Con la voz templada de emoción y casi un lagrimón saliendo de sus ojos, el rey tomó el micrófono frente a la multitud reunida en la plaza iluminada por las nuevas luces LED navideñas. En su mano izquierda sostenía una carpeta impecable, supuestamente cargada de cifras, que él mismo aseguró haber trabajado mucho… aunque todos sabían que las estadísticas no eran su fuerte.
«Queridos vecinos y vecinas,» comenzó, haciendo una pausa estratégica, «llegamos al final de un año lleno de desafíos muy difíciles y, sobre todo, de alegría. Porque esto no se mide en números, se mide en emociones.»
Los aplaudidores (que siempre llevaba a sus actos) estallaron en aplausos, seguidos por la multitud, algunos por costumbre, otros por confusión, y unos pocos porque los demás aplaudían. Aprovechando el impulso, el rey desplegó su balance del año.
«Este año logramos un 300% más de felicidad comunitaria. ¿Y cómo lo sabemos? Porque lo sentimos, en las calles, en las caras de los vecinos, en los niños y, sobre todo, en el alma.»
Mientras hablaba, señaló una de sus hojas donde habia una gráfica con una línea ascendente y un título que decía: «Índice de abrazos y aplausos en la gestión 2024.»
«No importa cuánto cueste, lo que importa es cuánto la queremos,» continuó, refiriéndose al presupuesto destinado a las celebraciones y recreación, que había superado con creces el de cualquier obra pública del año. Luego, ojeando sus apuntes, con voz solemne, enumeró sus logros más destacados:
«Este año estreché manos con 1.237 vecinos.»
«Recibí un total de 1.045 aplausos espontáneos.» (En este punto, los aplaudidores aplaudieron nuevamente, por las dudas).
«Fui abrazado por 284 niños y 37 adultos mayores.»
La multitud, cada vez más perpleja, seguía escuchando. Algunos se miraban entre ellos, preguntándose si aquello era real; otros, emocionados, lo observaban con admiración. Mientras tanto, el rey prosiguió con fervor:
«Todavía falta mucho por mejorar,» dijo. «Podemos no tener las calles perfectas o resolver todos los problemas, o que existan otras carencias. Pero lo que sí tenemos es el espíritu comunitario más fuerte que el mismo espíritu navideño. Y eso, amigos míos, no se mide ni en caños rotos, ni en metros cúbicos, ni en números: se mide en corazones unidos.»
Con esta declaración, cerró su discurso en medio de un aplauso que, aunque no fue masivo, bastó para que el rey subiera nuevamente al podio y exclamara:
«¡Este es un momento histórico para nuestra comunidad! Juntos, hemos alcanzado el 120% de amor fraternal, el 80% de empatía vecinal y el 99% de espíritu navideño.»
Un periodista del medio exclusivo que cubría el evento aprovechó para leer una de sus preguntas:
«Majestad, felicitaciones por un año de logros tan emocionantes. ¿Cómo logra mantenerse tan conectado con el alma del pueblo?»
Con una sonrisa ensayada, el rey respondió:
«Es simple: escucho a mi gente. Este año realicé más de 20 reuniones vecinales, y aunque no todos pudieron hablar, yo los sentí en el alma. Es importante entender que la conexión no está en las palabras, sino en las vibras. Y las vibras no se miden, se sienten.»
El periodista, visiblemente conmovido, asintió antes de preguntar:
«¿Es cierto que las vibras positivas de su gestión han elevado la moral hasta niveles nunca antes vistos?»
El rey, sin dudar, respondió:
«Exactamente. Este es el verdadero progreso invisible. Puede que no tengamos estadísticas exactas, pero tenemos abrazos, y eso, queridos vecinos, vale más que cualquier número.»
Mientras la transmisión terminaba, el periodista se dirigió al equipo técnico:
«¿Quedó todo bien? Hice una gran pregunta,» afirmó, con evidente satisfacción.
Cuando las luces navideñas comenzaron a apagarse, el rey, saludando con entusiasmo, se dirigió al carruaje oficial, que en realidad estaba destinado para los necesitados, pero él lo usaba cuando quería. En su camino, un bache mal iluminado lo hizo tropezar, aterrizando justo frente a un vecino que, entre risas, comentó:
«Al menos ahora sabemos cuántas veces lo abrazaron este año.»



