viernes, abril 17, 2026

“Mañana tiroteo”: el reto viral es la excusa, el verdadero desastre ya estaba adentro

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Hay una tentación bastante cómoda en todo esto: echarle la culpa a TikTok, a un “challenge”, a una moda idiota de internet, y seguir. Sería tranquilizador. También sería falso, o por lo menos insuficiente. Lo que está pasando en Buenos Aires, y que ya tuvo eco en Tres Arroyos, no puede leerse solo como un juego macabro de adolescentes. Sí: se investiga si parte de estas amenazas replicadas en escuelas del país responden a una lógica viral o imitativa. Pero lo que ya está confirmado es otra cosa: aparecieron mensajes de tiroteos en distintos colegios, se activaron protocolos y las autoridades lo están tratando como una amenaza grave. En Tres Arroyos, eso ya ocurrió en la Técnica Nº1 y en la Secundaria Nº6.

El error sería pensar que el problema nació en una pared escrita con fibrón.

No nació ahí. Esa frase es apenas el síntoma visible de algo que venía pudriéndose hace rato. Porque para que un “reto” de este tipo prenda, antes tiene que haber un terreno preparado: chicos acostumbrados a consumir violencia como entretenimiento, escuelas debilitadas, adultos corridos, autoridad desgastada, redes sociales que convierten el espanto en lenguaje, y un Estado que casi siempre llega después del susto. La amenaza viral no crea de la nada ese clima. Lo aprovecha.

Además, hay un contexto demasiado cercano como para mirar para otro lado. El 30 de marzo, en San Cristóbal, Santa Fe, un alumno de 15 años entró armado a la Escuela Mariano Moreno, mató a Ian Cabrera, de 13, e hirió a otros ocho estudiantes. Después de eso, distintos medios y especialistas empezaron a hablar explícitamente del “efecto contagio” que puede dispararse cuando un hecho extremo se vuelve centro de conversación pública y circulación digital. Eso no significa que toda amenaza sea un ataque inminente, pero sí que ya no se la puede leer como una simple pavada escolar.

Ahí está el punto: no estamos frente a una travesura nueva, sino frente a una forma nueva de expresar una crisis vieja.

En Buenos Aires aparecieron amenazas en colegios de CABA, La Plata, Ensenada y Mar del Plata, entre otros puntos. En Mar del Plata incluso ya se informó que uno de los autores fue identificado. El patrón se repite: mensajes intimidatorios, miedo en las familias, protocolos activados, denuncia judicial, y una sensación de fragilidad que crece porque nadie sabe del todo dónde termina la copia y dónde empieza el riesgo real.

Pero en Tres Arroyos este tema tampoco cae sobre una sociedad sana a la que de pronto “le entró” una amenaza desde afuera. Cae sobre una ciudad que ya viene viendo peleas escolares viralizadas, conflictos juveniles, causas penales con menores, consumos problemáticos y respuestas fragmentadas. Entonces la pregunta no es solo por qué apareció una amenaza. La pregunta seria es por qué encuentra un clima donde resulta verosímil.

Porque cuando en una comunidad ya hubo escenas de violencia escolar, cuando los pibes circulan entre la escuela, la calle, el consumo y el expediente, cuando el debate público oscila entre negar todo o pedir mano dura para todo, y cuando no existe un trabajo sostenido para detectar trayectorias rotas antes del hecho grave, lo raro no es que aparezca una amenaza. Lo raro sería que no apareciera nunca.

Eso también obliga a salir de otra comodidad: la de creer que esto se resuelve con patrulleros en la puerta. Claro que hace falta intervenir, denunciar, identificar responsables y activar protocolos. Pero si todo termina ahí, el problema vuelve. Con otro mensaje, otra escuela, otro grupo de WhatsApp, otro video, otra pintada.

Porque el problema de fondo es más feo y más profundo: una parte de nuestros chicos está creciendo en una cultura donde asustar da visibilidad, donde filmar vale más que frenar, donde el límite moral se negocia en tiempo real, y donde demasiados adultos ya no ordenan, no contienen o directamente no aparecen. Después nos espantamos cuando esa lógica entra al aula, como si el aula estuviera aislada del resto de la sociedad.

No lo está.

Las escuelas no son una burbuja. Son una superficie donde explota lo que la familia no pudo sostener, lo que el Estado no pudo prevenir, lo que el barrio no pudo contener y lo que la época no deja de empujar. La amenaza de tiroteo es, en ese sentido, un mensaje brutal: nos está diciendo que el lenguaje del terror ya se volvió imaginable para chicos que todavía deberían estar discutiendo otra cosa.

Por eso discutir si esto es “reto viral sí o no” es quedarse corto. Aunque haya un componente de desafío imitativo, lo importante no es la plataforma sino la base sobre la que cae. Si mañana desapareciera ese reto, seguiría quedando el mismo fondo: violencia naturalizada, consumo sin abordaje integral, fragilidad escolar, desborde familiar, prevención tardía y dirigentes que muchas veces reaccionan más rápido al impacto mediático que al deterioro real.

Y entonces la conclusión incomoda.

No, el verdadero problema no es internet.

Internet fue el fósforo.

La humedad ya estaba en las paredes.

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