domingo, junio 28, 2026
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Claromecó: Donde termina la sombrilla, empieza el pueblo

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Claromecó no es un balneario. O al menos, no solamente. Detrás de las sombrillas de enero y los concursos de pesca hay un pueblo de verdad: con historia, con luchas, con contradicciones, con orgullo y con heridas. Un lugar que se arma y desarma todos los años, pero que sigue estando incluso cuando nadie lo ve.

Y quizás por eso haya que contar esta historia. Porque Claromecó no entra en un folleto. Y porque si no la contamos nosotros, la van a seguir contando desde afuera, como si fuera solo una postal de verano.


Las raíces bajo la arena

Claromecó nació formalmente en 1920, cuando los Bellocq donaron tierras para fundar un balneario. Pero mucho antes ya había casas, pescadores, médanos salvajes y relatos. Los primeros veraneantes llegaban en carros desde las estancias cercanas. El mar era más que paisaje: era alimento, sustento, horizonte.

Hubo también inmigrantes daneses —como en buena parte de la región— y hasta un apellido legendario: Gesell. Ernesto, hermano de Carlos, trazó Dunamar en los 40 y lo forestó con pinos y eucaliptos. El otro Claromecó, del otro lado del arroyo.

Christian Madsen

Y están los mitos. Como el de Christian Madsen, un anarquista danés que se tiró de un barco y nadó hasta estas playas en 1921. Vivió décadas frente al mar, rodeado de caballos, perros y libros. Fue pescador, guardavidas, narrador. Eduardo Galeano escribió sobre él. Hoy, un paraje lleva su nombre: El salto de Christian.


Identidad partida: entre la postal y el pueblo

Hay un Claromecó que se muestra y uno que se guarda. El primero aparece en verano: lleno, radiante, ruidoso. Con corvinas, caipirinhas, sombrillas, camiones en la playa y 4×4 circulando por la arena. El otro emerge en invierno: con calles desiertas, vecinos que se conocen por nombre, fogones en el vivero, vermú los domingos y silencio.

Rolando “Toto” Florez en su casita sobre la playa

Para quienes lo habitan todo el año, Claromecó es una forma de vida. Tranquila, sencilla, cercana a la naturaleza. Para quienes vienen, es un descanso, una desconexión. Y entre ambos mundos hay una tensión no dicha. “Claromecó no es solo para el verano”, repiten los locales. Pero a veces parece que sí.


Turismo estacional: un boom que también duele

Durante enero y febrero, el pueblo explota. Las «24 horas de la corvina negra» llenan la costa de lanchas, cañas y luces. Comercios a tope, alquileres imposibles, filas en los supermercados. Todo gira, todo factura. Pero cuando baja la marea turística, la otra economía aparece: la que espera, la que ajusta, la que sobrevive.

El turismo deja ganadores (gastronómicos, hoteleros) y perdedores (vecinos que no consiguen trabajo fijo, o que no pueden pagar los precios inflados). Y todo parece resolverse improvisando: el agua colapsa, los residuos se acumulan, los médanos se desarman.

En 2020, cuando la pandemia obligaba al aislamiento, un grupo de vecinos cortó el acceso al pueblo: “No a los turistas”. Una medida extrema, sí. Pero que reveló algo: el miedo a perder el control sobre la vida cotidiana en nombre del turismo.


La naturaleza: herida pero viva

Claromecó es naturaleza en estado puro: mar, médanos, arroyo, vivero. Pero ese paraíso está en riesgo.

La erosión avanza. El frente costero retrocede. Las tormentas se llevan la arena. El arroyo se desvía, se contamina. Los incendios arrasaron el vivero en 2014 y todavía se ven los claros quemados. Y el Estado aparece tarde o no aparece.

incendio vivero

Un caso paradigmático fue el del eucalipto centenario muerto por fumigaciones ilegales. Una vecina denunció que el glifosato aplicado por un contratista destruyó árboles junto al arroyo. ¿La respuesta? “No tenemos herramientas legales para intervenir”. ¿Entonces cualquiera puede tirar veneno a metros del agua? Parece que sí.

Los grupos ambientalistas como GAPTA denuncian hace años que el municipio no tiene ni plan ni interés. “Nos estamos quedando sin playa, sin vivero, sin agua sana. Y ni siquiera reaccionan”, dijo su presidente en 2017. En 2025, el reclamo sigue igual.


Política y poder: cuando el voto no alcanza

Claromecó depende de Tres Arroyos, aunque esté a 70 kilómetros. Y eso se siente. Durante décadas, los delegados municipales fueron puestos a dedo. Hasta que en 2024, por primera vez, se votó. Ganó Toti Rens, un vecino querido, local. Y duró un año. Renunció “por motivos personales”, pero todo el pueblo sabe que fue presionado.

izq intendente Pablo Garate – Der Toti Rens

Esa renuncia fue un quiebre. ¿De qué sirve votar si no te dejan gobernar? ¿Quién manda realmente en Claromecó? ¿El pueblo o una oficina en Tres Arroyos?

La autonomía municipal es un viejo sueño. Hubo marchas, propuestas, estudios de viabilidad. Algunos lo ven inviable, otros como la única salida. Lo cierto es que el deseo de autogestión sigue vivo. Porque la sensación de ser un pueblo olvidado se respira en cada rincón.


Historias que sostienen el alma

Claromecó también son sus personajes. Como “El Lobo” Mulder, pescador artesanal de toda la vida. De chico salía al mar con su papá sin GPS, sin pronóstico, sin chaleco. Hoy camina la costa con los recuerdos a cuestas, mientras muchos de sus compañeros se fueron o dejaron la pesca por desgaste, por burocracia o por tristeza.

Lobo Mulder

O como los bomberos voluntarios, que pelean incendios sin equipamiento. Los médicos del centro de salud, que hacen lo que pueden con lo que hay. Los docentes que cruzan caminos de tierra para enseñar a los pocos chicos que quedan en las escuelas rurales.

O esa casita sobre pilotes que todavía sobrevive frente al mar. Construida en los años 30, resistió tormentas, olas, funcionarios y urbanistas. Hoy es símbolo de lo que fuimos y lo que podríamos seguir siendo: sencillos, fuertes, con los pies en la arena y la vista en el horizonte.

Y por supuesto, Lito y el faro. El vecino que, en plena guerra de Malvinas, subió al faro más alto del país y armó un sistema casero para interferir comunicaciones británicas. Lo hizo por amor, por patria, por audacia. Nadie le dio bola. Pero lo hizo igual. Y eso, para este pueblo, vale más que mil discursos.


Lo que se sueña, lo que se teme

Claromecó sueña con no tener que elegir entre crecer o seguir siendo pueblo. Con tener un hospital terminado. Con cuidar sus playas como se cuida a un hijo. Con que los jóvenes no se tengan que ir porque no hay alquileres, ni laburo, ni propuestas.

Y teme convertirse en un “nuevo Pinamar”: con torres, countries, y vecinos que no conocen el nombre del que vive al lado.

La apuesta es clara: crecer sí, pero sin perder el alma.


Un pueblo con carne y hueso

Claromecó no es perfecto. Tiene contradicciones, tiene heridas, tiene cicatrices. Pero también tiene algo que muchos lugares ya perdieron: comunidad.

Y eso no se improvisa, ni se compra, ni se alquila en Airbnb.

Por eso vale la pena contar esta historia. Para quienes veranean, para quienes viven, para quienes gobiernan. Para que sepan que este pueblo no es solo una postal. Es memoria, es presente y, sobre todo, es futuro.

Claromecó resiste. Y como suele pasar en los pueblos de verdad, resiste con la cabeza en alto y los pies llenos de arena.

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