Mariano Mores tenía apenas siete años cuando su familia se instaló en Tres Arroyos en 1925. Todavía se llamaba Mariano Alberto Martínez y estaba muy lejos de imaginar que su nombre terminaría ligado para siempre a algunas de las composiciones más famosas del tango argentino.
Fue justamente en Tres Arroyos donde comenzó su relación formal con el piano. Su familia quería que estudiara música —su abuelo era flautista y director de una banda— y hasta compró un piano para que pudiera practicar.
Pero el comienzo fue inesperado.

El profesor que decidió dejar de enseñarle
Mores recordó muchos años después, en una entrevista con La Nación, que tenía dificultades con la clave de fa y prefería salir a jugar a la pelota antes que estudiar solfeo.
Después de algunos meses, su profesor decidió no continuar con las clases. Según el propio Mores, el maestro explicó a la familia que no quería seguir cobrándoles porque consideraba que al chico “no le gustaba la música”. El disgusto fue tal que sus padres terminaron vendiendo el piano.
Otras reconstrucciones biográficas fueron todavía más contundentes. El sitio oficial de Cultura de la Nación señala que aquel maestro lo consideró falto de dotes musicales, mientras que Infobae reconstruyó el episodio indicando que el profesor entendió que el pequeño no tenía talento y desistió de seguir enseñándole.

De aquel fracaso a convertirse en maestro de piano
La historia cambió cuando la familia dejó Tres Arroyos y Mariano volvió a encontrarse con un piano.
Ya en Buenos Aires, escuchó tocar a una joven y consiguió volver a estudiar. Mores contó que se entusiasmó de tal manera que avanzó rápidamente en solfeo y piano. Más tarde cursó estudios formales de música y completó una formación que incluía piano, solfeo y armonía.
El contraste con aquella primera experiencia tresarroyense difícilmente podría ser mayor.
Con los años, Mariano Martínez adoptó el apellido artístico Mores, integró la orquesta de Francisco Canaro y construyó una extensa carrera como pianista, compositor y director de orquesta. Entre sus obras quedaron clásicos como “Cuartito azul”, “Uno”, “Gricel”, “Cafetín de Buenos Aires” y “Taquito militar”.
Así, uno de los músicos más reconocidos del tango argentino tuvo uno de sus primeros tropiezos justamente en Tres Arroyos: acá comenzó a estudiar piano y acá un profesor decidió que no tenía sentido seguir enseñándole.
Décadas después, el diagnóstico había quedado completamente dado vuelta.











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