viernes, abril 3, 2026

Llegó el gran día

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David Niztzschmamn
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Un alma sensible, de lágrima fácil y risa rápida. Prefiero morir en el intento antes que morir por no intentarlo. Con la valentía suficiente para jugársela a pesar de los miedos. Acepto la verdad aunque duela, porque sé que el dolor es pasajero, pero la verdad es eterna. Nacido en la ciudad del Fernet, adoptado por la ciudad del tango y sus conurbanos. De paseo por el país del chile picante y las playas paradisíacas, ahora atraído por un magnetismo inexplicable hacia Tres Arroyos. Padre, padrastro, compañero y amigo. Pero, ante todo, humano. Porque al final, la verdad siempre pesa menos que el miedo.
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Capitulo 1 – Tercera parte.

Estaba muy contento, aunque también muy cansado, porque pasé la noche yendo de la cama al baño porque me dolía mucho la panza. Creo que papá y mi abuela también estaban agotados, ya que no durmieron mucho. Cada vez que iba al baño, los despertaba para que me prendieran la luz, porque ni loco iba al baño con la luz apagada.

Ni así nos levantamos. Papá llamó a su amigo el doctor —que era pelado y eran amigos de siempre— y escuché que se reían mucho. Papá le decía que no le tendría que cobrar por ser Navidad.

Mientras tanto, mi panza seguía haciendo unos ruidos bárbaros, y cada tanto tenía que salir corriendo al baño de golpe. Mientras mi abuela me decía que no hay que comer tantas porquerías, me acordé de qué delicioso es el sabor «crema del cielo». Papá terminó de vestirse y nos fuimos.

En el camino, nos cruzamos con Marino, el vecino de enfrente, que venía sonriente con su bigote gigante.
—¿Contento por Navidad? —le preguntó papá.
—Contento porque renuncié y ya no tengo que aguantar a esos críos —dijo Marino desde la vereda de enfrente.
—¡Feliz Navidad! —gritó papá.
—¡Feliz Navidad, y que Papá Noel te traiga todo lo que pediste! —dijo Marino mirándome con su típica sonrisa.

Mientras caminábamos, mi panza seguía haciendo unos ruidos bárbaros. El consultorio del doctor quedaba a unas tres cuadras de casa, así que fuimos caminando. El día estaba estupendamente soleado y papá, a pesar de no haber dormido, estaba con su característico buen humor.

Al llegar a la avenida, vimos a «Flacura», el papá de René. Cuando papá lo vio, murmuró algo como «uhh, el botón». Lo que pasa es que Flacura hablaba mucho, y siempre de lo mismo, y como estábamos apurados…

Íbamos por la vereda de enfrente, pero Flacura, que ese día estaba con su uniforme de policía porque le tocaba trabajar, se cruzó para hablar con papá. Hablaban de esto, de aquello, y de un montón de cosas más, mientras mi panza no paraba de darme retorcijones. En un momento, empecé a tirarle de la manga de la camisa a papá. Dejaron de reírse, y papá le contó a Flacura que me dolía la panza y que íbamos camino al médico.

Flacura me miró y me dijo que seguro me dolía la panza porque, cuando me junto con René, además de hacer travesuras todo el día, comemos porquerías todo el tiempo. Agregó que nos veríamos a la noche, que iban a pasar un rato así jugaba con René.

En ese momento, me acordé de la charla con René y le pregunté:
—Flacura, usted es policía y los policías no mienten, ¿no?
—Claro que no —dijo Flacura con una sonrisa—, un policía tiene el deber de decir la verdad.
Entonces le pregunté:
—¿Papá Noel existe?
Con una sonrisa, me respondió:
—Claro que sí, pero solo lleva regalos a los niños buenos, no como René y sus amigos.

Seguimos nuestro camino, mientras pensaba en cómo me iba a reír de René cuando le cuente que su propio padre, que aparte es policía, me había dicho que Papá Noel existe.

Por suerte, finalmente llegamos al consultorio sin más interrupciones. El doctor era un pelado muy gracioso que, resulta, conocía a mi papá desde la secundaria. Lo primero que hicieron fue empezar a contar chistes de siempre, mientras mi panza me dolía cada vez más. No aguanté más y tuve que interrumpir la charla para preguntar dónde estaba el baño.

Cuando volví, lo primero que el doctor me preguntó fue si me había portado bien. Por supuesto que me había portado bien, así que le dije que sí. Luego me preguntó si había comido algo que pudiera haberme hecho mal, y como a mí no me parecía haber comido nada raro, le respondí que no. En ese momento, el doctor puso una cara de desconfianza, justo cuando mi panza hizo un ruido tremendo.

Entonces dijo:
—¿Qué comiste ayer?
—Lo de siempre.
—¿Comiste galletitas dulces?
—Sí, creo que sí.
—¿Muchas?
—No, poquitas.
—¿Caramelos?
—Algunos.
—¿Chocolate?
—No, chocolate no, para cuidarme de no comer tantas cosas.
—¿Papitas?
—Algunas.
—¿Helado?
—Algunos.
—¿Algunos? ¿Cuántos?
—No los conté.
—¿Cómo que no los contaste? ¿Cuántos comiste?
—No muchos, no llegué a probar ni la mitad de los sabores.

En ese momento, mientras papá ponía su mirada de cuando algo lo enojaba, el doctor empezó a reírse a carcajadas.


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