Antes de que Máxima Zorreguieta soñara con una corona, otro vínculo unió a la Argentina con la realeza holandesa. Fue en 1951, cuando el príncipe Bernardo de Lippe-Biesterfeld, consorte de la reina Juliana y amante de los negocios turbios, aterrizó en Buenos Aires para cortejar a Perón, seducir a Evita y llevarse un contrato millonario. Tres Arroyos fue una de sus paradas. Esta es la historia.
🕴️ Un príncipe con pasado nazi y futuro dudoso
Bernardo no era cualquier noble europeo. Era alemán, proveniente de una familia venida a menos, y con filiación nazi antes de casarse con la reina Juliana. Jugador de alto vuelo en la diplomacia, el comercio y el espionaje empresarial, fue uno de los fundadores del Grupo Bilderberg y de la WWF, pero también fue expulsado del ejército holandés en 1976 por aceptar un millón de dólares en sobornos de Lockheed.

Ese mismo olfato por los negocios lo trajo a la Argentina en abril de 1951. Oficialmente venía a estrechar lazos. Extraoficialmente, venía a cerrar acuerdos millonarios.
💎 Joyas para ella, tren para él
Recibido con honores en el nuevo aeropuerto de Ezeiza, fue agasajado por la pareja presidencial. Visitó la Fundación Eva Perón, asistió a la lectura de La razón de mi vida, y le regaló a Evita joyas y la Gran Cruz de la Casa de Orange. La prensa europea sugirió, sin pruebas, que hubo algo más que protocolo entre ellos. A Perón le dejó un tren con nombre propio: El Líder.

Pero los obsequios no eran gratuitos. Según Norberto Galasso, Bernardo intermedió en la compra de 5.000 pistolas automáticas y 1.500 ametralladoras para “los obreros”, ante un posible nuevo alzamiento militar. Y según el escritor Harry van Wijnen, gestionó un contrato ferroviario de más de 100 millones de dólares, con un soborno de 15 millones al gobierno argentino. Algunos dicen que lo hizo a espaldas del gobierno holandés. Otros, que fue él quien ideó toda la operación.

🐎 De Buenos Aires al campo: su visita a Tres Arroyos
El 22 de abril de 1951, en medio de esa gira, el príncipe Bernardo aterrizó en el aeródromo de Tres Arroyos. Lo recibió un comité local, encabezado por el vecino Juan Verkuyl y autoridades municipales. Su paso incluyó el Colegio Holandés, la Iglesia Reformada, un oficio religioso y una extensa recorrida rural a caballo junto a productores de la zona.

Una foto lo inmortalizó montado en un caballo blanco, rodeado de paisanos criollos. La imagen sintetiza el momento: la realeza europea posando en el campo bonaerense. Fue aplaudido por la colectividad neerlandesa, que lo despidió cantando el “Wilhelmus van Nassau”. Al día siguiente, partió rumbo a Buenos Aires.
🧨 La caída del amigo incómodo
En 1955, tras ser derrocado por la Revolución Libertadora, Perón buscó a Bernardo. Estaba en las Guayanas Holandesas y le mandó un mensaje urgente. Bernardo lo ignoró.
“Ni siquiera me contestó. Este hombre tenía obligaciones conmigo. Cuando fue a la Argentina, lo traté con todos los honores. Esperaba que fuese un caballero por su condición de alemán, pero vi que ni siquiera merecía ser alemán”, dijo Perón. Y remató, sin diplomacia:
“¿Quién es el príncipe Bernardo? ¡Una mierda, como decimos nosotros!”
📌 El dato que nadie cuenta
Además de sus joyas, trenes y armas, Bernardo también tenía sangre argentina. Según estudios genealógicos, descendía de familias alemanas que se instalaron en Buenos Aires en el siglo XIX. Su árbol familiar conecta con apellidos como Halbach, Bonorino y Bolaños, los mismos que integran el linaje de… Máxima Zorreguieta.
Sí: la realeza holandesa volvió a encontrarse con la Argentina, décadas después, con otro matrimonio estratégico.





