sábado, junio 27, 2026
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Si la tiran, Claromecó pierde algo que no se vuelve a construir

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A pedido de vecinos y seguidores de Claromecó que acercaron su preocupación a ElTresArroyense, comenzamos a relevar la situación de la Casa Hurtado, una construcción con valor histórico, cultural y simbólico cuya posible demolición encendió el debate sobre el patrimonio local.

La posible demolición de la Casa Hurtado, en avenida 26 y Costanera, volvió a poner sobre la mesa una discusión que en Tres Arroyos suele llegar tarde: la del valor real del patrimonio. La vivienda fue vendida, sus nuevos propietarios solicitaron permiso de demolición y un grupo de arquitectos autoconvocados salió a plantear que no se trata de una casa cualquiera, sino de una de las construcciones más antiguas y simbólicas de Claromecó.

Y ahí está el punto. El patrimonio no vale solamente cuando genera turismo, cuando queda lindo en una foto o cuando sirve para un folleto. Vale porque conserva la memoria material de una comunidad. La ordenanza local que regula el patrimonio cultural en Tres Arroyos lo define justamente como el conjunto de bienes que, por su dimensión material y simbólica, ayudan a construir la identidad y la memoria colectiva de sus habitantes.

La Casa Hurtado no es un lote más ni un obstáculo para una obra nueva. Según reconstrucciones históricas locales, fue levantada entre 1918 y 1920 en el primer lote vendido por la familia Bellocq y fue una de las primeras, o directamente la primera, construcción de ladrillo y cemento del balneario. Es decir: no habla solo de una familia, habla del nacimiento mismo de Claromecó.

Por eso, cuando una comunidad deja caer estas piezas, no pierde solo una pared vieja: pierde contexto, continuidad y verdad. Pierde un testimonio físico de cómo empezó a formarse su territorio. Después llegan las lamentaciones, las placas, los posteos nostálgicos y las fotos del “antes”. Pero para entonces ya es tarde. Lo demolido no se recupera con discursos. Lo único que queda es la confesión de que no se supo cuidar a tiempo lo que hacía distinta a esa comunidad.

En este caso, además, no se puede decir que se trate de un bien invisible o desconocido. El propio Concejo Deliberante ya había incluido a la casa de la familia Hurtado, en Costanera esquina 26, dentro de una ordenanza de carteles identificatorios de sitios de referencia histórico-cultural en Claromecó. O sea: el valor histórico ya había sido señalado por el Estado.

La discusión de fondo no es si una casa vieja estorba o no al progreso. La discusión de fondo es qué entiende una sociedad por progreso. Porque si desarrollarse significa barrer con todo lo que tiene memoria para reemplazarlo por construcciones sin historia, entonces no hay desarrollo: hay amputación cultural. Un pueblo que demuele sin pensar su patrimonio se vuelve más nuevo, sí, pero también más vacío.

Claromecó no necesita menos identidad. Necesita más inteligencia para defenderla. Y eso exige algo básico: que el patrimonio deje de ser tratado como una rareza romántica y empiece a ser entendido como un bien común. La Casa Hurtado, por su ubicación, su antigüedad y su peso simbólico, merece al menos ese debate antes de que la piqueta resuelva en minutos lo que la historia tardó más de un siglo en construir.

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