“Estoy cansado de luchar y luchar, galopando contra el viento.”
— René Favaloro, 29 de julio del 2000
René Favaloro salvó millones de vidas. Y murió solo. Con una carta. Y una bala.
Su historia no es una tragedia individual.
Es un espejo incómodo de lo que somos.
Y de lo que todavía no cambiamos.

Volver a hacer patria
Podría haberse quedado en Cleveland, entre aplausos y congresos. Allá fue leyenda: el tipo que inventó el bypass coronario. Uno de los hitos médicos del siglo XX.
Pero Favaloro volvió.
Volvió porque creía que la Argentina merecía otra salud. Otro nivel. Otro trato.
Volvió para fundar una institución médica ejemplar: la Fundación Favaloro, donde nadie quedara afuera por no tener cobertura, donde la ética no se negociara, donde la medicina fuera ciencia y compasión.
Y durante años lo logró. Contra todo.

El costo de no tranzar
Mientras otros se hacían ricos con el Estado, Favaloro escribía cartas.
Pedía lo básico: que le paguen lo que le debían. Que le dieran las herramientas para seguir atendiendo. Que el Estado no lo empuje al abismo.

Más de 20 cartas a distintos funcionarios.
Una directamente al presidente De la Rúa.
Todas ignoradas.
Mientras tanto, la Fundación acumulaba deudas por más de 18 millones de dólares, principalmente por obras sociales que nunca pagaban, y un PAMI corrupto que lo castigaba por no “acomodarse al sistema”.
No murió de tristeza. Murió de hartazgo.
El 29 de julio del 2000, Favaloro escribió su última carta.
Después, apoyó el papel en el escritorio.
Y se disparó al corazón.
Porque no le salía fallarse. Ni siquiera para morir.
Porque hasta en eso, fue quirúrgico.

La carta
“Estoy cansado de golpear puertas que nunca se abren.”
“Ser honesto en esta sociedad corrupta tiene su precio. Esta sociedad corrupta me ha vencido.”
“No puedo cambiar. No ha sido una decisión fácil pero sí meditada.”
“El cirujano vive con la muerte, es su compañera inseparable. Con ella me voy de la mano.”

No buscaba lástima. Ni redención.
Buscaba verdad.
Un país que expulsa a los que hacen
La historia de Favaloro duele porque sigue vigente.
Porque los que hacen con ética siguen remando solos, mientras los vivos cosechan subsidios, fueros o aplausos.
Acá se aplaude al honesto cuando ya está muerto.
Cuando ya no molesta.
Cuando no puede exigir nada.

La épica argentina no está en el bronce. Está en el hartazgo.
Está en cada médico que se rompe el alma en un hospital sin insumos.
En cada maestra que enseña con frío.
En cada científico que investiga con una notebook rota.
En cada persona que elige no tranzar, aunque eso signifique perder.

Favaloro no fue un héroe del pasado.
Fue un ensayo general del fracaso argentino.
Y su carta no fue un adiós: fue una denuncia.
¿Y ahora?
¿A quiénes estamos empujando hoy al mismo final?
¿A cuántos Favaloros estamos dejando solos, mientras repetimos que “el país no es el mismo”?

No lo llores. No lo cites.
No lo repitas.
¿Cuántas cartas escribió Favaloro al Estado antes de morir?




