Hay días en los que te levantás y sabés que el universo está en tu contra.
Bueno, ese día ni siquiera llegué a levantarme cuando lo comprobé al despertarme gracias a una mosca gigante que decidió que mi oreja era el lugar perfecto para estacionarse. De todos los rincones del infinito universo, un ser de menos de un milímetro eligió justo mi oreja.
¿Un privilegio? ¿Un halago? ¿Una crueldad de la naturaleza?
Luego de esta reflexión filosófica de madrugada y de escuchar el ZZZZHSHHSHHHSHSSSZZ SHSHHSZZZSSSHZZ del zumbido de la mosca una y otra vez, decidí pararme. Más de compromiso que de ganas, claro, porque la urgencia vesical me acosaba desde hacía rato.
Encaminé mis pasos hacia el baño, con la luz apagada porque parecía que estaba amaneciendo y no quería molestar a nadie. El ambiente era raro. Olía raro. Una mezcla entre misterioso y poco habitual, como si el aire estuviera cargado de un presagio que no supe interpretar.
La oscuridad no permitía ver casi nada, pero el zumbido seguía ahí. No, peor: ahora eran muchas moscas. ZZZSHhshhzzzZZZZZ. Lo que parecía una orquesta infernal comenzó a sonar más cerca con cada paso.
A oscuras, pero confiado en territorio bien conocido, avancé con pasos silenciosos, casi como un bailarín de ballet. No, mejor dicho, con la orgullosa destreza de un bailarín de ballet.
Fue entonces cuando, de repente, mi pie derecho se encontró con algo. Una multitud de moscas alborotadas salió disparada en todas direcciones, revelando el misterio con una claridad inconfundible.
Una sensación acolchonada, bizcoza, húmeda. Me detuve. Lo sentí. Lo supe.
Había pisado mier… caca. El olor ya no resultaba raro.
Lo de la destreza del bailarín quedó en el pasado. El olor a mier—bueno, a caca—impregnaba el amanecer mientras, saltando en una pata y maldiciendo entre dientes, intentaba alejarme del desastre saltando con el pie izquierdo para no llenar todo de heces. Fue en ese momento glorioso que, con un salto mal calculado, pise la pata de mi perro.
¡Zaz!
Caí de lleno al piso de espaldas. Pedazos de heces por doquier: mi pata, las paredes, un poco que, milagrosamente, había volado hasta mi frente, y el excremento madre sobre mi espalda…
Y ahí me quedé, entre el olor a caca, el zumbido de las moscas y la mirada reprochante de mi perro, todo al mismo tiempo. Una sinfonía de perfecta armonía con el universo.
«Aquello que piensas, lo atraes», dicen. «El que madruga, Dios lo ayuda». «Pisar caca es de buena suerte».
Mientras pensamientos como «¿Cuándo pensé tanto en caca?», «Más madrugado que esto, imposible» y «¿Quién mierda inventó que pisar caca era de buena suerte?» invadían mi mente, se escuchó un fantástico:
Shhhhhhhhhhh shhhhhhhhhhh…
Esta vez, no eran solo las moscas. Era mi mujer, indicándome que dejara de hacer ruido.
Mientras esperaba que el agua de la ducha se calentara, sentado en el inodoro, rodeado de moscas y con mi perro como único testigo de lo que implica ser humano, mis pensamientos fueron interrumpidos nuevamente:
Ssssshhhhhhhhhhh… Otro fabuloso aviso de mi mujer.
Pensaba en que:
- Si pisar caca es de buena suerte, definitivamente estaba iluminado.
- Madrugar no es lo mío.
- Es increíble cómo todos los elementos de la existencia conviven para hacer que esta vida sea sorprendente cada día.
- Y en que, bueno, era un día de mierda. La mosca —y estoy seguro de que era la original— volvió a posar sobre mi oreja.
Entonces entendí algo profundo: el día era una mierda solo desde mi punto de vista. Desde el punto de vista de la mosca, era un día genial.
Otra vez, mis pensamientos se vieron interrumpidos. Esta vez no fue un shhhhhh sino un grito estruendoso desde la habitación:
«¡PISE MIERDA!»






