Había una vez un pueblo donde el agua era tan especial que decidió ser exclusiva. No estaba para cualquiera, claro. Si tenías suerte, caía del cielo; y cuando lo hacía, solía quedarse atrapada en pequeñas cárceles de tierra: los charcos. Para muchos, estos charcos eran una molestia; para otros, un recurso inesperado. Pero para el rey, eran una oportunidad.
Un día, luego de largas y misteriosas reuniones con sus consejeros, familiares y amigos, el rey convocó al pueblo para un anuncio histórico. Con su mejor sonrisa y un gesto dramático, señaló un enorme charco en una de las puntas del pueblo, cuidadosamente delimitado con cintas rojas y un cartel que decía: “El futuro empieza aquí”.
«Compañeros y compañeras,» empezó, mientras ajustaba su micrófono, «hoy inauguramos la obra más ambiciosa de nuestra gestión: ¡el Gran Charco público!»
La multitud quedó en silencio. Algunos esperaban que fuera una broma, pero la banda real empezó a tocar y los aplausos no tardaron en llegar; es que el rey siempre llevaba a sus propios aplaudidores.
«Este no es solo un charco,» continuó el rey con orgullo. «Es un espacio de encuentro, un símbolo de nuestra grandeza y esfuerzo. Aquí, grandes y chicos podrán disfrutar del agua sin limitaciones. ¡Un charco para todos, menos para los que no entienden su valor!»
Los fotógrafos capturaron el momento en que el rey cortó la cinta con unas tijeras doradas. Los aplaudidores se quedaron estupefactos durante un momento hasta que entendieron que tenían que aplaudir y lo hicieron como de costumbre, con todas sus fuerzas. Durante el acto, uno de los fotógrafos tropezó y cayó al charco, salpicando a varios presentes. El rey, con su sabiduría característica, aplaudió el incidente, llamándolo «el bautismo del charco.»
No pasó mucho tiempo antes de que el Gran Charco público se convirtiera en un lugar icónico. Una vecina llegó con toalla, jabón y shampoo, y explicó: «Hace tiempo que no llueve como antes. Al menos aquí podemos darnos un baño digno.»
Algunos pícaros emprendedores empezaron a embotellar el agua del Gran Charco:
«Es perfecta para lavar los dientes o regar las plantas,» explicaron, mientras ofrecían frasquitos con etiquetas que decían “Agua auténtica del Gran Charco público”. Por supuesto, llevar botellas al Gran Charco estaba prohibido; solo se podían usar las registradas y autorizadas por el palacio real.
En el barrio norte, donde los charcos eran más pequeños pero abundantes, organizaron carreras de patitos de goma.
«Es nuestra versión popular del charco público. Sin burocracia ni discursos,» dijo un vecino mientras colocaba banderines alrededor de un pequeño charquito que había quedado luego de varios días de calor insoportable.
El rey, lejos de ofenderse, anunció en un comunicado oficial en el palacio, frente a sus familiares, amigos y aplaudidores, que el agua del charco ya no sería para el pueblo: sería exportada.
«Es un producto único, reflejo de nuestro esfuerzo comunitario y libre de contaminación, a diferencia de los charquitos del norte,» declaró, mientras posaba para la cámara. Por supuesto que los aplaudidores, aunque algunos eran del norte, aplaudieron… Al fin y al cabo, esa era su tarea.
Al final del día, los vecinos se reunieron junto al Gran Charco público para una celebración improvisada por el rey. Entre charcos y risas, un vecino resumió lo que todos pensaban: «No hay mejor lugar que nuestra ciudad. Aunque, bueno, podríamos tener una canilla que funcione.»
Y así, en el pueblo ahora conocido como el Gran Charco, la vida continuó entre absurdos y carcajadas, mientras el Gran Charco brillaba bajo el sol como un recordatorio de lo que se puede lograr con buena voluntad…






