Santiago López no atacó bancos ni gobiernos, pero igual hackeó el sistema. A los 19 años, desde su casa en Buenos Aires, empezó a buscar vulnerabilidades en sitios web por pura curiosidad. Lo hacía de manera ética, dentro del programa internacional HackerOne, que recompensa a quienes descubren fallas de seguridad antes de que las usen los ciberdelincuentes. En 2019, López se convirtió en el primer hacker del mundo en superar el millón de dólares en recompensas, trabajando para empresas como Twitter, Verizon y Automattic (WordPress).
Autodidacta, sin título universitario, aprendió todo de foros y tutoriales online. Hoy es símbolo de la nueva generación de “hackers blancos”: los que usan su talento para proteger, no para robar. Su historia muestra que el ingenio argentino puede romper fronteras —sin romper la ley.






