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El tresarroyense que pasó de estudiar ballenas a ayudar a identificar desaparecidos: Luciano Valenzuela

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Luciano Valenzuela se crió en Tres Arroyos y viajó a Estados Unidos para investigar ballenas francas australes. Años después, los mismos análisis que le permitieron estudiar dónde se alimentaban esos animales terminaron aportando pistas sobre el origen de restos humanos. Su recorrido científico lo llevó a colaborar con el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), y en 2026 sumó un nuevo capítulo internacional: un proyecto vinculado a la búsqueda de migrantes desaparecidos en México y Centroamérica.

Luciano Valenzuela: de Tres Arroyos a las ballenas de la Patagonia

Valenzuela estudió Ciencias Biológicas en la Universidad de Buenos Aires y en 2002 se trasladó a Estados Unidos para realizar un doctorado en la Universidad de Utah. Allí investigó a las ballenas francas australes que llegan a Península Valdés y se especializó en una técnica llamada análisis de isótopos estables.

Al estudiar muestras de piel y datos genéticos de las ballenas, observó que madres y descendientes compartían señales químicas semejantes. Esa coincidencia permitió inferir que los animales de una misma línea familiar mantenían áreas de alimentación a lo largo de las generaciones. La técnica revelaba patrones que no podían observarse simplemente siguiendo a los animales en el mar.

Para entonces, nada hacía suponer que ese conocimiento terminaría relacionado con investigaciones judiciales y con familias que buscaban respuestas sobre personas desaparecidas.

Una pista inesperada en un caso que llevaba años sin resolverse

Durante su etapa en Estados Unidos, un investigador convocó a Valenzuela y a su equipo para estudiar restos de una mujer que llevaban aproximadamente cinco años sin identificar. Contaban con materiales como cabellos, dientes y huesos, pero las búsquedas anteriores no habían permitido establecer quién era.

Mediante el análisis de distintos isótopos, los científicos pudieron reconstruir pistas sobre los lugares donde había vivido de niña y sobre sus desplazamientos durante sus dos últimos años de vida. Esa información ayudó a reducir considerablemente el universo de búsqueda. Finalmente se logró identificar a la mujer y su familia pudo recuperar los restos, según relató el propio Valenzuela al CONICET.

Fue una demostración concreta de que una herramienta desarrollada para estudiar animales también podía ser útil en ciencias forenses. Sin embargo, el análisis químico no identificó por sí solo a la persona: proporcionó información para orientar la investigación.

Cómo pueden los dientes y el pelo contar dónde vivió alguien

Los isótopos son variantes de un mismo elemento químico, como el oxígeno, el carbono o el nitrógeno. Sus proporciones pueden variar de una región a otra y también según la alimentación. Parte de esas señales queda incorporada en los tejidos del cuerpo a través del agua y los alimentos consumidos.

Los dientes conservan información de la época en que se formaron, por lo que pueden aportar indicios sobre la infancia. Los huesos permiten estudiar períodos posteriores, mientras que el cabello y las uñas pueden ofrecer pistas sobre etapas más recientes. Para interpretar los resultados, los investigadores necesitan compararlos con mapas y muestras de referencia de distintas regiones.

Eso no equivale a descubrir un domicilio exacto ni reemplaza una prueba de ADN. Es una manera de acotar posibilidades: si ciertos restos presentan señales compatibles con una región, los equipos forenses pueden concentrar allí parte de sus averiguaciones y contrastarlas con otras evidencias.

Regresó a la Argentina y eligió trabajar cerca de su ciudad

En 2013 Valenzuela regresó al país después de once años en Estados Unidos y se incorporó al Laboratorio de Ecología Evolutiva Humana de la Universidad Nacional del Centro, en Quequén. En una entrevista publicada por El Periodista de Tres Arroyos en 2020 explicó que, entre los motivos para elegir ese destino, estaban la cercanía con gran parte de su familia en Tres Arroyos, su vínculo con el mar y la posibilidad de trabajar en un equipo de investigación pequeño.

Desde esa sede desarrolló aplicaciones de los isótopos estables para la antropología forense y comenzó a colaborar con el EAAF en el análisis de restos de personas no identificadas. El trabajo incluye producir referencias geográficas que permitan interpretar de manera más precisa las señales químicas encontradas en los tejidos.

El nuevo capítulo de 2026: la búsqueda de desaparecidos en México

El 26 de mayo de 2026, el EAAF difundió una capacitación impartida junto a Valenzuela para familiares, organizaciones y periodistas de México, Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Honduras y Ecuador. El objetivo fue explicar cómo el estudio de isótopos estables puede ayudar a establecer posibles regiones de nacimiento o residencia de personas fallecidas sin identificar.

En junio, una investigación de El País detalló que esta metodología formaría parte de un proyecto previsto para los siguientes tres años en México y Centroamérica, especialmente vinculado a personas migrantes desaparecidas. Valenzuela tendría a su cargo los análisis científicos desde el laboratorio de la Universidad Nacional del Centro, mientras que la iniciativa buscaría reunir muestras de referencia para comparar los resultados.

La búsqueda de una persona desaparecida necesita muchas piezas: testimonios, archivos, datos genéticos y trabajo forense. Los isótopos aportan una pista adicional. Lo singular de la trayectoria de Luciano Valenzuela es que esa pista surgió del mismo conocimiento científico que alguna vez utilizó para seguir las huellas invisibles de las ballenas.

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