
Una fría madrugada del 12 de agosto de 1963, el Museo Histórico Nacional de Parque Lezama guardaba, como siempre, el arma más emblemática de la Argentina: el sable corvo de José de San Martín. Un símbolo de la independencia, legado al gobernador Juan Manuel de Rosas y donado al museo a fines del siglo XIX. Pero esa noche, cuatro jóvenes —Osvaldo Agosto, Manuel Gallardo, Aristides Bonaldi y Luis Sansoulet—, todos militantes de la Juventud Peronista, pusieron en marcha un plan que marcaría para siempre la historia política argentina.

La escena fue de película: neutralizaron al sereno, desactivaron la alarma y forzaron la vitrina. No dejaron huellas, pero sí un mensaje claro: el peronismo, proscripto y golpeado tras años de dictaduras, quería desafiar al poder con un golpe simbólico que humillara al régimen militar y levantara el ánimo de sus bases. El sueño de los militantes era llevarle el sable a Perón en Madrid, como bandera de resistencia.
Sin embargo, la realidad fue menos épica. Las detenciones, la represión policial y la imposibilidad de sacar la pieza del país truncaron la “gesta”. El sable fue escondido en casas seguras de Buenos Aires y, tras negociaciones y temores de que el daño fuera mayor, terminó siendo devuelto al Ejército en silencio. Ni pueblo, ni exilio: el símbolo volvió a una vitrina oficial.

Pero la historia tenía otro capítulo: en 1965, la Juventud Peronista lo robó otra vez, en un intento casi desesperado de dejar marca. Nuevamente, tras meses de ocultamiento y presión política, el sable fue devuelto. Desde entonces, permanece bajo extrema vigilancia en el Regimiento de Granaderos a Caballo, y desde 2015, por ley, volvió al Museo Histórico Nacional.
Hoy, el sable corvo sigue en exhibición. Su recorrido muestra algo claro: los símbolos patrios no están libres de disputas, ni de ser apropiados como trofeo o bandera, según los vientos de la política. Detrás de cada vitrina, hay una historia de poder, pasión y apropiación.






