Nunca sabés cuál va a ser la última.
Ni cuándo.
Ni con qué palabras. Ni con qué silencios.
Porque la vida no avisa.
Está ahí, y la damos por hecho.
Peleamos, reímos, lloramos. Vivimos.
Siempre creyendo que mañana sigue.
El valor del momento no lo entendés… hasta que lo perdés.
Y muchas veces, ni siquiera ahí.
Lo entendés después.
Cuando ya no está.
Cuando se transforma en recuerdo, en pasado.
Cuando lo añorás con el cuerpo entero.
Cuando darías lo que sea por revivirlo, por haberlo disfrutado más, por haber elegido no discutir, por haber estado un poco más.
Duele.
Claro que duele.
Te traspasa el recuerdo de lo que ya no va a volver.
Y queda un agujero existencial.
Uno que también es tuyo.
Pero no estás solo, seguis acompañado.
Porque eso que compartieron —esas miradas, esas muecas, esa forma tan suya de estar en el mundo para vos— sigue ahí.
Adentro tuyo.
Por eso, de algún modo, nunca se termina de ir.
Y eso… también es tuyo.
A veces vuelve en sueños.
Y aparecen otra vez el aroma, las formas, las arrugas, los ojos.
Esa sonrisa torcida que solo vos reconocés.
Entonces entendés que, de alguna manera, sigue vivo.
Que no fue en vano.
Que fue eterno.
Porque estuvo acá por vos.
Y para vos.
Dejarlo ir también es parte del amor.
La despedida es solo un momento.
Pero lo que queda…
Eso que queda adentro tuyo,
sigue vivo y
es eterno.
Dedicado con mucho, mucho amor a quienes tuvimos que aprender a perder a alguien.
Un abrazo desde el alma. David.






