No te culpo. En algún momento casi todos caímos en alguna doctrina falsa. Por fe, por necesidad, por ingenuidad, por hipocresía o por una mezcla de todo eso. Anda a saber.
Pero hay un punto básico que no cambia jamás: vibres o no vibres, creas o no creas, si te metés abajo del agua te mojás. Punto. La realidad no negocia con tus creencias.
¿Y por qué te lo digo? Porque si sos de los que dicen “yo noticias no leo”, “la política no me interesa”, “me hace mal enterarme”, dejame decírtelo claro: lo que te hace mal no es saber. Lo que te hace mal es exponerte a agua contaminada. Lo que te hace mal es ir al hospital y que no haya ni papel para limpiarte el culo. Lo que te hace mal es mandar a tus hijos a una escuela pública y que pasen frío en invierno. Pero, en esencia, lo que te hace mal es creer que si no te enterás, si no te implicás, si no sabés, estás bien.
Aunque vivas en una nube de pedos, aunque te armes una vida mental donde todo se resuelve con energía, decretos y vibra alta, la ecuación sigue siendo simple: si te enfermás por estar expuesto a algo que te destruye, te morís. Lo quieras ver o no. Lo quieras creer o no.
Así que no, no debe ser casualidad que estés leyendo esto. Y te agrego algo más: ¿te estás cagando de hambre? ¿No llegás a fin de mes? ¿Pensás que eso te pasa porque estás creyendo mal? ¿Porque no vibrás lo suficiente? Si fuera tan fácil como “creer” o “vibrar”, seríamos todos millonarios, todos gozaríamos de salud, sería un mundo ideal. ¿No creés?
Toda esta fábrica de estupidez fue hecha a medida de los que se benefician de que no te impliques en nada. De que seas un panzón haragán, anestesiado, incapaz de sostener la atención más de tres minutos, condenado a consumir videítos pelotudos que te den dopamina instantánea mientras el mundo real se incendia.
Entonces te hacen creer que, encerrado en una habitación “zen”, aromatizada con Poet del Bosque, repitiendo frases lindas y concentrándote en lo bien que querés estar, tu vida va a mejorar sola.
Y no.
De esa manera no te volvés mejor: te volvés más estúpido. Más blando. Más inútil. Más dependiente. Más incapaz de entender el mundo que te rodea. Entrás de lleno en la era de la estupidez más obscena que hayamos vivido: una época de tipos que confunden paz con evasión, espiritualidad con cobardía y bienestar con mirar para otro lado.
Creés que estás haciendo algo por tu realidad, pero no hacés nada. Y cuando seguís siendo pobre, cuando te alcanza una enfermedad, cuando te golpea un mal que podrías haber evitado organizándote, peleando o exigiendo, ya es tarde. Porque, en vez de actuar, te dedicaste a consumir dopamina de escape. Te sentaste a mirar el amanecer mientras alrededor tuyo todo era un infierno.
Te trato de inútil. Porque mientras vos no sos capaz de implicarte, de organizarte, de aliarte, de apoyar a los buenos, los malos ya se organizaron. Al menos, lo suficiente como para gobernarte.
Y te hablo de malos de verdad: malas personas, incompetentes o ambas cosas al mismo tiempo.
Pero vos seguís en la tuya, porque esta idea del new age arrastró otras ideologías: trabajá para vos, vos podés, mejorá tu físico, viajá todo lo que puedas, hacé tu negocito. Viví en tu microclima. En “proteger tu energía”. Siempre ocupado en vos, pero nunca implicado en el único poder de cambio real que tenemos como especie: la unión de las partes para forjar una realidad distinta.
Porque mientras vos no lo hagas, otro la va a forjar por vos.
No: no estás creyendo mal. No estás vibrando mal. Y tampoco está mal meditar.
Lo que te está empujando al declive es otra cosa: tu falta de compromiso con el hacer. Con moverte. Con dejar de esperar que todo lo haga otro.



