En menos de tres minutos había pasado de novio desconfiado a ejemplar de venado.
El celular quedó desbloqueado arriba de la mesa. Ella se había ido a bañar y, por primera vez en varias semanas, no se lo había llevado encima como si guardara información clasificada.
Él lo miró de reojo.
Hacía rato que venía con la mosca atrás de la oreja. Mensajes a cualquier hora, sonrisitas mirando la pantalla, el teléfono siempre boca abajo y ese “no pasa nada” que generalmente significa que pasa algo, pero todavía no sabés qué.
Sabía que agarrarlo estaba mal. No era boludo. Revisar el celular ajeno es meterte en quilombos.
Pero también estaba cansado de sentirse el último en enterarse.
El venao, el venao.
Lo agarró.
Abrió WhatsApp, todo perseguido. Nada raro al principio: familia, trabajo, grupos silenciados y un montón de conversaciones que no le importaban. Hasta que llegó a los chats archivados.
Entró.
Por suerte no había fotos en bolas, direcciones de telos ni un “anoche la pasé bárbaro”. Había algo peor: mensajes de madrugada, corazones, recuerdos compartidos y todo escondido.
El tipo le preguntaba cuándo podían verse. Ella no le decía que sí, pero tampoco le decía que no. Le contestaba con vueltas, chistes y frases que dejaban la puerta abierta. Lo suficiente para que el otro siguiera intentando y para que ella pudiera hacerse la boluda.
Él siguió bajando.
Cada mensaje era peor que el anterior, no por lo que decía sino por lo que dejaba entender. Ese chat no estaba archivado porque molestaban las notificaciones. Estaba archivado porque no tenía que aparecer.
Escuchó cerrarse la ducha y dejó el teléfono exactamente donde estaba.
En menos de tres minutos había pasado de novio desconfiado a ejemplar de venado.
Esperó a que saliera del baño y se sentara. Quería hacerse el tranquilo, pero tenía la cara de alguien que acababa de encontrar una rata adentro de la heladera.
—¿Quién es este tipo?
Ella lo miró. Después miró el celular.
Rápida y astuta:
—¿Me revisaste el teléfono?
Ni “es un amigo”, ni “no pasó nada”, ni “te explico”. Primero había que discutir cómo se había enterado.
Y ahí se pudrió todo.
Él decía que lo estaban haciendo cornudo. Ella decía que era un enfermo, un controlador y que no tenía ningún derecho a revisarle las cosas.
Los dos gritaban ¿Los dos tenían razón?
Y los dos usaban la cagada del otro para no hablar de la propia. Una forma bastante conocida de hacer política.
Él queria que ella le confirme que era un cornudo.
Ella nunca se lo dijo.
Se separaron.
Fin.




