domingo, junio 28, 2026
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El día que la Juventud Peronista robó el sable de San Martín

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Una fría madrugada del 12 de agosto de 1963, el Museo Histórico Nacional de Parque Lezama guardaba, como siempre, el arma más emblemática de la Argentina: el sable corvo de José de San Martín. Un símbolo de la independencia, legado al gobernador Juan Manuel de Rosas y donado al museo a fines del siglo XIX. Pero esa noche, cuatro jóvenes —Osvaldo Agosto, Manuel Gallardo, Aristides Bonaldi y Luis Sansoulet—, todos militantes de la Juventud Peronista, pusieron en marcha un plan que marcaría para siempre la historia política argentina.

Museo Histórico Nacional de Parque Lezama

La escena fue de película: neutralizaron al sereno, desactivaron la alarma y forzaron la vitrina. No dejaron huellas, pero sí un mensaje claro: el peronismo, proscripto y golpeado tras años de dictaduras, quería desafiar al poder con un golpe simbólico que humillara al régimen militar y levantara el ánimo de sus bases. El sueño de los militantes era llevarle el sable a Perón en Madrid, como bandera de resistencia.

Sin embargo, la realidad fue menos épica. Las detenciones, la represión policial y la imposibilidad de sacar la pieza del país truncaron la “gesta”. El sable fue escondido en casas seguras de Buenos Aires y, tras negociaciones y temores de que el daño fuera mayor, terminó siendo devuelto al Ejército en silencio. Ni pueblo, ni exilio: el símbolo volvió a una vitrina oficial.

Pero la historia tenía otro capítulo: en 1965, la Juventud Peronista lo robó otra vez, en un intento casi desesperado de dejar marca. Nuevamente, tras meses de ocultamiento y presión política, el sable fue devuelto. Desde entonces, permanece bajo extrema vigilancia en el Regimiento de Granaderos a Caballo, y desde 2015, por ley, volvió al Museo Histórico Nacional.

Hoy, el sable corvo sigue en exhibición. Su recorrido muestra algo claro: los símbolos patrios no están libres de disputas, ni de ser apropiados como trofeo o bandera, según los vientos de la política. Detrás de cada vitrina, hay una historia de poder, pasión y apropiación.

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