Cada 24 de marzo se repite una versión cómoda: que el horror argentino empezó recién cuando los militares tomaron el poder en 1976. Es una verdad a medias. El golpe fue la toma total del Estado por la Junta, sí. Pero la maquinaria, el lenguaje y parte del dispositivo represivo ya venían en marcha antes, dentro del peronismo gobernante. El propio Estado argentino ubica lugares de detención ilegal desde fines de 1974 y no recién desde el 24 de marzo de 1976.
Perón no fue un espectador inocente de esa deriva. López Rega no cayó del cielo: fue una figura promovida en el corazón del poder peronista, y la radicalización represiva del movimiento ya estaba explícita en 1973. El llamado “Documento Reservado” del Consejo Superior Peronista hablaba de “guerra” contra los “grupos marxistas” y ordenaba participar activamente en esa lucha. Meses después, el 1° de mayo de 1974, Perón selló en Plaza de Mayo la ruptura con la izquierda peronista.
Después vino la sangre organizada. La Triple A no fue un delirio marginal ni una patota suelta: fue la expresión paraestatal de esa “depuración”, articulada desde el Ministerio de Bienestar Social de López Rega. Y mientras el relato peronista posterior quiso separar prolijamente “dictadura” de “gobierno constitucional”, la realidad es más incómoda: ya había centros clandestinos y detención ilegal antes del golpe. El Pozo de Banfield, por ejemplo, funcionó desde octubre de 1974.
Perón murió en julio de 1974, así que no firmó los decretos más brutales de 1975. Pero dejarlo afuera por una cuestión de calendario es otra forma de encubrimiento. La continuidad política fue evidente: en febrero de 1975, el decreto 261/75 ordenó al Ejército ejecutar operaciones para “neutralizar y/o aniquilar” en Tucumán. No fue una metáfora desafortunada. Fue el Estado habilitando, por vía formal, la lógica del exterminio que después la dictadura masificó a escala nacional.
Ahí está la gran mentira peronista: instalar que todo empezó con Videla para borrar que antes hubo un proceso de persecución, depuración ideológica, violencia paraestatal y habilitación represiva incubado bajo su propio gobierno. La dictadura militar llevó el terror a su versión industrial, clandestina y sistemática. Pero no lo inventó de la nada. Recibió un terreno preparado, un enemigo ya definido y una parte del aparato ya aceitado.
Por eso, si de verdad se quiere memoria completa, hay que animarse a decir lo que durante años se maquilló por conveniencia partidaria: el 24 de marzo de 1976 no fue un rayo en cielo sereno. Fue la consumación de una deriva autoritaria que el peronismo ayudó a incubar, justificar y desatar. Nunca Más también debería significar eso: nunca más al culto político que fabrica monstruos, los ampara y después pretende lavarse las manos cuando el monstruo termina devorándose al país.



