En plena década del 60, mientras en Estados Unidos y Europa la computación daba sus primeros pasos, Argentina se convirtió en pionera en América Latina con la llegada de Clementina, la primera computadora científica del continente.
La historia comienza en 1961, cuando el físico Manuel Sadosky, entonces subsecretario de Ciencia y Técnica, gestionó la compra de una computadora Ferranti Mercury para instalarla en el flamante Instituto del Cálculo de la Universidad de Buenos Aires (UBA).
La máquina fue bautizada Clementina por los técnicos británicos que ayudaron a montarla: durante los largos procesos de carga, sonaba una especie de zumbido rítmico que les recordaba la canción popular inglesa “Oh my darling, Clementine”.
💡 ¿Por qué fue tan importante?
Clementina fue un hito en la historia científica argentina. Permitió resolver ecuaciones complejas, modelar estructuras atómicas, analizar sistemas hidráulicos e incluso colaborar en investigaciones astronómicas.
Con ella se entrenaron los primeros programadores y matemáticos del país, y fue clave en la formación de toda una generación de científicos.
Además, gracias a su uso, Argentina fue uno de los primeros países del mundo en usar computación aplicada a la investigación y la educación pública. Un verdadero adelanto para la región.
🔚 Su final (y su legado)
Clementina funcionó hasta 1971, cuando fue reemplazada por computadoras más modernas. Pero su impacto fue enorme: no solo posicionó a la Argentina a la vanguardia regional, sino que dejó una escuela de pensamiento científico y técnico que todavía influye en muchas áreas.
Hoy, su recuerdo vive en la memoria del Instituto del Cálculo de la UBA y en las historias de quienes la vieron operar: una sala gigante, con luces titilando, y un murmullo constante que anunciaba el futuro.





