Las fiestas de fin de año suelen ser un momento para reflexionar, reunirnos con los afectos y cerrar ciclos. Pero este 2024 nos encuentra en un clima de tensión que va mucho más allá de nuestras preocupaciones personales. Los discursos de nuestros líderes, tanto del oficialismo como de la oposición, parecen estar más enfocados en el enfrentamiento que en buscar soluciones. ¿Cómo podemos encontrar algo de calma en este escenario donde la palabra de nuestros representantes se siente como un campo de batalla?
El discurso de la confrontación
Desde el inicio de su mandato, el presidente Javier Milei se ha manejado con un estilo agresivo y directo, que no deja lugar a la moderación. Palabras como “rata”, “excremento humano” y “zurdo de mierda” ya forman parte de su repertorio habitual. En actos recientes, como el de Parque Lezama, descalificó a la “casta mediática” y alentó a sus seguidores a mantener el tono belicoso.
Este tipo de lenguaje no solo divide, sino que también hace más difícil la construcción de consensos. En un país donde los desafíos cotidianos son suficientes para desgastar a cualquiera, este clima de guerra constante solo suma más peso sobre los hombros de la gente.
El pesimismo como estrategia política
Desde el lado de la oposición, el enfoque es distinto, pero igual de desgastante. Los discursos que remarcan que “todo está mal” son moneda corriente. Unión por la Patria, por ejemplo, calificó al Gobierno de Milei como responsable de un “brutal ajuste que perjudica a los argentinos”. Juan Grabois no se quedó atrás y, con su estilo directo, describió a los seguidores del presidente como “los aplaudidores más boludos de la historia reciente”.
Aunque estas críticas puedan conectar con el descontento social, pocas veces se traducen en propuestas concretas. El pesimismo constante puede parecer efectivo para posicionarse políticamente, pero no aporta nada para construir esperanza o marcar un camino claro hacia adelante.
El impacto de las palabras en la sociedad
Las palabras tienen un peso enorme, y cuando vienen cargadas de violencia o pesimismo, terminan afectando más de lo que creemos. Este discurso constante de conflicto y crisis no solo aumenta la polarización, sino que también deja a la sociedad en un estado de agotamiento emocional.
En lugar de generar confianza o motivar a la gente, muchos mensajes parecen estar diseñados para dividir. Y eso, en un país que ya viene golpeado por la incertidumbre económica y social, es como echarle más leña al fuego.
¿Cómo encontramos la calma?
En medio de tanto ruido, la pregunta es: ¿qué hacemos para no dejarnos arrastrar por esta vorágine? Quizás la respuesta esté en desconectar, al menos por un rato. Apagar el eco de los discursos y enfocarnos en lo cercano, en lo que nos hace bien. Compartir tiempo con los nuestros, volver a las cosas simples, esas que nos recuerdan que hay algo más allá de los enfrentamientos.
También es tiempo de empezar a exigirles a nuestros líderes una comunicación responsable. Si queremos avanzar como sociedad, no podemos permitir que el insulto y el pesimismo sean las herramientas principales del debate público. Las palabras pueden construir o destruir; nuestros representantes deberían elegir mejor cómo las usan.
En estas fiestas, intentemos enfocarnos en lo positivo, en los afectos, en las cosas que realmente importan. Porque si hay algo que nos enseña este momento del año, es que la calma y la unión son posibles, incluso cuando todo parece estar en tormenta.






