domingo, junio 21, 2026
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“Soh corajudo, eh”

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Hay pérdidas que ponen el freno. Incluso en una parte de un pueblo.

Una muerte no limpia biografías, pero a veces revela algo que la política no puede fingir: el afecto que alguien dejó en la calle, en los barrios, en los vecinos y hasta en quienes estuvieron parados en otras veredas.

Y aquel que puede mirar, quien ve una bandera a media asta con un cielo gris de fondo, quien todavía puede detenerse en los detalles, se ve obligado a mirar de otra manera.

En política se pelea. Se discute. Se choca. A veces fuerte. A veces demasiado fuerte.

Hay llamadas, cruces, enojos, diferencias, heridas y frases que quedan dando vueltas. Pero también hay algo que no siempre se ve desde afuera: la posibilidad de volver a hablar.

Y eso no es poco.

En tiempos donde muchos eligen romper todo, bloquear todo, odiar todo y no saludar ni en la muerte, todavía hay algo valioso en quien, después de una pelea, puede volver al diálogo.

Eso habla de un tipo de persona.

Sin santificar a nadie: discutimos, nos puteamos, la cosa se puso áspera y ninguno de los dos bajó la mirada. Ninguno se cagó. Ninguno llamó a nadie para que le cubriera la espalda.

Quizás ahí entendimos algo.

Él con sus formas.
Yo con las mías.

“Soh corajudo, eh”, me dijo una vez. “Nosotro vamo a terminar siendo amigos ”

Y no hubo tiempo.

Son esas cosas raras que tiene la vida. Te manda a vivir al barrio donde nació y se crió un jefe de Gabinete. Te pone cara a cara. Te empuja hacia un lugar que no sabés bien por qué. Y lo que casi termina a los puños, terminó en charla.

La vida real no es prolija.

Nadie se salva. Y quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

Hay personas que son queridas y discutidas al mismo tiempo. Personas que caminan entre mundos distintos. Que hablan con el vecino común, con el trabajador, con el concejal, con el empresario, con el pobre y con el poderoso.

Personas que generan bronca, afecto, respeto, distancia y cercanía.

Todo junto.

Y quizás ahí esté una parte del aprendizaje: el mundo habla todo el tiempo, pero solo lo escucha quien puede salir un rato de sí mismo para mirar.

Una bandera argentina a media asta obliga a mirar con altura.

Es un gesto. Es un símbolo. Es dolor.

No es poca cosa. No es un capricho. Es una parte del pueblo despidiendo a alguien. El pueblo, señores y señoras: el vecino que muchos dicen que vienen a representar. 

En estos días hubo saludos de sectores que lo enfrentaron durante años. Hubo respeto de quienes pensaban distinto. Hubo dolor en gente común. Hubo mensajes, recuerdos y también silencios.

Y los silencios, también, hablan. Hablan de una política que ya no sabe ni detenerse ante la muerte.

Pero lo más importante no está ahí.

Lo importante es entender que la política no debería quitarnos la humanidad. Que discutir no debería volvernos miserables. Que pensar distinto no debería impedirnos reconocer cuando alguien dejó algo en los demás.

Porque al final, cuando el cargo se termina, cuando el escritorio queda vacío y cuando la bandera baja, no queda el poder.

Queda otra cosa.

Queda la gente que saluda. Queda la gente que llora. Queda la gente que recuerda una charla, una ayuda, una pelea, una reconciliación.

Y para aquellos que vivían del enojo, también queda una pregunta:

¿Y ahora con qué se tapa ese vacío?

Tal vez esa sea la enseñanza más simple y más difícil: en la vida pública se puede pelear, se puede discutir y se puede tener diferencias profundas.

Pero si después de todo eso todavía quedan puentes en pie, entonces había más que política.

Había humanidad.

Y eso, en estos tiempos, no es poco.

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