad Nacional de La Plata.

Lo más inquietante no es que fueran héroes

Antonio Guevara, Margarita Foyel, Rosa Grilo, Juan Carlos Livraga y Miguel Bru no compartieron una causa. Vivieron bajo gobiernos distintos y fueron perseguidos por organismos diferentes.

Eso es precisamente lo que vuelve inquietantes sus historias.

No hacía falta ser un gran caudillo ni representar una amenaza extraordinaria. Podía alcanzarte por no tener patrón, por haber nacido dentro de una comunidad indígena, por reclamar un salario, por encontrarte en una casa allanada o por denunciar a un policía.

El Estado debía protegerlos. En algún momento, decidió que podía hacer con ellos otra cosa.

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