
Antes de ser un símbolo nacional, el mate ya era parte de una cultura mucho más antigua. Los pueblos guaraníes, en las selvas del Paraná, lo usaban como ritual de unión y ofrenda espiritual mucho antes de la llegada de los españoles. Masticaban o infusionaban las hojas de Ilex paraguariensis, creyendo que purificaban el cuerpo y fortalecían el espíritu. Las primeras crónicas del siglo XVI lo registran con asombro: los conquistadores lo adoptaron rápido y los jesuitas, en el siglo XVII, organizaron su cultivo en las reducciones, convirtiendo la yerba en una de las economías más importantes del sur del continente.

Desde entonces, el mate sobrevivió a prohibiciones coloniales, guerras y modernidad. Acompañó a gauchos, soldados e inmigrantes; se volvió símbolo de amistad y pertenencia. Así que la próxima vez que cebes, pensalo: no solo tomás una infusión. Estás continuando un ritual comunitario que tiene más de 500 años y que, de alguna forma, nos sigue uniendo cada mañana.
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