Todo empezó con un telegrama bastante poco habitual.
Mauricio Russi se había anotado en el año 2000 como aspirante para viajar a la Antártida. Era meteorólogo, trabajaba en la estación de Tres Arroyos y sabía que existía la posibilidad de pasar un año en alguna de las bases argentinas. Se presentó casi para probar suerte.
Poco después llegó la respuesta: debía presentarse en el Hospital Aeronáutico para una apendicectomía preventiva.
Era la forma bastante contundente de avisarle que había sido seleccionado.
La intervención buscaba reducir el riesgo de una emergencia médica durante la invernada, cuando las condiciones podían hacer imposible una evacuación. Meses más tarde, Russi dejaba Tres Arroyos rumbo a uno de los lugares más aislados del planeta.

De Tres Arroyos a la Antártida
Russi había estudiado en la Escuela Nº16 y luego en la EATA. Allí, durante cuarto año, comenzó su interés por la meteorología. En 1993 realizó durante un año un curso en la Base Aérea Militar Ezeiza y posteriormente pasó a desempeñarse en la estación meteorológica de Tres Arroyos.
En marzo de 2001 llegó a la Base Jubany, situada en la isla 25 de Mayo, dentro de las Shetland del Sur.
Aquella instalación continúa funcionando hoy, aunque desde 2012 lleva otro nombre: Base Carlini. Es una base permanente y una de las principales instalaciones científicas argentinas en la Antártida. Precisamente en 2001, el año en que Russi estuvo allí, se instaló además una estación sismológica permanente mediante cooperación científica con Italia.
Durante la invernada podían quedar apenas 14 personas viviendo en el lugar.

Una medición cada tres horas
El trabajo de Russi era, en esencia, el mismo que realizaba en Tres Arroyos, aunque en un escenario completamente diferente.
Cada tres horas debía observar y registrar temperatura, humedad relativa, presión atmosférica, nubosidad y distintos fenómenos meteorológicos. La información era transmitida después hacia la Base Marambio.
Pero en un grupo tan reducido nadie se limitaba únicamente a su especialidad. Había que ocuparse también del mantenimiento, la electricidad, el abastecimiento de agua, la limpieza y buena parte de las tareas necesarias para que la base siguiera funcionando.
Y afuera estaba la Antártida.
Durante aquel año, Russi recordó haber registrado una temperatura real de 19 grados bajo cero, con sensaciones térmicas que podían rondar los 45 bajo cero.
El viento era una presencia casi permanente.
Según contó años después a El Periodista de Tres Arroyos, lo habitual era convivir con velocidades cercanas a los 80 kilómetros por hora. Pero hubo un día que quedó grabado para siempre.
La ráfaga alcanzó los 208 kilómetros por hora.
El viento sostenido llegó a 150.
Cuando se superaban los 130 kilómetros por hora, explicó, el reglamento directamente impedía salir de los edificios. El problema era que la vida cotidiana no siempre esperaba: si hacía falta buscar víveres o resolver alguna urgencia, alguien tenía que enfrentarse igualmente al exterior.

Cuatro horas de luz y meses sin ver el sol
El frío era solamente una parte de la experiencia.
Durante el invierno, Russi recordaba jornadas con apenas cuatro horas de luz, aproximadamente entre las 11 y las 15. Buena parte del resto del día transcurría entre oscuridad, viento, nubes bajas y un paisaje que podía mantenerse gris durante semanas.
Calculó que durante todo aquel año pudo haber tenido apenas una docena de días completamente despejados.
A cambio, cuando el cielo finalmente se abría aparecía otra Antártida: montañas, enormes glaciares y picos que hacían que prácticamente todos abandonaran por un momento lo que estaban haciendo para salir a fotografiar el paisaje.
Pero el aislamiento terminaba pesando.
Russi lo reconoció sin vueltas: hubo momentos en los que se sintió solo. Justamente en 2001 había llegado Internet a la base y el chat se convirtió en una herramienta fundamental para mantener el contacto con familiares y amigos a miles de kilómetros de distancia.
Las distracciones eran pocas. Televisión, conversaciones entre compañeros o incluso ayudar al único cocinero de la base servían para atravesar las horas.
Los alimentos frescos tampoco formaban parte de la rutina. Los víveres llegaban una vez al año y la alimentación terminaba girando principalmente alrededor de carne, fideos, papa y huevo en polvo.

Terminó queriendo volver
Quizás lo más curioso ocurrió después de completar los 365 días.
Antes de viajar, Russi no comprendía demasiado a quienes habían pasado varias campañas antárticas y querían regresar. Después de vivirlo, terminó pensando exactamente igual que ellos.
Cuando El Periodista lo entrevistó años más tarde, seguía anotado como aspirante para volver.
El silencio, los paisajes y esa sensación de encontrarse prácticamente separado del resto del mundo habían convertido una experiencia extrema en algo que quería repetir.
No encontramos registros públicos posteriores que permitan confirmar si finalmente tuvo una segunda campaña antártica. Aquella misión de 2001, sin embargo, quedó documentada como una historia singular: la de un meteorólogo de Tres Arroyos que durante un año cambió las mediciones de nuestra ciudad por uno de los climas más hostiles del planeta.
La historia reaparece además en una fecha especialmente ligada a la presencia argentina en el continente blanco: este 15 de septiembre se cumplen 50 años de la desaparición del Neptune 2-P-103, avión de la Armada que realizaba una misión glaciológica en la Antártida en 1976 y cuya tripulación perdió la vida. Restos de aquella aeronave fueron encontrados en 2024 y posteriormente identificados.








