
Cada 30 de enero aparecen cintas blancas atadas a las rejas de Santa Felicitas. Las dejan quienes piden “lágrimas” de la joven más bella de la república, convertida en fantasma de Barracas por la imaginación porteña y por una memoria pública que, cuando quiere, confunde datos con deseo.
Lo que pasó
Felicia Antonia Guadalupe Guerrero y Cueto nació en Buenos Aires el 26 de febrero de 1846. Se casó en 1864 con Martín Gregorio de Álzaga, 32 años mayor. Tuvieron dos hijos que no sobrevivieron a la infancia. Felicitas murió el 30 de enero de 1872. Está enterrada en la Recoleta. Todo eso es historia verificable.

La crónica policial es dolorosamente clara: aquel día, en la quinta familiar, un pretendiente rechazado, Enrique Ocampo, le disparó por la espalda. Las versiones sobre su propia muerte difieren: suicidio, o un tercero que lo abatió; incluso los cortejos fúnebres se habrían cruzado en la puerta del cementerio. El expediente se cerró con la hipótesis del suicidio.

Lo que construimos después
Los padres de Felicitas decidieron levantar un templo en el lugar del crimen. La obra se atribuye al arquitecto Ernesto Bunge. Está en Isabel La Católica 520, frente a Plaza Colombia.

Ahí empieza la primera “zona gris”: ¿cuándo abrió? El sitio oficial de turismo de la Ciudad habla de 1875 y destaca el estilo ecléctico con influencia gótica y las esculturas seglares en mármol de Carrara. Una nota clásica de Clarín ubica la apertura “a fines de enero de 1876”. En cambio, una crónica de Infobae fija el 30 de enero de 1879.

Ese desacuerdo no es menor: habla de cómo la ciudad procesa sus íconos. Cuando el calendario baila, la leyenda entra cómoda.
El mito que nos gusta contar
La versión más repetida asegura que desde la década del 30 el espíritu de Felicitas se aparece de blanco y que, cada 30 de enero, vuelve a recorrer su iglesia. El guion incluye campanas que suenan solas, novias que se arrepienten, tragedias y amores rotos. Es literatura urbana, insistente y efectiva.

Otra escena fija del folclore: las cintas o pañuelos en las rejas, esperando una bendición de lágrimas que garantice amores correspondidos. No es nuevo, pero cada aniversario lo revive.
Mito vs. archivo
Hay un mantra turístico según el cual “nadie se casa en Santa Felicitas porque trae mala suerte.” La explicación real es más prosaica: la iglesia no es parroquia y no está autorizada para impartir sacramentos. El propio sacerdote a cargo lo repitió hasta el cansancio.

También conviene decirlo sin anestesia: convertir un femicidio del siglo XIX en postal de “misterio” puede anestesiar la violencia que lo originó. La etiqueta “primer femicidio con registros oficiales” que circula en medios no es un sello de marketing; es una interpelación al presente.
Patrimonio y economía del espanto
Santa Felicitas es, además, una pieza de la ciudad. Bunge proyectó un volumen singular, con vitrales franceses, mármoles y hasta un reloj inglés con carrillón. Las esculturas de seglares en mármol de Carrara siguen siendo un rasgo único en Buenos Aires. Y sí, hay visitas guiadas, todos los domingos por la mañana, que cuentan la historia y el mito con destreza profesional.

El otro costado es más incómodo: el templo es, según viejas crónicas, “la única iglesia propiedad del Gobierno porteño”, y alrededor de la leyenda se construyó un pequeño circuito económico de guías, notas, posteos y souvenirs emocionales. No es pecado; es un dato para pensar qué memoria promovemos.


Lo que elegimos recordar
Felicitas no eligió casarse con Álzaga, sí eligió no casarse con Ocampo. Pagó por esa negativa con la vida. Que su nombre hoy convoque turismo de lo macabro dice más de nosotros que de ella. La ciudad puede cuidar su patrimonio sin convertirlo en parque temático del dolor. Y puede acomodar sus fechas antes de pedirle a un fantasma que nos ordene la conciencia.

Cronología en disputa, para no marearse
- Obra atribuida a Ernesto Bunge; dirección: Isabel La Católica 520.
- Año de construcción/apertura según GCBA: 1875.
- Apertura “a fines de enero de 1876” en la prensa histórica.
- Apertura “30 de enero de 1879” en crónica periodística reciente.
Epílogo necesario
La historia de Felicitas no necesita fantasmas para conmover. Basta con los hechos: una mujer joven, rica, educada, convertida en botín social; un “no” que todavía resuena; una ciudad que al mismo tiempo restaura su templo y alimenta su mito. Si vamos a atar pañuelos, que sea también para atarnos a una responsabilidad mínima: recordar sin distorsionar, y discutir qué hacemos con la violencia cuando no es cuento.
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