jueves, junio 11, 2026
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Los estancieros que nunca pisaron el barro, pero pisan peones

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David Niztzschmamn
David Niztzschmamnhttps://eltresarroyense.com/category/autores/david-niztzschmamn/
Un alma sensible, de lágrima fácil y risa rápida. Prefiero morir en el intento antes que morir por no intentarlo. Con la valentía suficiente para jugársela a pesar de los miedos. Acepto la verdad aunque duela, porque sé que el dolor es pasajero, pero la verdad es eterna. Nacido en la ciudad del Fernet, adoptado por la ciudad del tango y sus conurbanos. De paseo por el país del chile picante y las playas paradisíacas, ahora atraído por un magnetismo inexplicable hacia Tres Arroyos. Padre, padrastro, compañero y amigo. Pero, ante todo, humano. Porque al final, la verdad siempre pesa menos que el miedo.

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Dedicado a los peones que todavía siguen creyendo que la estancia también es un poco suya.

Esta es la historia de un peón prolijo.

Un tipo que llegaba temprano, hacía lo que tenía que hacer, arreglaba alambrados, abría tranqueras, ensillaba caballos ajenos y todavía creía que la estancia también era un poco suya, la trataba como propia.

No era dueño de nada.

Pero creía.

Creía en la bandera que flameaba en la entrada.
Creía en las reuniones largas.
Creía en los discursos sobre familia, pueblo, compromiso y futuro.
Creía, incluso, en los patrones.

Ese fue su primer error.

Porque hay patrones que no quieren compañeros.
Quieren peones agradecidos.

Peones que trabajen.
Peones que callen.
Peones que estén cuando los llaman.
Peones que entiendan la urgencia del patrón, pero nunca la urgencia de la mesa del peón.

Durante mucho tiempo, el peón cumplió.

Si había que salir un domingo, salía.
Si había que apagar un incendio, lo apagaba.
Si había que arreglar una tranquera rota a última hora, agarraba las herramientas y se iba.

No preguntaba demasiado.
No hacía escándalo.
No pasaba factura.

Porque además de peón, era creyente.

Y cuando uno cree, a veces tarda demasiado en darse cuenta de que lo están usando.

Los patrones, mientras tanto, hablaban de valores.

Hablaban de compromiso.
Hablaban de lealtad.
Hablaban de cuidar la estancia.

Pero cuando llegaba la hora de pagarle al peón, siempre aparecía un problema.

Que el capataz no sabía.
Que el contador no había visto.
Que el patrón grande estaba ocupado.
Que el otro patrón tenía que autorizar.
Que había que esperar.
Que no era momento.
Que ya se iba a resolver.

Y el peón esperaba.

Esperaba con cuentas.
Esperaba con familia.
Esperaba con un hijo.
Esperaba con la dignidad en la mano, tratando de no molestar demasiado.

Porque al trabajador honesto también le enseñaron eso: reclamar lo suyo como si estuviera pidiendo un favor.

Un mes entero lo tuvieron sin cobrar.

Un mes.

Para el patrón, un mes puede ser una demora administrativa.
Para el peón, un mes es la heladera, la luz, el alquiler, el colegio, la comida, la cara de los suyos.

Pero el patrón de ego sensible no entiende eso.

El patrón de ego sensible se ofende.

Se ofende cuando el peón le recuerda que comer no es una extravagancia.
Se ofende cuando el peón le dice que no puede trabajar gratis.
Se ofende cuando el que siempre estuvo disponible un día dice: “así no”.

Ahí empieza el verdadero conflicto.

No cuando el patrón no paga.
No cuando demora.
No cuando se desentiende.
No cuando lo hace trabajar un mes sin cobrar porque entre ellos no se ponen de acuerdo.

El conflicto empieza cuando el peón deja de agachar la cabeza.

Una vez, cuentan, hubo una urgencia en la estancia, un incendio basural.

Era sábado.

Los patrones necesitaban que el peón saliera corriendo otra vez. Que dejara lo suyo y a los suyos, agarrara las herramientas y resolviera el problema.

Como tantas veces, como era la costumbre.

Pero ese día el peón dijo que no.

No porque no supiera trabajar.
No porque no quisiera ayudar.
No porque no le importara.

Dijo que no porque no le habían pagado.

Y entonces pasó lo que siempre pasa con los poderosos brutos: confundieron dignidad con traición.

Uno de ellos fue hasta la casa grande y dijo que con ese peón no quería hablar más.

Mirá vos.

No se enojó porque al trabajador no le pagaban.
No se enojó porque lo habían tenido esperando.
No se enojó porque la estancia exigía compromiso sin cumplir su parte.

Se enojó porque el peón no hizo el trabajo gratis.

Así es la cara de la crueldad.

No la crueldad espectacular de las películas del rey tirano.
No la del látigo visible.
No la del grito en la cara.

La otra.

La crueldad fina.
La crueldad de campo con buenos modales.
La crueldad del que tiene todo y aun así: necesita que el que tiene menos se arrodille.

Después vino lo peor.

El peón, que durante dos años casi no había dicho nada, hizo una crítica.

Una sola.

Leve.
Medida.
Casi tímida, si se la compara con todo lo que había tragado.

Y los patrones no lo soportaron.

Porque el patrón sensible tolera la pobreza del peón.
Tolera su cansancio.
Tolera su disponibilidad.
Tolera que trabaje domingos.
Tolera que espere para cobrar.
Hasta tolera que la familia del peón necesite.

Lo que no tolera es un peón que pueda decir que no.
Uno que piense.
Uno que entienda que no nació para quedarse arrodillado.

Ahí se les termina la familia.
Ahí se les termina la causa.
Ahí se les termina el discurso del equipo y los valores.

Porque mientras el peón sirve, es parte.
Cuando reclama, es incómodo.
Cuando critica, es enemigo.

No lo llamaron.

No le dieron una charla.

No se sentaron a decirle “venga peón vamos a dialogar”

No tuvieron ni siquiera esa mínima decencia patronal de mirar a los ojos al trabajador al que iban a dejar sin ingreso.

Hicieron algo más miserable y cobarde.

Le cambiaron la cerradura.

No la de la estancia.
No la del candado.
La otra.

La tranquera por donde el peón entraba todos los días a trabajar.

Un día el peón quiso entrar a hacer su trabajo y ya no pudo. La llave no abría. La tranquera estaba cerrada. La estancia seguía ahí, los patrones seguían adentro, los discursos de honestidad y grandilocuentes, seguían colgados en la pared.

Pero él ya estaba afuera.

Así se enteró.

No por una conversación.
No por una explicación.
No por respeto.

Por una contraseña cambiada.

El peón entendió.

Los dueños de las estancias nunca habian pisado el barro.
No tenian calle, ni humanidad, tenian comodidad, demasiada comodidad para dejar a una persona sin ingreso de un día para el otro y después seguir hablando de valores.

Porque esto no es solo una historia laboral.

Es una historia de clase.

De los que tienen campo, apellido, empresa, oficina, firma, camioneta, estructura y espalda.

Contra uno que tenía trabajo.

Solo trabajo.

Y aun así, el problema era el peón.

El peón que cumplía.
El peón que entregaba todo a tiempo.
El peón que trabajaba fuera de hora.
El peón que había militado la bandera.
El peón que había cuidado la estancia más de lo que la estancia lo cuidó a él.

Ese era el problema.

No los pagos demorados.
No el mes gratis.
No la desorganización de los patrones.
No la cobardía de no dar la cara.

El problema era que el peón había dicho algo.

Una crítica.

Y con eso alcanzó para que los dueños de la tranquera mostraran lo que eran.

No compañeros.
No dirigentes.
No familia.
No equipo.

Patrones.

Patrones de egos gigantes pero muy sensibles, que no tenian problema en ser crueles si sus egos se sentian atacados.

De esos que se llenan la boca hablando del pueblo, pero cuando tienen enfrente a un trabajador concreto, con nombre, con familia, con cuentas y con dignidad, lo tratan como material descartable.

Porque amar al pueblo en abstracto, es fácil.

Lo difícil es respetar al trabajador, mancharte los zapatos, andar en la calle y darle un abrazo al pobre. Porque si nunca te embarraste los zapatos un pobre, es algo que se toca de lejos.

Ahí se termina el relato.

Ahí aparece la verdad.

La verdad es que al peón no lo echaron por inútil.
No lo echaron por incumplidor.
No lo echaron por irresponsable.

Simplemente dejó de ser cómodo.

Y hay algo que los patrones no perdonan: que el peón descubra que la estancia era una fachada.

Que la bandera no era una causa.
Era una marca.

Que la familia no era familia.
Es estructura de poder.

Que la lealtad no era ida y vuelta.
Era obediencia.

Que el compromiso no era compromiso.
Era disponibilidad de mano de obra barata.

La crueldad de los patrones de egos sensibles no está solamente en pagar tarde.

Está en hacerte sentir culpable por reclamar.
Está en pedirte militancia cuando ellos administran poder.
Está en exigirte corazón mientras ellos calculan conveniencia.
Está en hablar de dignidad desde la comodidad de quien nunca tuvo que elegir entre callarse o comer.

Y sobre todo, está en algo más profundo.

En no registrar el daño.

Porque para ellos fue un movimiento interno.
Una decisión.
Un corte.
Una contraseña.

Para el peón fue quedarse sin ingreso.

De golpe.

Sin aviso.

Sin explicación.

Sin una cara enfrente.

Y eso también habla.

Habla más que cualquier discurso.
Más que cualquier campaña.
Más que cualquier foto con gesto sensible.

La verdadera política no aparece cuando hablan del pueblo.

Aparece cuando tienen poder sobre alguien más débil.

Ahí se ve quién sos.

Cuando podés cuidar o romper.
Cuando podés llamar o esconderte.
Cuando podés pagar o bicicletear.
Cuando podés mirar a los ojos o cambiar una contraseña.

Los estancieros eligieron la contraseña.

Y el peón, finalmente, entendió.

Tarde, como se entienden las cosas importantes.
Con bronca.
Con dolor.
Con esa mezcla horrible de haber creído y haber sido usado.

Pero entendió.

Entendió que no hay patrón bueno cuando el trabajador solo vale mientras obedece.

Entendió que la crueldad no siempre viene gritando. A veces viene educada, perfumada, prolija, con apellido, con oficina, con campo, con empresa y con discurso de pueblo.

Entendió que algunos no quieren militantes.

Quieren empleados emocionales.

Gente que trabaje como peón, cobre como favor y calle como soldado.

El peón dijo que no.

Y ese “no” fue más digno que todos los discursos de los patrones en la estancia.

Porque al final, podían tener la casa grande, la tranquera, las llaves y las contraseñas.

Pero el peón todavía tenía algo que no pudieron apagar.

La voz.

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