El Movimiento Vecinal quiere volver a ser, pero lo único que muestra para volver es al mismo hombre que ya estuvo cuando dejaron de ser.
Y esa es toda la foto. No hay mucho más. Hace unas semanas la pregunta era qué era el Movimiento Vecinal sin Sánchez. Hoy la respuesta no sorprende a nadie, pero vale pasarla en limpio: sin Sánchez, el Movimiento Vecinal no sabe qué mostrar.
Tiene empresarios, concejales de alta gama y zapatos que no se embarran. Tiene veinte años de historia reciente en el poder. Tiene sello. Tiene estructura. Tiene grandes beneficiarios. Tiene nostalgia. Tiene nombres de siempre que se mantienen, otros que se mantienen con un pie de un lado y otro del otro, y a todos los une una misma costumbre: opinar, reunirse, amarse, pelearse, volver a odiarse y seguir esperando.
Pero cuando llega el momento de mostrar volumen político, el recurso es pobre. No hay idea nueva. No hay juventud. No hay proyecto. No hay conducción indiscutible.
Lo único que hay es lo mismo de siempre: Sánchez. Otra vez. Y otra. Y otra. El mismo Sánchez del domingo pasado, la misma foto, el mismo mensaje, la misma sombra sobre un partido que dice mirar al futuro pero que no deja de respirar pasado.
Como si la política fuera una foto vieja que se puede sacar del cajón cada vez que el presente no alcanza.
El viejo recurso
Sánchez aparece un fin de semana. Después otro. Después otro. Con el tono de siempre. Prudente. Medido. Casi como si no estuviera haciendo demasiado. Pero cuando un exintendente que gobernó veinte años aparece cinco fines de semana seguidos en los medios, creer y decir que simplemente está acompañando es para ingenuos. Está marcando. Está probando volumen. Está midiendo reacción. Está recordándoles a los “renovadores” por no llamarlos antisanchistas, que todavía existe.
Y lo más triste para el genuino voto vecinalista es justamente eso: también está mostrando que el Movimiento Vecinal todavía lo necesita. Su supervivencia lo necesita. Acá es donde duele, pero tarde o temprano la verdad sale a flote: sin Sánchez, el Movimiento Vecinal agoniza.
Sánchez puede hablar, recorrer, opinar, sentarse, mirar, tirar frases y dejar que todos interpreten. Está en su derecho. El problema que tienen es otro: alrededor suyo no hay nada.
Entonces vuelven al hombre que ya fue. Al hombre que gobernó. Al hombre que ganó. Al hombre que perdió. Al hombre que se fue. Al hombre que ahora vuelve sin volver. Y ahí aparece la primera contradicción: si lo único nuevo que tenés para mostrar es al viejo jefe, no estás reconstruyendo futuro. Estás administrando ruinas.
¿Dónde está el equipo preparado?
Volver a ser
El slogan era hermoso: “Volver a ser, volver a crecer”. Suena bien. Tiene ritmo. Tiene nostalgia. Tiene promesa. Tiene esa cosa emocional que tanto le gusta a la política cuando no sabe explicar demasiado.
Pero también tiene un problema: ¿volver a ser qué? ¿La foto de Sánchez? ¿El espacio que no pudo ordenar una sucesión después de Sánchez? ¿El sello que se partió cuando Sánchez dejó de ser candidato? ¿La estructura que perdió en 2023 aun con Sánchez respaldando? ¿La fuerza que en 2025 cayó al 15,36%? ¿El vecinalismo que dice mirar al futuro pero cada vez que necesita oxígeno vuelve a buscar aire en el pasado? ¿Hay algo más que Sánchez dentro del vecinalismo?
Porque volver a ser puede sonar épico, pero también suena a confesión. Si necesitás volver a ser, es porque dejaste de ser. Y si necesitás a Sánchez para volver a ser, entonces el problema no es Garate. No es Milei. No es el peronismo. No es La Libertad Avanza. No es la coyuntura nacional.
El problema es que el Movimiento Vecinal todavía no pudo producir una identidad política propia después de Sánchez. Y eso, para un partido que gobernó casi tres décadas, no es un detalle. Es tu condena, vecinalista.
El perro ladró, perdió y sigue ladrando
Como no hay recurso, no hay idea y tampoco hay innovación, la única estrategia vuelve a ser la de siempre: intentar instalar que Sánchez es una amenaza para el oficialismo. Puede ser útil. Puede ordenar algo. Puede mover nostalgia. Algunos sienten el llamado. Otros se incomodan. Pero amenaza, lo que se dice amenaza, parece más una fantasía de la codiciosa mente vecinalista que una realidad política concreta.
No porque lo diga yo. Porque no es secreto de Estado ni ninguna novedad: en 2023 Sánchez estuvo. No fue una foto colgada en un salón. No fue un jubilado mirando desde la casa. No fue un vecino opinando desde la vereda. Estuvo. Apoyó. Puso el cuerpo político. Puso la foto. Puso el apellido. Y el Movimiento Vecinal perdió. Pablo Garate ganó con Unión por la Patria y el vecinalismo quedó tercero. Lo lamento por el dolor que puede generar, pero aceptarlo es verdaderamente crecer.
Entonces cuidado con el discurso de «humo» porque el universo puede ser una ironía cruel a veces.
Ya no alcanza con decir “volvió Sánchez” para que todos tiemblen. Esto no es espiritismo. Es política. No alcanza con invocar el apellido como si el poder pudiera volver por ceremonia, nostalgia o repetición.
El Movimiento Vecinal que muestra a Sánchez en el centro de la escena como si eso fuera reconstrucción todavía no entendió por qué perdió.
Así que lo bajo en limpio y por escrito: lo único que tenían para mostrar era Sánchez. Perdieron. Hoy siguen mostrando a Sánchez. Y si no tienen algo más para ofrecer (desafio para la mentalidad vecinalista) ¿Cual va a ser el resultado?
La comodidad de culpar a Milei
Sánchez dijo que perdieron por el arrastre de Milei. Que se fueron votos hacia La Libertad Avanza. Pudo haber pasado. Pero volvemos a lo mismo: Sánchez estuvo apoyando y el hecho es que no alcanzó. Otra vez aparece la página incorrecta del viejo manual de hacer política: la culpa estuvo afuera, no adentro.
No se renovó el manual. Siguen usando el de las cavernas.
Acá está lo que necesita entender el afiliado vecinalista: Milei no inventó la interna del Movimiento Vecinal. Milei no decidió que el partido no pudiera ordenar una sucesión clara. Milei no obligó al vecinalismo a llegar partido. Milei no borró de un día para otro 28 años de desgaste. Milei no le dijo a la gente que después de tanto tiempo tal vez ya era hora de cambiar.
Eso ya estaba. Eso venía de antes. Eso era propio. La ola nacional puede empujar, pero no explica todo. Y cuando una fuerza política explica todo por afuera, lo que está diciendo es que no tiene coraje para revisar lo de adentro.
Verso. No perdieron solamente por Milei.
Pero el manual lo dice claro: el problema siempre es externo. Siempre otro responsable. Siempre una explicación que deja intacto al propio espejo. Y cuando el manual no aplica, aparece un Movimiento Vecinal que pierde porque no tiene un líder claro y, en vez de trabajar en reconstruir algo distinto, elige otra vez la cómoda: la misma foto que mostró durante veinte años. No la de un partido. La de una persona.
La contradicción libertaria
Acá aparece la parte más absurda. Sánchez dice que La Libertad Avanza le absorbió votos al Movimiento Vecinal, pero al mismo tiempo reconoce que desde La Libertad Avanza lo fueron a buscar. Entonces la escena queda rarísima.
La fuerza que supuestamente se llevó votos del vecinalismo ahora podría ser parte de alguna conversación futura. La fuerza que se presenta como antiperonista mira a un dirigente con vínculos históricos con el universo peronista. Incluso tiene en sus líneas a armadores y dirigentes que vienen del propio vecinalismo. La fuerza que habla contra la casta local, con exvecinalistas adentro, mira a un exintendente que gobernó veinte años y que tuvo puentes políticos con el peronismo territorial. La fuerza que dice representar lo nuevo se acerca a una de las figuras más fuertes del viejo poder municipal.
¿Y nadie va a decir nada?
Porque el problema no es solo Sánchez. El problema también es La Libertad Avanza. Para la tribuna, gritan contra el peronismo. Para el armado, miran a Sánchez. Para la épica, son la motosierra. Para la rosca, buscan al exintendente del vecinalismo que tuvo puentes con Kicillof, con Cuto Moreno y con el peronismo territorial.
No hay coherencia. Hay codicia. Hay necesidad. Y la necesidad suele desnudar más que cualquier discurso.
Pero también desnuda al Movimiento Vecinal. Porque si el vecinalismo necesita coquetear con la antítesis política del mundo que Sánchez representó durante años, entonces la pregunta no es con quién se pueden juntar.
La pregunta es qué carajo son.
¿Son vecinalistas? ¿Son sanchistas? ¿Son opositores a Garate? ¿Son peronistas sin PJ? ¿Son antiperonistas si conviene? ¿Son moderados? ¿Son una plataforma para 2027? ¿Son una nostalgia administrada por dirigentes que no se animan a cortar el cordón?
Porque no se puede ser todo a la vez. O sí. Se puede. Pero eso ya no se llama identidad. Se llama supervivencia.
Y la misma pregunta que ni siquiera parecen haberse hecho puertas adentro: ¿qué carajo es el MV?
La suma que tampoco cierra
Además, hay otro dato incómodo. Incluso si uno juega a la matemática fría, esa matemática tampoco alcanza siempre. En 2025, Fuerza Patria sacó 12.291 votos. La Libertad Avanza sacó 6.975. El Movimiento Vecinal sacó 4.633. Si alguien se entusiasma con la fantasía de juntar MV y LLA, la suma da 11.608.
No alcanza. Queda abajo.
Y eso sin contar lo más obvio: los votos no son fichas de casino. No se agarran, se juntan y se pasan de una mesa a otra. El votante libertario no necesariamente va a acompañar al vecinalismo historicamente peronista. El votante vecinalista no necesariamente va a bancar una alianza con La Libertad Avanza. El votante peronista no garatista no necesariamente va a cruzar una boleta donde aparezca algo libertario. Y el vecino común no necesariamente compra cualquier ensalada solo porque algunos dirigentes necesitan armar contra el oficialismo.
La política tiene límites. La identidad también. Y cuando se rompen demasiados límites al mismo tiempo, lo que aparece no es una construcción. Aparece un rejunte.
Por eso la amenaza es más chica de lo que parece. Porque una cosa es juntar dirigentes. Otra cosa es juntar sentido. Y ahí el Movimiento Vecinal sigue debiendo la explicación más importante.
Ser oposición no es mandar desde afuera
Sánchez gobernó veinte años. Su fuerte fue el poder. La gestión. La lapicera. El Ejecutivo. La centralidad. La rosca desde arriba. La capacidad de ordenar porque todos sabían que él era el que mandaba. Ahora le toca otra cosa: ser oposición.
Y eso no es menor. Porque ser oposición no es lo mismo que haber perdido el poder y seguir hablando como si todavía uno pudiera ordenar todo desde la sombra. Ser oposición exige otra musculatura. Exige construir sin caja. Exige convencer sin aparato. Exige aceptar que la centralidad ya no es propia. Exige escuchar más de lo que se ordena. Exige producir ideas que no dependan de la memoria del poder perdido.
Y ahí está la pregunta: ¿Sánchez sabe ser oposición?
No digo opinar. No digo aparecer. No digo caminar barrios. No digo hablar con medios. Digo ser oposición de verdad. Porque no es lo mismo gobernar durante veinte años que reconstruir desde afuera. No es lo mismo administrar poder que recuperar confianza. No es lo mismo tener intendencia que tener nostalgia.
El Movimiento Vecinal parece creer que la experiencia de Sánchez alcanza para ordenar el futuro. Puede aportar. Puede servir. Puede orientar. Pero si todo depende de él, entonces no está aportando a una reconstrucción. Está ocupando el lugar vacío que nadie más pudo llenar.
Y eso no es liderazgo nuevo. Es dependencia vieja.
El pasado no gobierna dos veces
Hay una imagen que se repite demasiado en la política local: el viejo dirigente vuelve, el viejo apellido reaparece, el viejo armado se mueve, los viejos nombres se miran, los herederos esperan, los nuevos piden permiso, los medios preguntan, la rosca se enciende y todos actúan como si estuviera naciendo algo.
Pero muchas veces no nace nada. Solo vuelve algo que no terminó de morirse.
Eso también pasa. No todo retorno es renacimiento. A veces es síntoma. A veces alguien vuelve porque nadie pudo seguir. A veces el pasado no vuelve por fortaleza. Vuelve porque el presente es débil.
Y eso es lo que parece estar pasando con el Movimiento Vecinal. Sánchez no aparece sobre un partido ordenado. Aparece sobre un partido que todavía no sabe si quiere ser museo, oposición, puente, plataforma, memoria, revancha o refugio. Aparece sobre un espacio que en 2023 perdió con su respaldo y en 2025 se achicó sin su presencia central. Aparece sobre dirigentes que hablan de renovación pero siguen necesitando bendición. Aparece sobre un sello que quiere “volver a crecer”, pero no termina de explicar qué semilla nueva está plantando.
Porque crecer no es repetir. Crecer no es recordar. Crecer no es hacer una gira sentimental con el exintendente. Crecer no es poner una cara conocida donde falta una idea.
Crecer es poder vivir sin el padre político. Y el Movimiento Vecinal todavía no pudo.
Lo que realmente muestra Sánchez
Sánchez no amenaza tanto por lo que puede hacer. Amenaza por lo que revela.
Revela que el Movimiento Vecinal no produjo reemplazo. Revela que la renovación todavía necesita permiso del pasado. Revela que la oposición está tan fragmentada que cualquier figura con volumen parece más grande de lo que es. Revela que La Libertad Avanza local puede hablar contra la casta y al mismo tiempo mirar hacia un exintendente de veinte años. Revela que el antiperonismo local tiene bastante flexibilidad cuando se trata de hacer cuentas. Revela que el vecinalismo todavía no sabe si quiere discutirle a Garate desde una idea nueva o desde una nostalgia vieja.
Y revela algo más profundo: lo único que hoy parece tener para mostrar el Movimiento Vecinal es a Sánchez.
Eso es fuerte. No porque Sánchez no tenga peso. Lo tiene. No porque no haya sido importante. Lo fue. No porque no pueda aportar. Puede. Es fuerte porque un partido que gobernó 28 años debería tener algo más para mostrar que el hombre que simboliza su ciclo anterior.
Debería tener conducción. Debería tener programa. Debería tener lectura del presente. Debería tener una respuesta clara sobre el agua, la obra pública, la educación, la cultura, la producción, la transparencia, la relación con Provincia, la relación con Nación, el Concejo, los barrios y las localidades.
Debería poder decir: esto somos ahora. Esto proponemos. Esto aprendimos. Esto no vamos a repetir. Esto vamos a defender. Esto vamos a cambiar.
Pero no. Por ahora, lo que aparece es Sánchez. Sánchez hablando. Sánchez caminando. Sánchez acompañando. Sánchez explicando. Sánchez ordenando. Sánchez como recurso. Sánchez como sombra. Sánchez como refugio. Sánchez como amenaza. Sánchez como respuesta.
Y cuando una fuerza política usa a una persona como respuesta para todo, en realidad está confesando que no tiene respuesta.
Sánchez puede volver todas las veces que quiera. El problema es que cada vez que vuelve, queda más claro que el Movimiento Vecinal todavía no volvió de sí mismo.







Jaja futuro no hay con el robo actual que lleva a diario el gobierno local. De manejar las redes a bardearlo. Todo tiene su precio pero la verdad la tenemos los q realmente vivimos acá