En 1892, en Necochea (zona de Quequén), aparecen dos chicos asesinados y su madre, Francisca Rojas, herida y acusando a un vecino (Pedro Ramón Velásquez). La historia parecía “cerrada”… hasta que en la escena aparece un detalle mínimo: una huella dactilar ensangrentada en la puerta.

La Policía bonaerense ya venía probando un método nuevo. El croata-argentino Juan Vucetich, que trabajaba en identificación, comparó esa marca con las impresiones tomadas a los sospechosos. El resultado fue demoledor: la huella coincidía con la de Francisca. Cuando la enfrentaron con la prueba, terminó confesando.
Ese caso quedó en la historia porque se lo considera el primer crimen esclarecido con dactiloscopía y uno de los hitos que hicieron que las huellas digitales pasaran de “experimento” a prueba judicial. Al poco tiempo, la Provincia de Buenos Aires incorporó formalmente el uso de huellas en su sistema de identificación, y la criminalística no volvió a ser la misma.



