Hay una castiza tendencia hacia esa monárquica sonrisa esquiva; surge un subliminal desafío que arenga las ansias, y voy, con mi hoja de ruta aleatoria traspaso la bruma, y sin medir consecuencias el pregón se rebela. Callado, soy un pez que se ahoga en una pleamar demorada en otra orilla, doy un salto desmedido de audacia y me trepo a la cumbre de tu importancia; sobre la arena de un reloj sin tiempo busco la fisura de la roca para brotar como hiedra, alzo mi plegaria inédita al dios pagano que me adeuda tu amanecer, y escribo: escribo con palabras de un abecedario clandestino que indulte al silencio, que selle la suerte y cancele la espera.
La corriente del destino se lleva mi barco de papel hasta el puerto de tus ojos; quizás me leas.
Aún tengo en mis manos la posdata y el punto final se demora. La poesía continúa.






