jueves, abril 23, 2026

La masacre de Claromecó: la mañana de 1971 en que una madre mató a 3 de sus hijos y el cuarto sobrevivió para contarlo

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El mar estaba ahí, igual que siempre: espuma entrando y saliendo, gurises corriendo por la arena, una pelota que se iba con la correntada y volvía. Una escena de postal familiar en Claromecó… justo antes de romperse para

siempre.

Luis tenía cinco años el día que su mamá asesinó a toda su familia menos a su papá.

Porque el 25 de octubre de 1971, en una casa humilde de la zona del faro, una mujer tomó una carabina calibre .22 y disparó contra sus cuatro hijos. Tres murieron. El cuarto —Luis Godoy, de 5 años— quedó herido, sangrando, pero vivo. Y esa sola diferencia (un nene que no murió) es lo que hizo que esta historia no se cierre nunca.


Una familia “normal”, un balneario sin hospital, y una casa cerca del vivero

La familia Godoy vivía en Claromecó. Era gente humilde. La casa —un dormitorio, cocina-comedor y baño— estaba en un terreno grande, cerca del camping del Automóvil Club y de un vivero; en Claromecó, por entonces, no había hospital.

El padre, Víctor Godoy, tenía 41 años y había levantado la vivienda con sus manos. La madre, Zulema Ortiz, tenía 29 y era correntina; cada vez que paría tenía que ir al Hospital Pirovano, en Tres Arroyos. Los chicos: Lidia Ernestina (1 año y medio), Marcos Alcides (7), Oscar Aníbal (6) y Luis Arturo (5).

Con su padre, que falleció hace tres décadas, siempre sostuvieron la hipótesis de que Zulema creía que iba a morir y no quería dejar a su esposa con la responsabilidad de criar a cuatro hijos

Hasta ahí, nada “extraordinario”: escuela, jardín, playa, mates, vida de temporada. El propio Luis, décadas después, recuerda una infancia feliz y a su mamá como alguien presente, que los tenía “prolijitos”, los llevaba a la playa y a visitar amigos.


La mañana del 25 de octubre: cuándo se quebró todo

Ese lunes, alrededor de las 7 de la mañana, Víctor se fue a trabajar como todos los días. La noche anterior notó que Zulema estaba angustiada, nerviosa, con fiebre y pérdidas; días antes había sufrido un aborto espontáneo (así lo reconstruye el relato periodístico con fuentes de la época).

Zulema ordenó la casa, vistió a los chicos y les preparó la leche. Ese día no los mandó al colegio. En un momento llevó a la beba al dormitorio para cambiarla. Los varones desayunaban en la mesa. Y ahí empezó el grito, el quiebre, la escena imposible.

A partir de ese punto, lo que se sabe coincide en lo esencial: Zulema tomó la carabina que sabía usar (en la familia era común cazar liebres y vizcachas) y disparó primero contra la beba. Después buscó a los otros tres. Oscar recibió un tiro en el corazón. Marcos y Luis intentaron escapar; se escondieron en los médanos, pero su madre los encontró y los llevó al dormitorio. Marcos recibió otro tiro al corazón. A Luis le disparó también: el disparo no lo mató.


El único sobreviviente: un nene herido que salió como pudo

Luis, con 5 años, sangrando, logró abrir la puerta para salir. Afuera había vecinos, pero nadie se animaba a entrar. Se desplomó. En la escena quedó la carabina calibre .22.

Víctor y Zulema junto a dos de sus hijos en las playas de Claromecó. La Justicia habló de “un rapto de enajenación mental” y en el pueblo se decía que ella no soportaba el alcoholismo de su esposo

Lo levantaron en una camilla y lo subieron a la ambulancia municipal. En el traslado aparece un nombre clave: “Chichí” González, amigo de la familia, que participó en el auxilio. Viajaron unos 70 kilómetros hasta el Hospital Pirovano, el mismo donde Luis había nacido.

Luis fue operado durante dos horas: había perdido mucha sangre. Y mientras él peleaba por vivir, empezó el otro infierno: el de la sospecha pública y la investigación.


La investigación y el golpe extra: el padre preso como sospechoso

Víctor Godoy fue el principal sospechoso al comienzo y lo detuvieron e incomunicaron. La casa se llenó de policías y peritos. La hipótesis que circulaba en esa época incluía ideas hoy impensables, como encuadrarlo en un “crimen pasional”.

En Claromecó y Tres Arroyos también pesó un detalle brutal de “azar”: la noche anterior, Víctor había hecho disparos para espantar perros que les comían gallinas, y le quedó pólvora en las manos. Eso empujó la asociación rápida. Luis mismo contó después que su padre estuvo detenido y que la policía lo golpeó; La Voz del Pueblo menciona que el arresto duró más de un mes.

La situación cambió cuando las pericias y testigos confirmaron que el padre estaba trabajando a la hora de los disparos y que la pólvora estaba en las manos de Zulema. Ahí se estableció formalmente que ella fue la autora.


La prensa de 1971: fotos de cadáveres, morbo y una comunidad mirando sin anestesia

Hay un punto que explica por qué el caso “marcó” al balneario: no sólo fue lo ocurrido, sino cómo se contó.

La cobertura de la revista Así

Las coberturas de esos días, según el relevamiento periodístico posterior, incluían fotos explícitas de los cuerpos sin reparos. Se menciona, por ejemplo, una nota de la revista Así del 29 de octubre de 1971 con varias fotos de la escena y del velorio. Ese tratamiento mediático instaló el caso como un golpe público, no como una tragedia privada.


Después: hospitales, silla de ruedas, hogar… y una vida armada con lo que quedó

Luis fue derivado al Hospital de Niños en Buenos Aires y luego volvió a Tres Arroyos. Entre ambos hospitales, estuvo cerca de un año y medio en recuperación; en parte de ese tiempo se movilizó en silla de ruedas por la debilidad que le había dejado la herida.

Tras el alta, pasó una etapa larga en el Hogar “El Amanecer” (Ejército de Salvación), según reconstrucciones posteriores en medios locales. Ahí estudió, trabajó desde chico y aprendió el oficio de tapicería, que terminó siendo su sostén de adulto.

Ya grande, Luis armó familia. Y también contó algo incómodo pero importante: el trauma no se “va”, se aprende a manejar, a pedir ayuda, a no quedar solo con la cabeza. En 2025 lo dijo con claridad en una entrevista local: “pidiendo ayuda se puede salir adelante”.


Qué cambió en Claromecó (y por qué todavía se habla de esto)

  1. Se rompió la idea de “acá no pasan esas cosas”. Infobae lo resume con una frase directa: la quietud del pueblo se quebró. Y cuando eso pasa en una comunidad chica, no vuelve igual.
  2. El caso se convirtió en memoria oral. No hace falta que haya “misterio”: alcanza con el espanto y con la repetición. El hecho vuelve cada aniversario, vuelve cuando aparece una tragedia similar, vuelve porque tiene un sobreviviente que puede contar.
  3. Quedó una casa como símbolo roto. Ni Luis ni su padre volvieron a vivir ahí: se fueron con lo puesto. Con el tiempo, la vivienda fue “varias veces usurpada”, según la reconstrucción periodística. Es el tipo de detalle que, en un balneario, se transforma en marca: la casa que nadie habita, el lugar que quedó “con historia”.
  4. La conversación sobre salud mental quedó a la vista (aunque tarde y mal). En 1971 se hablaba de “rapto de enajenación mental” y se buscaban explicaciones rápidas; hoy, cuando Luis habla del tema, insiste en no prejuzgar y en entender que hay brotes, enfermedad, y señales que se subestiman hasta que es tarde.

El dato más duro: la historia no “cierra” porque hay alguien que la recuerda

En la mayoría de los crímenes familiares, el silencio termina ganando. Acá no: hay una voz. Luis Godoy creció, trabajó, armó su vida, y aun así recuerda con lujo de detalles el día en que perdió a sus hermanos y a su madre en la misma mañana.

La mañana del 25 de octubre de 1971, Zulema mató primero a su beba Lidia, después a Oscarcito, minutos más tarde a Marcos, el mayor. Pensó que también había matado a Luis y se suicidó

Y eso es lo que vuelve esta historia insoportable y magnética a la vez: porque no es un expediente viejo. Es un sobreviviente caminando por la misma costa donde todo empezó.

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