En 1985, el Lago Epecuén se desbordó y en cuestión de días borró del mapa a uno de los balnearios más famosos de Argentina. Las aguas saladas cubrieron calles, hoteles, termas y más de mil hogares. La tragedia no solo destruyó edificios: sepultó una comunidad entera y forzó a sus habitantes a dejar atrás una vida que parecía irrecuperable.
Durante más de 20 años, Villa Epecuén quedó oculta bajo siete metros de agua, convertida en un recuerdo doloroso. Sin embargo, la naturaleza volvió a sorprender: lentamente, el nivel del lago comenzó a bajar. Las ruinas emergieron como un paisaje fantasmal, donde las paredes cubiertas de sal y los árboles petrificados cuentan una historia de pérdida… y de regreso.
Hoy, Epecuén recibe visitantes de todo el mundo. Algunos llegan atraídos por el turismo histórico, otros por el magnetismo de sus aguas, que aún conservan la concentración salina casi diez veces superior a la del mar, famosa por aliviar dolores y enfermedades de la piel. Lo que para muchos fue un final, para este pueblo fue un nuevo comienzo: la prueba de que las raíces humanas pueden desafiar incluso a la fuerza de la naturaleza.








