lunes, junio 8, 2026
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La verdad al descubierto

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David Niztzschmamn
David Niztzschmamnhttps://eltresarroyense.com/category/autores/david-niztzschmamn/
Un alma sensible, de lágrima fácil y risa rápida. Prefiero morir en el intento antes que morir por no intentarlo. Con la valentía suficiente para jugársela a pesar de los miedos. Acepto la verdad aunque duela, porque sé que el dolor es pasajero, pero la verdad es eterna. Nacido en la ciudad del Fernet, adoptado por la ciudad del tango y sus conurbanos. De paseo por el país del chile picante y las playas paradisíacas, ahora atraído por un magnetismo inexplicable hacia Tres Arroyos. Padre, padrastro, compañero y amigo. Pero, ante todo, humano. Porque al final, la verdad siempre pesa menos que el miedo.

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Capitulo 1 – cuarta parte. Final

Mientras papá me miraba con esa cara que pone cuando se enoja por algo, el pelado —digo, el doctor— me dio unas pastillas que, como por arte de magia, me aliviaron enseguida. Después, me dijo que si empezaba a comer bien y tomamaba mucha agua, Papá Noel seguro me traería el regalo que había pedido.

No entendí mucho eso de “comer bien”, porque, en mi opinión, ¡ya comía de todo y eso estaba bien! Cuando salimos del consultorio, papá, siempre en broma, le dijo: “Chau, pelado, ¡que Papá Noel te traiga unos pelos!” Y el doctor le respondió con un chiste sobre la nariz de papá, porque tiene una bastante llamativa.

Mientras papá me daba su sermón de que no tenía que comer tantas porquerías, me puse a pensar en algo importante: el doctor también me había confirmado que Papá Noel existe. La verdad es que ya tenía un montón de pruebas. ¡Claro que sí! La policía, el doctor, la seño Beatriz del colegio, otros chicos, mi abuela, mi mamá, mi papá… Miles de pruebas que le cerraban la bocota al esquelético y tonto de René.

Entre los preparativos para la noche y el calor sofocante de casi 50 grados, el día se pasó volando, y no pude ver a mis amigos hasta que cayó la tarde. Ya teníamos todo listo cuando sonó el timbre: eran mis amigos que venían a buscarme para jugar. Miré a papá, y él me dio permiso, pero con sus recomendaciones de siempre: que me cuide la panza, que no me aleje mucho porque en Navidad andaba todo el mundo medio loco, y que volviera a tiempo para la cena.

Primero jugamos a las escondidas, y era lo mejor, porque había mil lugares donde esconderse. A René siempre lo encontrábamos primero, ya que, por ser tan flaco y alto, se lo veía desde lejos. El problema era Carla, que era una experta en el escondite: desaparecía y después no volvía a aparecer porque no salía aunque la llamáramos, para no perder.

Después, jugamos al quemado. Es un juego donde tenés que pegarles con la pelota a los del otro equipo para dejarlos afuera, y el equipo que se queda sin jugadores pierde. René era buenísimo para lanzar pelotazos; una vez me dio uno que me dolió todo el día. Siempre eliminábamos primero a las chicas, que casi ni se preocupaban por esquivar la pelota porque decían que era un juego de tontos, aunque jugaban igual.

Más tarde, jugamos a la mancha. Daniel era un crack en eso porque, al ser bajito, corría rapidísimo. Después jugamos a mil cosas más, aunque ya ni me acuerdo de todas, hasta que terminamos agotados. Al final, nos sentamos en la puerta de la casa de Marino, que siempre se quejaba de que nos sentáramos ahí, aunque luego salía con jugo para todos.

Nos reíamos a lo grande. Decíamos que René era un palo vestido, que Carla no podía pronunciar las “erres”, bromeábamos con lo bajito que era Dani y con lo chicato que era Felipe, el dueño de la pelota. A mí también me gastaban con algunas cosas, pero no las cuento para que no se rían ustedes. Todos estábamos de muy buen humor, con la Navidad y el tema de los regalos, así que nadie se enojaba por nada.

Justo cuando Felipe empezó a contar que le había pedido a Papá Noel un avión a control remoto —los padres de Felipe tenían mucha plata—, vino Marino con el jugo, y escuché que René dijo: “Papá Noel no existe”. Ahí sí que me enojé, porque ya era suficiente; siempre buscando problemas y repitiendo que Papá Noel no existía.

Entonces le dije: —Decís cualquier cosa porque Papá Noel no te trajo lo que querías el año pasado.
Él me respondió: —Papá Noel no existe y punto, es un invento de los grandes.
Yo le retruqué: —Mi papá, mi abuela, la seño, el doctor, la televisión y un montón de gente dice que existe.
—Sos un nene bobo —me dijo entonces.
A lo que respondí: —Bobo sos vos, hasta el botón de tu papá dice que existe.
—¿Cómo le dijiste a mi papá?
—Botón —le dije, y sali corriendo mientras gritaba “¡Botón!”
René pegaba fuerte, pero corría lento.

Llegué corriendo a casa mucho antes que René y fui hasta el fondo, donde papá ya había terminado el asado y estaba «Flacura», el papá de René. Aproveché y, antes de que él llegara, lo acusé diciendo que me quería pegar. Justo cuando terminé de hablar, escuché a René gritar desde la puerta que yo le había dicho «botón». Papá me miró con esa cara de cómplice pero también como si estuviera enojado, y me dijo que eso estaba muy mal.

Entonces le expliqué que René andaba diciendo a todo el mundo que Papá Noel no existía, y que, si seguía diciendo eso, le iba a dar un buen sopapo. Dije lo del sopapo porque, con los grandes presentes, sabía que René no se iba a animar a pegarme. Pero cuando él escuchó eso, vino corriendo dispuesto a golpearme, aunque por suerte «Flacura» lo agarró a tiempo.

—Ya basta! —le dijo «Flacura» con firmeza—. Te sentás ahí y te quedás tranquilo. René se sentó, enfurruñado.

Papá me miró y me dijo que no arruinara la Navidad con mis enojos. Entonces le pregunté:

—¿Papá, existe Papá Noel?

—Sí, hijito —me respondió con una sonrisa y me puso una silla para que me siente a comer.

Comí poco porque todavía no estaba del todo bien de la panza. Durante la cena, terminé amigándome de nuevo con René, porque al final es mi amigo, y creo que eso es lo que cuenta. Me contó su fantaseosa historia sobre cómo un día había descubierto a «Flacura» —su papá— poniendo los regalos en el arbolito. Escuché todo con atención, pero no le creí nada, porque René siempre inventa cosas para hacerse ver.

De postre había helado, y como no había de crema del cielo y no me dejaban comer para que no me doliera la panza, me enojé un poco y decidí irme a la cama. Aproveché que tenía sueño y, de paso, así la espera por mi regalo se hacia más corta.

Saludé a todos y me fuí a la cama, pero antes de acostarme, eché un último vistazo al arbolito, por si Papá Noel había decidido adelantar sus planes. Pero nada… aún no había señales de él, ni de mi fabuloso camion de bomberos.

Curiosamente, ningún ruido me impidió quedarme dormido casi al instante. Lo último que recuerdo haber pensado fue si podría apagar un incendio de verdad con mi camión de bomberos y que, seguro, sería un gran bombero porque soy muy valiente.

Al abrir los ojos, noté un gran silencio; de vez en cuando se escuchaba algún que otro cohete, pero en casa parecía que ya no había invitados: todas las luces estaban apagadas, y solo las del arbolito de Navidad iluminaban suavemente el ambiente. Salí de mi habitación y fui a despertar a papá para que me prendiera la luz del pasillo para ir al baño, aunque en el fondo lo que quería era ver si Papá Noel ya había pasado por casa.

Cuando llegué a la habitación, papá no estaba en su cama, lo cual me pareció raro. Pasé por la habitación de mi abuela, pero al escuchar sus ronquidos, decidí aventurarme solo hasta el arbolito, ya que había algo de luz y no daba tanto miedo.

Di un paso y escuché un ruido. Lo primero que pensé fue: «¡Ladrones!» Así que fui bien despacito, listo para sorprenderlos y darles un buen golpazo en la cabeza. Al llegar al comedor, vi una sombra y rápidamente me di cuenta de que era papá. Prendí la luz, y ahí estaba él, sosteniendo los regalos en sus manos…

De golpe, pensé en todo: las discusiones con René, el traje de Marino, el Papá Noel del shopping… De pronto, no podía entender cómo todos habían conspirado en semejante mentira. La sociedad, la policía, los médicos, mis amigos, la televisión, mi seño de la escuela, mi abuela, e incluso mi propia madre y mi padre… La lista era interminable, ¡todos eran unos mentirosos!

No pude aguantar y pegué un grito:

—¡¿Papá?! ¿¡Estás poniendo los regalos en el arbolito!?

Mi papá se pegó tal susto que se le cayeron todos los regalos y casi se cae él también.

—Ay, Alex, casi me matás del corazón —dijo, recuperando el equilibrio y recogiendo una caja enorme del suelo—. Tomá, este es el regalito que pediste para Navidad.

En ese instante, me olvidé de todo. Agarré la caja gigante, rompí el papel en mil pedazos, y ahí estaba

¡El camión de bomberos más grande y espectacular que había visto en toda mi vida!


Más sobre el David: Página del autor.


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